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COLÓN, LOS INDÍGENAS Y EL PROGRESO HUMANO (Howard Zinn)

Extracto del excelente libro de Howard Zinn, “La otra historia de los Estados Unidos: Desde 1492 hasta el presente”


 

Al principio estaban la conquista, la esclavitud y la muerte.

Los primeros contactos entre europeos e indígenas.

 

LOS HOMBRES Y LAS MUJERES ARAWAK, desnudos, morenos y presos de la perplejidad, emergieron de sus poblados hacia las playas de la isla y se adentraron en las aguas para ver más de cerca el extraño barco. Cuando Colón y sus marineros desembarcaron portando espadas y hablando de forma rara, los nativos arawak corrieron a darles la bienvenida, a llevarles alimentos, agua y obsequios. Después Colón escribió en su diario; “[…] Nos trajeron loros y bolas de algodón y lanzas y muchas otras cosas más que cambiaron por cuentas y cascabeles de halcón No tuvieron ningún inconveniente en darnos todo lo que poseían. […] Eran de fuerte constitución, con cuerpos bien hechos y hermosos rasgos. […] No llevan armas, ni las conocen Al enseñarles una espada, la cogieron por el filo y se cortaron al no saber lo que era. No tienen hierro. Sus lanzas son de caña. […] Serían unos criados magníficos. […] Con cincuenta hombres los subyugaríamos a todos y con ellos haríamos lo que quisiéramos.”

Estos arawaks de las Islas Antillas se parecían mucho a los indígenas del continente, que eran extraordinarios (así los calificarían repetidamente los observadores europeos) por su hospitalidad, su entrega a la hora de compartir. Estos rasgos no estaban precisamente en auge en la Europa renacentista, dominada como estaba por la religión de los Papas, el gobierno de los reyes y la obsesión por el dinero que caracterizaba la civilización occidental y su primer emisario a las Américas, Cristóbal Colón.

Escribió Colón: “Nada más llegar a las Antillas, en las primeras Antillas, en la primera isla que encontré, atrapé a unos nativos para que aprendieran y me dieran información sobre lo que había en esos lugares.”

La información que más acuciaba a Colón se resume en la siguiente cuestión: ¿dónde está el oro? .Había convencido a los reyes de España a que financiaran su expedición a esas tierras. Esperaba que al otro lado del Atlántico -en las “Indias” y en Asia- habría riquezas, oro y especias. Como otros ilustrados contemporáneos suyos, sabía que el mundo era esférico y que podía navegar hacia el oeste para llegar al Extremo Oriente.

España acababa de unificarse formando uno de los nuevos Estado-nación modernos, como Francia, Inglaterra y Portugal. Su población, mayormente compuesta por campesinos, trabajaba para la nobleza, que representaba el 2% de la población, siendo éstos los propietarios del 95% de la tierra. España se había comprometido con la Iglesia Católica, había expulsado a todos los judíos y ahuyentado a los musulmanes. Como otros estados del mundo moderno, España buscaba oro, material que se estaba convirtiendo en la nueva medida de la riqueza, con más utilidad que la tierra porque todo lo podía comprar. Había oro en Asia, o así se pensaba, y ciertamente había seda y especias, porque hacía unos siglos, Marco Polo y otros habían traído cosas maravillosas de sus expediciones por tierra. Al haber conquistado los turcos Constantinopla y el Mediterráneo oriental, y al estar las rutas terrestres a Asia en su poder, hacía falta una ruta marítima. Los marineros portugueses cada día llegaban más lejos en su exploración de la punta meridional de África. España decidió jugar la carta de una larga expedición a través de un océano desconocido.

A cambio de la aportación de oro y especias, a Colón le prometieron el 10% de los beneficios, el puesto de gobernador de las tierras descubiertas, además de la fama que conllevaría su nuevo título Almirante del Mar Océano. Era comerciante de la ciudad italiana de Génova, tejedor eventual (hijo de un tejedor muy habilidoso), y navegante experto. Embarcó con tres carabelas, la más grande de las cuales era la Santa María, velero de unos treinta metros de largo, con una tripulación de treinta y nueve personas.

En realidad, Colón nunca hubiera llegado a Asia, que distaba miles de kilómetros más de lo que él había calculado, imaginándose un mundo más pequeño. Tal extensión de mar hubiera significado su fin. Pero tuvo suerte. Al cubrir la cuarta parte de esa distancia dio con una tierra desconocida que no figuraba en mapa alguno y que estaba entre Europa y Asia: las Américas. Esto ocurrió a principios de octubre de 1492, treinta y tres días después de que él y su tripulación hubieran zarpado de las Islas Canarias, en la costa atlántica de África. Derepente vieron ramas flotando en el agua, pájaros volando. Señales de tierra. Entonces, el día 12 de octubre, un marinero llamado Rodrigo vio la luna de la madrugada brillando en unas arenas blancas y dio la señal de alarma. Eran las islas Antillas, en el Caribe. Se suponía que el primer hombre que viera tierra tenía que obtener una pensión vitalicia de 10.000 maravedís, pero Rodrigo nunca la recibió. Colón dijo que él había visto una luz la noche anterior y fue él quien recibió la recompensa.

Cuando se acercaron a tierra, los indios arawak les dieron la bienvenida nadando hacia los buques para recibirles. Los arawak vivían en pequeños pueblos comunales, y tenían una agricultura basada en el maíz, las batatas y la yuca. Sabían tejer e hilar, pero no tenían ni caballos ni animales de labranza. No tenían hierro, pero llevaban diminutos ornamentos de oro en las orejas.

Este hecho iba a traer dramáticas consecuencias: Colón apresó a varios de ellos y les hizo embarcar, insistiendo en que le guiaran hasta el origen del oro. Luego navegó a la que hoy conocemos como isla de Cuba, y luego a Hispaniola (la isla que hoy se compone de Haití y la República Dominicana). Allí, los destellos de oro visibles en los ríos y la máscara de oro que un jefe indígena local ofreció a Colón provocaron visiones delirantes de oro sin fin.

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Las primeras violencias

En Hispaniola, Colón construyó un fuerte con la madera de la Santa María, que había embarrancado. Fue la primera base militar europea en el hemisferio occidental. Lo llamó Navidad, y allí dejó a treinta y nueve miembros de su tripulación con instrucciones de encontrar y almacenar oro Apresó a más indígenas y los embarcó en las dos naves que le quedaban. En un lugar de la isla se enzarzó en una lucha con unos indígenas que se negaron a suministrarles la cantidad de arcos y flechas que él y sus hombres deseaban. Dos fueron atravesados con las espadas y murieron desangrados. Entonces la Niña y la Pinta embarcaron rumbo a las Azores y a España. Cuando el tiempo enfrió, los prisioneros indígenas murieron uno tras otro.

El informe de Colón a la Corte de Madrid era extravagante. Insistió en el hecho de que había llegado a Asia (se refería a Cuba) y a una isla de la costa china (Hispaniola). Sus descripciones eran parte verdad, parte ficción. “Hispaniola es un milagro. Montañas y colinas, llanuras y pasturas, son tan fértiles como hermosas […] los puertos naturales son increíblemente seguros y hay muchos ríos anchos, la mayoría de los cuales contienen oro […] Hay muchas especias, y nueve grandes minas de oro y otros metales.”

Los indígenas, según el informe de Colón “Son tan ingenuos y generosos con sus posesiones que nadie que no les hubiera visto se lo creería. Cuando se pide algo que tienen, nunca se niegan a darlo. Al contrario, se ofrecen a compartirlo con cualquiera…” Concluyó su informe con una petición de ayuda a Sus Majestades, y ofreció que, a cambio, en su siguiente viaje, les traería “cuanto oro necesitasen… y cuantos esclavos pidiesen”. Después se prodigó en expresiones de tipo religioso “Es así que el Dios eterno, Nuestro Señor, da victoria a los que siguen su camino frente a lo que aparenta ser imposible”.

Alfonso

A causa del exagerado informe y las promesas de Colón, le fueron concedidos diecisiete naves y más de mil doscientos hombres para su segunda expedición. El objetivo era claro: obtener esclavos y oro. Fueron por el Caribe, de isla en isla, apresando indígenas. Pero a medida que se iba corriendo la voz acerca de las intenciones europeas, iban encontrando cada vez más poblados vacíos. En Haití vieron que los marineros que habían dejado en Fuerte Navidad habían muerto en una batalla con los indígenas después de merodear por la isla en cuadrillas en busca de oro, atrapando a mujeres y niños para convertirlos en esclavos para el sexo y los trabajos forzados.

Ahora, desde su base en Haití, Colón envió múltiples expediciones hacia el interior. No encontraron oro, pero tenían que llenar las naves que volvían a España con algún tipo de dividendo. En el año 1495 realizaron una gran incursión en busca de esclavos, capturaron a mil quinientos hombres, mujeres y niños arawaks, les retuvieron en corrales vigilados por españoles y perros, para luego escoger los mejores quinientos “especímenes” y cargarlos en naves. De esos quinientos, doscientos murieron durante el viaje. El resto llegó con vida a España para ser puesto a la venta por el arcediano de la ciudad, que anunció que, aunque los esclavos estuviesen “desnudos como el día que nacieron” mostraban “la misma inocencia que los animales“. Colón escribió más adelante. “En el nombre de la Santa Trinidad, continuemos enviando todos los esclavos que se puedan vender”.

Pero en el cautiverio morían demasiados esclavos. Así que Colón, desesperado por la necesidad de devolver dividendos a los que habían invertido dinero en su viaje, tenía que mantener su promesa de llenar sus naves de oro. En la provincia de Cicao, en Haití, donde él y sus hombres imaginaban la existencia de enormes yacimientos de oro, ordenaron que todos los mayores de catorce años recogieran cierta cantidad de oro cada tres meses. Cuando se la traían, les daban un colgante de cobre para que lo llevaran al cuello. A los indígenas que encontraban sin colgante de cobre, les cortaban las manos y se desangraban hasta la muerte.

Los indígenas tenían una tarea imposible. El único oro que había en la zona era el polvo acumulado en los riachuelos. Así que huyeron, siendo cazados por perros y asesinados.

Los Arawaks intentaron reunir un ejército de resistencia, pero se enfrentaban a españoles que tenían armadura, mosquetes, espadas y caballos. Cuando los españoles hacían prisioneros, los ahorcaban o los quemaban en la hoguera. Entre los Arawaks empezaron los suicidios en masa con veneno de yuca. Mataban a los niños para que no cayeran en manos de los españoles. En dos años la mitad de los 250.000 indígenas de Haití habían muerto por asesinato, mutilación o suicidio. Cuando se hizo patente que no quedaba oro, a los indígenas se los llevaban como esclavos a las grandes haciendas que después se conocerían como “encomiendas”. Se les hacía trabajar a un ritmo infernal, y morían a millares. En el año 1515, quizá quedaban cincuenta mil indígenas. En el año 1550, había quinientos. Un informe del año 1650 revela que en la isla no quedaba ni uno solo de los arawaks autóctonos, ni de sus descendientes.

La principal fuente de información sobre lo que pasó en las islas después de la llegada de Colón -y para muchos temas, la única- es Bartolomé de las Casas. De sacerdote joven había participado en la conquista de Cuba. Durante un tiempo fue el propietario de una hacienda donde trabajaban esclavos indígenas, pero la abandonó y se convirtió en un vehemente crítico de la crueldad española. Las Casas transcribió el diario de Colón y, a los cincuenta años, empezó a escribir una Historia de las Indias en varios volúmenes.

En la sociedad india se trataba tan bien a las mujeres que los españoles quedaron atónitos. Las Casas describe las relaciones sexuales:

“No existen las leyes matrimoniales; tanto los hombres como las mujeres escogen sus parejas y las dejan a su placer, sin ofensa, celos ni enfado. Se reproducen a gran ritmo, las mujeres embarazadas trabajaban hasta el último minuto y dan a luz casi sin dolor, al día siguiente se levantan, se bañan en el río y quedan tan limpias y sanas como antes de parir. Si se cansan de sus parejas masculinas, abortan con hierbas que causan la muerte del feto. Se cubren las partes vergonzantes con hojas o trapos de algodón, aunque por lo general, los indígenas -hombres y mujeres- ven la desnudez total con la misma naturalidad con la que nosotros miramos la cabeza o las manos de un hombre”. “Los indígenas,” dice Las Casas, no tenían religión, o por lo menos no tenían templos, “no dan ninguna importancia al oro y a otras cosas de valor. Les falta todo sentido del comercio, ni compran ni venden, y dependen enteramente de su entorno natural para sobrevivir. Son muy generosos con sus posesiones y por la misma razón, si deseaban las posesiones de sus amigos, esperan ser atendidos con el mismo grado de generosidad…”

Las Casas (que en un comienzo había propuesto remplazar a los Indígenas por los esclavos negros, considerando que eran más resistentes y que sobrevivirían mas fácilmente pero que más tarde se arrepiente al observar los efectos desastrosos de la esclavitud de los negros) en el segundo volumen de su Historia General de las Indias habla del tratamiento de los indígenas a manos de los españoles:

“Testimonios interminables… dan fe del temperamento benigno y pacífico de los nativos… Pero fue nuestra labor la de exasperar, asolar, matar, mutilar y destrozar, ¿a quién puede extrañar, pues, si de vez en cuando intentaban matar a alguno de los nuestros? El almirante, es verdad, fue tan ciego como los que le vinieron detrás, y tenía tantas ansias de complacer al Rey que cometió crímenes irreparables contra los indígenas.”

Las Casas explica como los Españoles « se volvían cada vez más vanidosos » y, después de un tiempo, se reusaban a caminar mínimas distancias. Cuando « tenían prisa, se desplazaban en la espalda de los Indios » o en hamacas por des Indios que debían correr relevándose. « En este caso se les acompañaba por Indios que portaban grandes hojas de palma para protegerles del sol y para ventilarlos. »

El control total conllevó una crueldad igualmente total. Los españoles “no se lo pensaban dos veces antes de apuñalarlos a docenas y cortarles para probar el afilado de sus espadas.” Las Casas explican cómo “dos de estos supuestos cristianos se encontraron un día con dos chicos indígenas, cada uno con un loro, les quitaron los loros y para su mayor disfrute, cortaron las cabezas a los chicos”.

Todas las tentativas de reacción por parte de los Indios fracasaron. En fin, continua Las Casas, « sudaban sangre y agua en las minas y otros trabajos forzados, en un silencio desesperante, no habiendo ninguna alma en el mundo hacia quien pedir ayuda ». Describe de igual manera el trabajo en las minas: « Las montañas son saqueadas, de la base a la cima y de la cima a la base, miles de veces. Escavan, rompen la roca, desplazan las piedras y transportan los sacos de grava en sus espaldas para lavarla en los ríos. Los que lavan el oro se quedan en el agua permanentemente y sus espaldas perpetuamente encorvadas terminan por romperse. Además, cuando el agua invade las galerías, la terea más agotadora consiste en cargarla y sacarla al exterior en pequeñas cantidades ».

Después de seis u ocho meses de trabajo en las minas (lapso de tiempo requerido para que cada equipo pueda extraer el oro suficiente para fundirlo), un tercio de los hombres estaban muertos.

Mientras que los hombres eran enviados muy lejos, a las minas, las mujeres se quedaban para trabajar la tierra. Les obligaban a cavar y a levantar miles de elevaciones para el cultivo de la yuca, un trabajo insoportable:

“De esta forma las parejas sólo se unían una vez cada ocho o diez meses y cuando se juntaban, tenían tal cansancio y tal depresión… que dejaban de procrear. Respecto a los bebés, morían al poco rato de nacer porque a sus madres se les hacía trabajar tanto, y estaban tan hambrientas, que no tenían leche para amamantarlos, y por esta razón, mientras estuve en Cuba, murieron 7.000 niños en tres meses. Algunas madres incluso llegaron a ahogar a sus bebés de pura desesperación… De esta forma, los hombres morían en las minas, las mujeres en el trabajo, y los niños de falta de leche… y en un breve espacio de tiempo, esta tierra, que era tan magnífica, poderosa y fértil […] quedó despoblada.”

Cuando llegó a Hispaniola en 1508, Las Casas dice “Vivían 60.000 personas en las islas, incluyendo a los indígenas, así que entre 1494 y 1508, habían perecido más de tres millones de personas entre la guerra, la esclavitud y las minas. ¿Quién se va a creer esto en futuras generaciones?” Escribió una biografía en diversos volúmenes, y él mismo se hizo a la mar para reconstruir la ruta de Colón a través del Atlántico. En su popular libro Cristóbal Colón, marinero, escrito en 1954, nos cuenta el tema de la esclavitud y las matanzas “La cruel política iniciada por Colón y continuada por sus sucesores desembocó en un genocidio completo”. Esta cita aparece en una de las páginas del libro, sepultada en un entorno de gran romanticismo. En el último párrafo del libro, Morison da un resumen de sus impresiones sobre Colón:

Tenía defectos, pero en gran medida eran defectos que nacían de las cualidades que le hicieron grande -su voluntad indomable, su impresionante fe en Dios y en su propia misión como portador de Cristo a las tierras allende los mares, su tozuda persistencia a pesar de la marginación, la pobreza y el desánimo que le acechaban. Pero no tenía mácula ni había fallo alguno en la más esencial y sobresaliente de sus cualidades -su habilidad como marinero.

Se puede mentir como un bellaco sobre el pasado. O se pueden omitir datos que pudieran llevar a conclusiones inaceptables. Morison no hace ni una cosa ni la otra. Se niega a mentir respecto a Colón. No se salta el tema de los asesinatos en masa; efectivamente, lo describe con la palabra más desgarradora que se pueda usar genocidio. Así empezó la historia -hace quinientos años- de la invasión europea de los pueblos indígenas de las Américas, una historia de conquista, esclavitud y muerte. Pero en los libros de historia que se da a generación tras generación de niños en los Estados Unidos, todo empieza con una aventura heroica -no una sangría- y EL DIA DE COLON ES UN DIA DE CELEBRACION.

Sólo se han visto ligeros cambios en años recientes. Eso sí, con cuentagotas. Más allá de las escuelas primarias y secundarias, tan sólo ha habido pinceladas ocasionales de algo distinto. Samuel Eliot Morison, el historiador de Harvard, fue el autor más distinguido sobre temática colombina. Pero hace otra cosa. No se entretiene en la verdad, y pasa a considerar las cosas que le resultan más importantes. El hecho de mentir demasiado descaradamente o de hacer disimuladas omisiones comporta el riesgo de ser descubierto, lo cual, si ocurre, puede llevar al lector a rebelarse contra el autor. Sin embargo, el hecho de apuntar los datos para seguidamente enterrarlos en una masa de información paralela equivale a decirle al lector con cierta calma afectada: sí, hubo asesinatos en masa, pero eso no es lo verdaderamente importante. Debiera pesar muy poco en nuestros juicios finales, no debería afectar tanto lo que hagamos en el mundo. La verdad es que el historiador no puede evitar enfatizar unos hechos y olvidar otros. Esto le resulta tan natural como al cartógrafo que, con el fin de producir un dibujo eficaz a efectos prácticos, primero debe allanar y distorsionar la forma de la tierra para entonces escoger entre la desconcertante masa de información geográfica las cosas que necesita para los propósitos de tal o cual mapa.

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Mis críticas no pueden cebarse en los procesos de selección, simplificación o énfasis, los cuales resultan inevitables tanto para los cartógrafos como para los historiadores. Pero la distorsión del cartógrafo es una necesidad técnica para una finalidad común que comparten todos los que necesitan de los mapas. La distorsión del cartógrafo, más que técnica, es ideológica; se debate en un mundo de intereses contrapuestos, en el que cualquier énfasis presta apoyo (lo quiera o no el historiador) a algún tipo de interés, sea económico, político, racial, nacional o sexual. Además este interés ideológico no se expresa tan abiertamente ni resulta tan obvio como el interés técnico del cartógrafo (“Esta es una proyección Mercador para navegación de larga distancia, para las distancias cortas deben usar una proyección diferente”). No. Se presenta como si todos los lectores de temas históricos tuvieran un interés común que los historiadores satisfacen con su gran habilidad. El hecho de enfatizar el heroísmo de Colón y sus sucesores como navegantes y descubridores y de quitar énfasis al genocidio que provocaron no es una necesidad técnica sino una elección ideológica. Sirve -se quiera o no- para justificar lo que pasó. Lo que quiero resaltar aquí no es el hecho de que debamos acusar, juzgar y condenar a Colón in absentia, al contar la historia. Ya pasó el tiempo de hacerlo, sería un inútil ejercicio académico de moralística. Quiero hacer hincapié en que todavía nos acompaña la costumbre de aceptar las atrocidades como el precio deplorable pero necesario que hay que pagar por el progreso (Hiroshima y Vietnam por la salvación de la civilización occidental; Kronstadt y Hungría por la del socialismo, la proliferación nuclear para salvarnos a todos). Una de las razones que explican por qué nos merodean todavía estas atrocidades es que hemos aprendido a enterrarlas en una masa de datos paralelos, de la misma manera que se entierran los residuos nucleares en contenedores de tierra. El tratamiento de los héroes (Colón) y sus víctimas (los arawaks) -la sumisa aceptación de la conquista y el asesinato en el nombre del progreso- es sólo un aspecto de una postura ante la historia que explica el pasado desde el punto de vista de los gobernadores, los conquistadores, los diplomáticos y los líderes. Es como si ellos -por ejemplo, Colón- merecieran la aceptación universal; como si ellos los Padres Fundadores, Jackson, Lincoln, Wilson, Roosevelt, Kennedy, los principales miembros del Congreso, los famosos jueces del Tribunal Supremo- representaran a toda la nación. La pretensión es que realmente existe una cosa que se llama “Estados Unidos”, que es presa a veces de conflictos y discusiones, pero que fundamentalmente es una comunidad de gente de intereses compartidos. Es como si realmente hubiera un “interés nacional” representado por la Constitución, por la expansión territorial, por las leyes aprobadas por el Congreso, las decisiones de los tribunales, el desarrollo del capitalismo, la cultura de la educación y los medios de comunicación. “La historia es la memoria de los estados”, escribió Henry Kissinger en su primer libro, A World Restored, en el que se dedicó a contar la historia de la Europa del siglo diecinueve desde el punto de vista de los líderes de Austria e Inglaterra, ignorando a los millones que sufrieron las políticas de sus estadistas. Desde su punto de vista, la “paz” que tenía Europa antes de la Revolución Francesa quedó “restaurada” por la diplomacia de unos pocos líderes nacionales. Pero para los obreros industriales de Inglaterra, para los campesinos de Francia, para la gente de color en Asia y África, para las mujeres y los niños de todo el mundo -salvo los de clase acomodada- era un mundo de conquistas, violencia, hambre, explotación -un mundo no restaurado, sino desintegrado.

Mi punto de vista, al contar la historia de los Estados Unidos, es diferente: NO DEBEMOS ACEPTAR LA MEMORIA DE LOS ESTADOS COMO COSA PROPIA. LAS NACIONES NO SON COMUNIDADES Y NUNCA LO FUERON. LA HISTORIA DE CUALQUIER PAIS, si se presenta como si fuera la de una familia, disimula terribles conflictos de intereses (algo explosivo, casi siempre reprimido) entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza y sexo. Y en un mundo de conflictos, en un mundo de víctimas y verdugos, la tarea de la gente pensante debe ser como sugirió Albert Camus- no situarse en el bando de los verdugos. Así, en esa inevitable toma de partido que nace de la selección y el subrayado de la historia, prefiero explicar la historia del descubrimiento de América desde el punto de vista de los arawaks, la de la Constitución, desde la posición de los esclavos, la de Andrew Jackson, tal como lo verían los cherokees, la de la Guerra Civil, tal como la vieron los irlandeses de Nueva York, la de la Guerra de México, desde el punto de vista de los desertores del ejército de Scott, la de la eclosión del industrialismo, tal como lo vieron las jóvenes obreras de las fábricas textiles de Lowell, la de la Guerra Hispano-Estadounidense vista por los cubanos, la de la conquista de las Filipinas tal como la verían los soldados negros de Luzón, la de la Edad de Oro, tal como la vieron los agricultores sureños, la de la Primera Guerra Mundial, desde el punto de vista de los socialistas, y la de la Segunda vista por los pacifistas, la del New Deal de Roosevelt, tal como la vieron los negros de Harlem, la del Imperio Americano de posguerra, desde el punto de vista de los peones de Latinoamérica. Y así sucesivamente, dentro de los límites que se le imponen a una sola persona, por mucho que él o ella se esfuercen en “ver” la historia desde otros puntos de vista.

 

Howard Zinn

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Edición : Santiago Perales

 

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