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COLÓN, LOS INDÍGENAS Y EL PROGRESO HUMANO (Howard Zinn)
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Extracto del exce­lente libro de Howard Zinn, “La otra histo­ria de los Esta­dos Unidos: Desde 1492 hasta el presente”


 

Al prin­ci­pio esta­ban la conquista, la escla­vi­tud y la muerte.

Los prime­ros contac­tos entre euro­peos e indí­ge­nas.

 

LOS HOMBRES Y LAS MUJERES ARAWAK, desnu­dos, more­nos y presos de la perpleji­dad, emer­gie­ron de sus pobla­dos hacia las playas de la isla y se aden­tra­ron en las aguas para ver más de cerca el extraño barco. Cuando Colón y sus mari­ne­ros desem­bar­ca­ron portando espa­das y hablando de forma rara, los nati­vos arawak corrie­ron a darles la bien­ve­nida, a llevarles alimen­tos, agua y obsequios. Después Colón escri­bió en su diario; “[…] Nos traje­ron loros y bolas de algodón y lanzas y muchas otras cosas más que cambia­ron por cuen­tas y casca­beles de halcón No tuvie­ron ningún incon­ve­niente en darnos todo lo que poseían. […] Eran de fuerte consti­tu­ción, con cuer­pos bien hechos y hermo­sos rasgos. […] No llevan armas, ni las cono­cen Al enseñarles una espada, la cogie­ron por el filo y se corta­ron al no saber lo que era. No tienen hierro. Sus lanzas son de caña. […] Serían unos cria­dos magní­fi­cos. […] Con cincuenta hombres los subyu­garía­mos a todos y con ellos haría­mos lo que quisié­ra­mos.”

Estos arawaks de las Islas Antillas se parecían mucho a los indí­ge­nas del conti­nente, que eran extra­or­di­na­rios (así los cali­fi­carían repe­ti­da­mente los obser­va­dores euro­peos) por su hospi­ta­li­dad, su entrega a la hora de compar­tir. Estos rasgos no esta­ban preci­sa­mente en auge en la Europa rena­cen­tista, domi­nada como estaba por la reli­gión de los Papas, el gobierno de los reyes y la obse­sión por el dinero que carac­te­ri­zaba la civi­li­za­ción occi­den­tal y su primer emisa­rio a las Améri­cas, Cristó­bal Colón.

Escri­bió Colón: “Nada más llegar a las Antillas, en las prime­ras Antillas, en la primera isla que encon­tré, atrapé a unos nati­vos para que apren­die­ran y me dieran infor­ma­ción sobre lo que había en esos lugares.”

La infor­ma­ción que más acuciaba a Colón se resume en la siguiente cues­tión: ¿dónde está el oro? .Había conven­cido a los reyes de España a que finan­cia­ran su expe­di­ción a esas tier­ras. Espe­raba que al otro lado del Atlán­tico -en las “Indias” y en Asia- habría rique­zas, oro y espe­cias. Como otros ilus­tra­dos contem­porá­neos suyos, sabía que el mundo era esfé­rico y que podía nave­gar hacia el oeste para llegar al Extremo Oriente.

España acababa de unifi­carse formando uno de los nuevos Estado-nación moder­nos, como Fran­cia, Ingla­terra y Portu­gal. Su pobla­ción, mayor­mente compuesta por campe­si­nos, trabajaba para la nobleza, que repre­sen­taba el 2% de la pobla­ción, siendo éstos los propie­ta­rios del 95% de la tierra. España se había compro­me­tido con la Igle­sia Cató­lica, había expul­sado a todos los judíos y ahuyen­tado a los musul­manes. Como otros esta­dos del mundo moderno, España buscaba oro, mate­rial que se estaba convir­tiendo en la nueva medida de la riqueza, con más utili­dad que la tierra porque todo lo podía comprar. Había oro en Asia, o así se pensaba, y cier­ta­mente había seda y espe­cias, porque hacía unos siglos, Marco Polo y otros habían traído cosas mara­villo­sas de sus expe­di­ciones por tierra. Al haber conquis­tado los turcos Cons­tan­ti­no­pla y el Medi­terrá­neo orien­tal, y al estar las rutas terrestres a Asia en su poder, hacía falta una ruta marí­tima. Los mari­ne­ros portu­gueses cada día llega­ban más lejos en su explo­ra­ción de la punta meri­dio­nal de África. España deci­dió jugar la carta de una larga expe­di­ción a través de un océano desco­no­cido.

A cambio de la apor­ta­ción de oro y espe­cias, a Colón le prome­tie­ron el 10% de los bene­fi­cios, el puesto de gober­na­dor de las tier­ras descu­bier­tas, además de la fama que conl­le­varía su nuevo título Almi­rante del Mar Océano. Era comer­ciante de la ciudad italiana de Génova, teje­dor even­tual (hijo de un teje­dor muy habi­li­doso), y nave­gante experto. Embarcó con tres cara­be­las, la más grande de las cuales era la Santa María, velero de unos treinta metros de largo, con una tripu­la­ción de treinta y nueve perso­nas.

En reali­dad, Colón nunca hubiera llegado a Asia, que distaba miles de kiló­me­tros más de lo que él había calcu­lado, imaginán­dose un mundo más pequeño. Tal exten­sión de mar hubiera signi­fi­cado su fin. Pero tuvo suerte. Al cubrir la cuarta parte de esa distan­cia dio con una tierra desco­no­cida que no figu­raba en mapa alguno y que estaba entre Europa y Asia: las Améri­cas. Esto ocur­rió a prin­ci­pios de octubre de 1492, treinta y tres días después de que él y su tripu­la­ción hubie­ran zarpado de las Islas Cana­rias, en la costa atlán­tica de África. Dere­pente vieron ramas flotando en el agua, pája­ros volando. Señales de tierra. Entonces, el día 12 de octubre, un mari­nero llamado Rodrigo vio la luna de la madru­gada brillando en unas arenas blan­cas y dio la señal de alarma. Eran las islas Antillas, en el Caribe. Se suponía que el primer hombre que viera tierra tenía que obte­ner una pensión vita­li­cia de 10.000 mara­vedís, pero Rodrigo nunca la reci­bió. Colón dijo que él había visto una luz la noche ante­rior y fue él quien reci­bió la recom­pensa.

Cuando se acer­ca­ron a tierra, los indios arawak les dieron la bien­ve­nida nadando hacia los buques para reci­birles. Los arawak vivían en pequeños pueblos comu­nales, y tenían una agri­cul­tura basada en el maíz, las bata­tas y la yuca. Sabían tejer e hilar, pero no tenían ni cabal­los ni animales de labranza. No tenían hierro, pero lleva­ban dimi­nu­tos orna­men­tos de oro en las orejas.

Este hecho iba a traer dramá­ti­cas conse­cuen­cias: Colón apresó a varios de ellos y les hizo embar­car, insis­tiendo en que le guia­ran hasta el origen del oro. Luego navegó a la que hoy cono­ce­mos como isla de Cuba, y luego a Hispa­niola (la isla que hoy se compone de Haití y la Repú­blica Domi­ni­cana). Allí, los destel­los de oro visibles en los ríos y la máscara de oro que un jefe indí­gena local ofre­ció a Colón provo­ca­ron visiones deli­rantes de oro sin fin.

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Las prime­ras violen­cias

En Hispa­niola, Colón construyó un fuerte con la madera de la Santa María, que había embar­ran­cado. Fue la primera base mili­tar euro­pea en el hemis­fe­rio occi­den­tal. Lo llamó Navi­dad, y allí dejó a treinta y nueve miem­bros de su tripu­la­ción con instruc­ciones de encon­trar y alma­ce­nar oro Apresó a más indí­ge­nas y los embarcó en las dos naves que le queda­ban. En un lugar de la isla se enzarzó en una lucha con unos indí­ge­nas que se nega­ron a sumi­nis­trarles la canti­dad de arcos y flechas que él y sus hombres desea­ban. Dos fueron atra­ve­sa­dos con las espa­das y murie­ron desan­gra­dos. Entonces la Niña y la Pinta embar­ca­ron rumbo a las Azores y a España. Cuando el tiempo enfrió, los prisio­ne­ros indí­ge­nas murie­ron uno tras otro.

El informe de Colón a la Corte de Madrid era extra­va­gante. Insis­tió en el hecho de que había llegado a Asia (se refería a Cuba) y a una isla de la costa china (Hispa­niola). Sus descrip­ciones eran parte verdad, parte ficción. “Hispa­niola es un mila­gro. Montañas y coli­nas, llanu­ras y pastu­ras, son tan fértiles como hermo­sas […] los puer­tos natu­rales son increí­ble­mente segu­ros y hay muchos ríos anchos, la mayoría de los cuales contie­nen oro […] Hay muchas espe­cias, y nueve grandes minas de oro y otros metales.”

Los indí­ge­nas, según el informe de Colón “Son tan inge­nuos y gene­ro­sos con sus pose­siones que nadie que no les hubiera visto se lo creería. Cuando se pide algo que tienen, nunca se niegan a darlo. Al contra­rio, se ofre­cen a compar­tirlo con cualquie­ra…” Concluyó su informe con una peti­ción de ayuda a Sus Majes­tades, y ofre­ció que, a cambio, en su siguiente viaje, les traería “cuanto oro nece­si­ta­sen… y cuan­tos escla­vos pidie­sen”. Después se prodigó en expre­siones de tipo reli­gioso “Es así que el Dios eterno, Nues­tro Señor, da victo­ria a los que siguen su camino frente a lo que aparenta ser impo­sible”.

Alfonso

A causa del exage­rado informe y las prome­sas de Colón, le fueron conce­di­dos dieci­siete naves y más de mil doscien­tos hombres para su segunda expe­di­ción. El obje­tivo era claro: obte­ner escla­vos y oro. Fueron por el Caribe, de isla en isla, apre­sando indí­ge­nas. Pero a medida que se iba corriendo la voz acerca de las inten­ciones euro­peas, iban encon­trando cada vez más pobla­dos vacíos. En Haití vieron que los mari­ne­ros que habían dejado en Fuerte Navi­dad habían muerto en una batalla con los indí­ge­nas después de mero­dear por la isla en cuadrillas en busca de oro, atra­pando a mujeres y niños para conver­tir­los en escla­vos para el sexo y los trabajos forza­dos.

Ahora, desde su base en Haití, Colón envió múltiples expe­di­ciones hacia el inter­ior. No encon­tra­ron oro, pero tenían que llenar las naves que volvían a España con algún tipo de divi­dendo. En el año 1495 reali­za­ron una gran incur­sión en busca de escla­vos, captu­ra­ron a mil quinien­tos hombres, mujeres y niños arawaks, les retu­vie­ron en corrales vigi­la­dos por españoles y perros, para luego esco­ger los mejores quinien­tos “especí­menes” y cargar­los en naves. De esos quinien­tos, doscien­tos murie­ron durante el viaje. El resto llegó con vida a España para ser puesto a la venta por el arce­diano de la ciudad, que anun­ció que, aunque los escla­vos estu­vie­sen “desnu­dos como el día que nacie­ron” mostra­ban “la misma inocen­cia que los animales“. Colón escri­bió más adelante. “En el nombre de la Santa Trini­dad, conti­nue­mos enviando todos los escla­vos que se puedan vender”.

Pero en el cauti­ve­rio morían dema­sia­dos escla­vos. Así que Colón, deses­pe­rado por la nece­si­dad de devol­ver divi­den­dos a los que habían inver­tido dinero en su viaje, tenía que mante­ner su promesa de llenar sus naves de oro. En la provin­cia de Cicao, en Haití, donde él y sus hombres imagi­na­ban la exis­ten­cia de enormes yaci­mien­tos de oro, orde­na­ron que todos los mayores de catorce años reco­gie­ran cierta canti­dad de oro cada tres meses. Cuando se la traían, les daban un colgante de cobre para que lo lleva­ran al cuello. A los indí­ge­nas que encon­tra­ban sin colgante de cobre, les corta­ban las manos y se desan­gra­ban hasta la muerte.

Los indí­ge­nas tenían una tarea impo­sible. El único oro que había en la zona era el polvo acumu­lado en los riachue­los. Así que huye­ron, siendo caza­dos por perros y asesi­na­dos.

Los Arawaks inten­ta­ron reunir un ejér­cito de resis­ten­cia, pero se enfren­ta­ban a españoles que tenían arma­dura, mosquetes, espa­das y cabal­los. Cuando los españoles hacían prisio­ne­ros, los ahor­ca­ban o los quema­ban en la hoguera. Entre los Arawaks empe­za­ron los suici­dios en masa con veneno de yuca. Mata­ban a los niños para que no caye­ran en manos de los españoles. En dos años la mitad de los 250.000 indí­ge­nas de Haití habían muerto por asesi­nato, muti­la­ción o suici­dio. Cuando se hizo patente que no quedaba oro, a los indí­ge­nas se los lleva­ban como escla­vos a las grandes hacien­das que después se cono­cerían como “enco­mien­das”. Se les hacía trabajar a un ritmo infer­nal, y morían a millares. En el año 1515, quizá queda­ban cincuenta mil indí­ge­nas. En el año 1550, había quinien­tos. Un informe del año 1650 revela que en la isla no quedaba ni uno solo de los arawaks autóc­to­nos, ni de sus descen­dientes.

La prin­ci­pal fuente de infor­ma­ción sobre lo que pasó en las islas después de la llegada de Colón -y para muchos temas, la única- es Barto­lomé de las Casas. De sacer­dote joven había parti­ci­pado en la conquista de Cuba. Durante un tiempo fue el propie­ta­rio de una hacienda donde trabaja­ban escla­vos indí­ge­nas, pero la aban­donó y se convir­tió en un vehe­mente crítico de la cruel­dad española. Las Casas trans­cri­bió el diario de Colón y, a los cincuenta años, empezó a escri­bir una Histo­ria de las Indias en varios volú­menes.

En la socie­dad india se trataba tan bien a las mujeres que los españoles queda­ron atóni­tos. Las Casas describe las rela­ciones sexuales:

“No exis­ten las leyes matri­mo­niales; tanto los hombres como las mujeres esco­gen sus parejas y las dejan a su placer, sin ofensa, celos ni enfado. Se repro­du­cen a gran ritmo, las mujeres emba­ra­za­das trabaja­ban hasta el último minuto y dan a luz casi sin dolor, al día siguiente se levan­tan, se bañan en el río y quedan tan limpias y sanas como antes de parir. Si se cansan de sus parejas mascu­li­nas, abor­tan con hier­bas que causan la muerte del feto. Se cubren las partes vergon­zantes con hojas o trapos de algodón, aunque por lo gene­ral, los indí­ge­nas -hombres y mujeres- ven la desnu­dez total con la misma natu­ra­li­dad con la que noso­tros mira­mos la cabeza o las manos de un hombre”. “Los indí­ge­nas,” dice Las Casas, no tenían reli­gión, o por lo menos no tenían templos, “no dan ninguna impor­tan­cia al oro y a otras cosas de valor. Les falta todo sentido del comer­cio, ni compran ni venden, y depen­den ente­ra­mente de su entorno natu­ral para sobre­vi­vir. Son muy gene­ro­sos con sus pose­siones y por la misma razón, si desea­ban las pose­siones de sus amigos, espe­ran ser aten­di­dos con el mismo grado de gene­ro­si­dad…”

Las Casas (que en un comienzo había propuesto rempla­zar a los Indí­ge­nas por los escla­vos negros, consi­de­rando que eran más resis­tentes y que sobre­vi­virían mas fácil­mente pero que más tarde se arre­piente al obser­var los efec­tos desas­tro­sos de la escla­vi­tud de los negros) en el segundo volu­men de su Histo­ria Gene­ral de las Indias habla del trata­miento de los indí­ge­nas a manos de los españoles:

“Testi­mo­nios inter­mi­na­bles… dan fe del tempe­ra­mento beni­gno y pací­fico de los nati­vos… Pero fue nues­tra labor la de exas­pe­rar, asolar, matar, muti­lar y destro­zar, ¿a quién puede extra­ñar, pues, si de vez en cuando inten­ta­ban matar a alguno de los nues­tros? El almi­rante, es verdad, fue tan ciego como los que le vinie­ron detrás, y tenía tantas ansias de compla­cer al Rey que come­tió crímenes irre­pa­rables contra los indí­ge­nas.”

Las Casas explica como los Españoles « se volvían cada vez más vani­do­sos » y, después de un tiempo, se reusa­ban a cami­nar míni­mas distan­cias. Cuando « tenían prisa, se despla­za­ban en la espalda de los Indios » o en hama­cas por des Indios que debían correr releván­dose. « En este caso se les acom­pañaba por Indios que porta­ban grandes hojas de palma para prote­gerles del sol y para venti­lar­los. »

El control total conl­levó una cruel­dad igual­mente total. Los españoles “no se lo pensa­ban dos veces antes de apuña­lar­los a doce­nas y cortarles para probar el afilado de sus espa­das.” Las Casas expli­can cómo “dos de estos supues­tos cris­tia­nos se encon­tra­ron un día con dos chicos indí­ge­nas, cada uno con un loro, les quita­ron los loros y para su mayor disfrute, corta­ron las cabe­zas a los chicos”.

Todas las tenta­ti­vas de reac­ción por parte de los Indios fraca­sa­ron. En fin, conti­nua Las Casas, « suda­ban sangre y agua en las minas y otros trabajos forza­dos, en un silen­cio deses­pe­rante, no habiendo ninguna alma en el mundo hacia quien pedir ayuda ». Describe de igual manera el trabajo en las minas: « Las montañas son saquea­das, de la base a la cima y de la cima a la base, miles de veces. Esca­van, rompen la roca, despla­zan las piedras y trans­por­tan los sacos de grava en sus espal­das para lavarla en los ríos. Los que lavan el oro se quedan en el agua perma­nen­te­mente y sus espal­das perpe­tua­mente encor­va­das termi­nan por romperse. Además, cuando el agua invade las galerías, la terea más agota­dora consiste en cargarla y sacarla al exte­rior en pequeñas canti­dades ».

Después de seis u ocho meses de trabajo en las minas (lapso de tiempo reque­rido para que cada equipo pueda extraer el oro sufi­ciente para fundirlo), un tercio de los hombres esta­ban muer­tos.

Mien­tras que los hombres eran envia­dos muy lejos, a las minas, las mujeres se queda­ban para trabajar la tierra. Les obli­ga­ban a cavar y a levan­tar miles de eleva­ciones para el cultivo de la yuca, un trabajo inso­por­table:

“De esta forma las parejas sólo se unían una vez cada ocho o diez meses y cuando se junta­ban, tenían tal cansan­cio y tal depre­sión… que deja­ban de procrear. Respecto a los bebés, morían al poco rato de nacer porque a sus madres se les hacía trabajar tanto, y esta­ban tan hambrien­tas, que no tenían leche para amaman­tar­los, y por esta razón, mien­tras estuve en Cuba, murie­ron 7.000 niños en tres meses. Algu­nas madres incluso llega­ron a ahogar a sus bebés de pura deses­pe­ra­ción… De esta forma, los hombres morían en las minas, las mujeres en el trabajo, y los niños de falta de leche… y en un breve espa­cio de tiempo, esta tierra, que era tan magní­fica, pode­rosa y fértil […] quedó despo­blada.”

Cuando llegó a Hispa­niola en 1508, Las Casas dice “Vivían 60.000 perso­nas en las islas, incluyendo a los indí­ge­nas, así que entre 1494 y 1508, habían perecido más de tres millones de perso­nas entre la guerra, la escla­vi­tud y las minas. ¿Quién se va a creer esto en futu­ras gene­ra­ciones?” Escri­bió una biografía en diver­sos volú­menes, y él mismo se hizo a la mar para recons­truir la ruta de Colón a través del Atlán­tico. En su popu­lar libro Cristó­bal Colón, mari­nero, escrito en 1954, nos cuenta el tema de la escla­vi­tud y las matan­zas “La cruel polí­tica iniciada por Colón y conti­nuada por sus suce­sores desem­bocó en un geno­ci­dio completo”. Esta cita aparece en una de las pági­nas del libro, sepul­tada en un entorno de gran roman­ti­cismo. En el último párrafo del libro, Mori­son da un resu­men de sus impre­siones sobre Colón:

Tenía defec­tos, pero en gran medida eran defec­tos que nacían de las cuali­dades que le hicie­ron grande -su volun­tad indo­mable, su impre­sio­nante fe en Dios y en su propia misión como porta­dor de Cristo a las tier­ras allende los mares, su tozuda persis­ten­cia a pesar de la margi­na­ción, la pobreza y el desá­nimo que le acecha­ban. Pero no tenía mácula ni había fallo alguno en la más esen­cial y sobre­sa­liente de sus cuali­dades -su habi­li­dad como mari­nero.

Se puede mentir como un bellaco sobre el pasado. O se pueden omitir datos que pudie­ran llevar a conclu­siones inacep­tables. Mori­son no hace ni una cosa ni la otra. Se niega a mentir respecto a Colón. No se salta el tema de los asesi­na­tos en masa; efec­ti­va­mente, lo describe con la pala­bra más desgar­ra­dora que se pueda usar geno­ci­dio. Así empezó la histo­ria -hace quinien­tos años- de la inva­sión euro­pea de los pueblos indí­ge­nas de las Améri­cas, una histo­ria de conquista, escla­vi­tud y muerte. Pero en los libros de histo­ria que se da a gene­ra­ción tras gene­ra­ción de niños en los Esta­dos Unidos, todo empieza con una aven­tura heroica -no una sangría- y EL DIA DE COLON ES UN DIA DE CELEBRACION.

Sólo se han visto lige­ros cambios en años recientes. Eso sí, con cuen­ta­go­tas. Más allá de las escue­las prima­rias y secun­da­rias, tan sólo ha habido pince­la­das ocasio­nales de algo distinto. Samuel Eliot Mori­son, el histo­ria­dor de Harvard, fue el autor más distin­guido sobre temá­tica colom­bina. Pero hace otra cosa. No se entre­tiene en la verdad, y pasa a consi­de­rar las cosas que le resul­tan más impor­tantes. El hecho de mentir dema­siado desca­ra­da­mente o de hacer disi­mu­la­das omisiones comporta el riesgo de ser descu­bierto, lo cual, si ocurre, puede llevar al lector a rebe­larse contra el autor. Sin embargo, el hecho de apun­tar los datos para segui­da­mente enter­rar­los en una masa de infor­ma­ción para­lela equi­vale a decirle al lector con cierta calma afec­tada: sí, hubo asesi­na­tos en masa, pero eso no es lo verda­de­ra­mente impor­tante. Debiera pesar muy poco en nues­tros juicios finales, no debería afec­tar tanto lo que haga­mos en el mundo. La verdad es que el histo­ria­dor no puede evitar enfa­ti­zar unos hechos y olvi­dar otros. Esto le resulta tan natu­ral como al cartó­grafo que, con el fin de produ­cir un dibujo eficaz a efec­tos prác­ti­cos, primero debe alla­nar y distor­sio­nar la forma de la tierra para entonces esco­ger entre la descon­cer­tante masa de infor­ma­ción geográ­fica las cosas que nece­sita para los propó­si­tos de tal o cual mapa.

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Mis críti­cas no pueden cebarse en los proce­sos de selec­ción, simpli­fi­ca­ción o énfa­sis, los cuales resul­tan inevi­tables tanto para los cartó­gra­fos como para los histo­ria­dores. Pero la distor­sión del cartó­grafo es una nece­si­dad técnica para una fina­li­dad común que compar­ten todos los que nece­si­tan de los mapas. La distor­sión del cartó­grafo, más que técnica, es ideoló­gica; se debate en un mundo de inter­eses contra­pues­tos, en el que cualquier énfa­sis presta apoyo (lo quiera o no el histo­ria­dor) a algún tipo de interés, sea econó­mico, polí­tico, racial, nacio­nal o sexual. Además este interés ideoló­gico no se expresa tan abier­ta­mente ni resulta tan obvio como el interés técnico del cartó­grafo (“Esta es una proyec­ción Merca­dor para nave­ga­ción de larga distan­cia, para las distan­cias cortas deben usar una proyec­ción dife­rente”). No. Se presenta como si todos los lectores de temas histó­ri­cos tuvie­ran un interés común que los histo­ria­dores satis­fa­cen con su gran habi­li­dad. El hecho de enfa­ti­zar el heroísmo de Colón y sus suce­sores como nave­gantes y descu­bri­dores y de quitar énfa­sis al geno­ci­dio que provo­ca­ron no es una nece­si­dad técnica sino una elec­ción ideoló­gica. Sirve -se quiera o no- para justi­fi­car lo que pasó. Lo que quiero resal­tar aquí no es el hecho de que deba­mos acusar, juzgar y conde­nar a Colón in absen­tia, al contar la histo­ria. Ya pasó el tiempo de hacerlo, sería un inútil ejer­ci­cio acadé­mico de moralís­tica. Quiero hacer hinca­pié en que todavía nos acom­paña la costumbre de acep­tar las atro­ci­dades como el precio deplo­rable pero nece­sa­rio que hay que pagar por el progreso (Hiro­shima y Viet­nam por la salva­ción de la civi­li­za­ción occi­den­tal; Krons­tadt y Hungría por la del socia­lismo, la proli­fe­ra­ción nuclear para salvar­nos a todos). Una de las razones que expli­can por qué nos mero­dean todavía estas atro­ci­dades es que hemos apren­dido a enter­rar­las en una masa de datos para­le­los, de la misma manera que se entier­ran los resi­duos nucleares en conte­ne­dores de tierra. El trata­miento de los héroes (Colón) y sus vícti­mas (los arawaks) -la sumisa acep­ta­ción de la conquista y el asesi­nato en el nombre del progreso- es sólo un aspecto de una postura ante la histo­ria que explica el pasado desde el punto de vista de los gober­na­dores, los conquis­ta­dores, los diplomá­ti­cos y los líderes. Es como si ellos -por ejem­plo, Colón- mere­cie­ran la acep­ta­ción univer­sal; como si ellos los Padres Funda­dores, Jack­son, Lincoln, Wilson, Roose­velt, Kennedy, los prin­ci­pales miem­bros del Congreso, los famo­sos jueces del Tribu­nal Supremo- repre­sen­ta­ran a toda la nación. La preten­sión es que real­mente existe una cosa que se llama “Esta­dos Unidos”, que es presa a veces de conflic­tos y discu­siones, pero que funda­men­tal­mente es una comu­ni­dad de gente de inter­eses compar­ti­dos. Es como si real­mente hubiera un “interés nacio­nal” repre­sen­tado por la Cons­ti­tu­ción, por la expan­sión terri­to­rial, por las leyes apro­ba­das por el Congreso, las deci­siones de los tribu­nales, el desar­rollo del capi­ta­lismo, la cultura de la educa­ción y los medios de comu­ni­ca­ción. “La histo­ria es la memo­ria de los esta­dos”, escri­bió Henry Kissin­ger en su primer libro, A World Resto­red, en el que se dedicó a contar la histo­ria de la Europa del siglo dieci­nueve desde el punto de vista de los líderes de Austria e Ingla­terra, igno­rando a los millones que sufrie­ron las polí­ti­cas de sus esta­dis­tas. Desde su punto de vista, la “paz” que tenía Europa antes de la Revo­lu­ción Fran­cesa quedó “restau­rada” por la diplo­ma­cia de unos pocos líderes nacio­nales. Pero para los obre­ros indus­triales de Ingla­terra, para los campe­si­nos de Fran­cia, para la gente de color en Asia y África, para las mujeres y los niños de todo el mundo -salvo los de clase acomo­dada- era un mundo de conquis­tas, violen­cia, hambre, explo­ta­ción -un mundo no restau­rado, sino desin­te­grado.

Mi punto de vista, al contar la histo­ria de los Esta­dos Unidos, es dife­rente: NO DEBEMOS ACEPTAR LA MEMORIA DE LOS ESTADOS COMO COSA PROPIA. LAS NACIONES NO SON COMUNIDADES Y NUNCA LO FUERON. LA HISTORIA DE CUALQUIER PAIS, si se presenta como si fuera la de una fami­lia, disi­mula terribles conflic­tos de inter­eses (algo explo­sivo, casi siempre repri­mido) entre conquis­ta­dores y conquis­ta­dos, amos y escla­vos, capi­ta­lis­tas y trabaja­dores, domi­na­dores y domi­na­dos por razones de raza y sexo. Y en un mundo de conflic­tos, en un mundo de vícti­mas y verdu­gos, la tarea de la gente pensante debe ser como sugi­rió Albert Camus- no situarse en el bando de los verdu­gos. Así, en esa inevi­table toma de partido que nace de la selec­ción y el subrayado de la histo­ria, prefiero expli­car la histo­ria del descu­bri­miento de América desde el punto de vista de los arawaks, la de la Cons­ti­tu­ción, desde la posi­ción de los escla­vos, la de Andrew Jack­son, tal como lo verían los chero­kees, la de la Guerra Civil, tal como la vieron los irlan­deses de Nueva York, la de la Guerra de México, desde el punto de vista de los deser­tores del ejér­cito de Scott, la de la eclo­sión del indus­tria­lismo, tal como lo vieron las jóvenes obre­ras de las fábri­cas textiles de Lowell, la de la Guerra Hispano-Esta­dou­ni­dense vista por los cuba­nos, la de la conquista de las Fili­pi­nas tal como la verían los solda­dos negros de Luzón, la de la Edad de Oro, tal como la vieron los agri­cul­tores sureños, la de la Primera Guerra Mundial, desde el punto de vista de los socia­lis­tas, y la de la Segunda vista por los paci­fis­tas, la del New Deal de Roose­velt, tal como la vieron los negros de Harlem, la del Impe­rio Ameri­cano de posguerra, desde el punto de vista de los peones de Lati­noa­mé­rica. Y así suce­si­va­mente, dentro de los límites que se le impo­nen a una sola persona, por mucho que él o ella se esfuer­cen en “ver” la histo­ria desde otros puntos de vista.

 

Howard Zinn

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Edición : Santiago Perales

 

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