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Pensar más alla de la civilización (Kevin Tucker)
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Durante millones de años, los seres huma­nos vivie­ron como anarquis­tas. O sea, como indi­vi­duos autó­no­mos, sin la mínima exis­ten­cia de un poder coer­ci­tivo, del trabajo y las insti­tu­ciones: sin media­ción. Al “estado natu­ral” sería más apro­piado llamarlo el “anti-estado natu­ral”. Este no fue ni un paraíso (aquel­los jardines colgantes), ni la utopía (el lugar perfecto engen­drado por la imagi­na­ción), simple­mente fue. Sin embargo no es simple­mente un hecho o concepto histó­rico. El pensa­miento linear de la razón nos ha llevado a creer eso, diri­gida por los profe­tas de la produc­ción (Moisés, Smith, Marx, etc.). La anarquía está en noso­tros. Es la forma en que actua­mos; es así que los millones de años de evolu­ción nos han mode­lado. Como lo explica Paul Shepard , somos seres del paleolí­tico (Ndt:El Pleis­to­ceno se corres­ponde con el Paleolí­tico arqueoló­gico): caza­dores-reco­lec­tores, primi­ti­vos, seres de esta tierra.

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“Toda­via somos del pleis­to­ceno por nues­tro genoma y no nos reali­za­re­mos plena­mente si no volve­mos a encon­trar un ecosis­tema que le sea congruente” – The only world we’ve got de Paul Shepard.

Pero algo se produjo. No es un gran miste­rio hasta qué punto nos encon­tra­mos some­ti­dos a los dioses del progreso y de la produc­ción y poco importa, todos sabe­mos que las cosas no van bien. Hemos sido lleva­dos por el mal camino. Para probar y enfren­tarse a lo que eso signi­fica, debe­mos primero enten­der lo que somos. La vida de los caza­dores-reco­lec­tores nóma­das es intrín­se­ca­mente dife­rente del mundo espi­ri­tual­mente muerto de la moder­ni­dad: la cara actual de la civi­li­za­ción tecnoló­gica mundial. Sin embargo los caza­dores-reco­lec­tores no son dife­rentes de noso­tros. No nace­mos « primi­ti­vos » o « civi­li­za­dos », sino gente nacida en dife­rentes épocas y lugares y una gran mayoría de noso­tros ha tenido el desa­tino de nacer en la última cate­goría.

Las socie­dades de caza­dores-reco­lec­tores nóma­das encar­nan el igua­li­ta­rismo. Estas son, como deben ser por natu­ra­leza, flexibles y orgá­ni­cas. Ser nómada signi­fica ser evolu­tivo, flexible: he aquí la clave de la anarquía. En tiempo de sequías, las socie­dades pueden tras­la­darse hacia regiones más hospi­ta­la­rias. Las fron­te­ras, donde exis­tan, son defi­ni­das por lo concreto en lugar de líneas o marcas arbi­tra­rias. Quien se encuen­tra en un sitio a una época parti­cu­lar es fluido, y no hay extra­nje­ros. Los egos son inten­cio­nal­mente desa­len­ta­dos para que ninguna habi­li­dad pueda ser más esti­mada que otra. La pobla­ción se mantiene en correcto funcio­na­miento limi­tada por la natu­ra­leza de la movi­li­dad y por lo que Richard B. Lee llama « el contra­cep­tivo de la cadera » (“contra­cep­tive on the hip”).

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“Épocas tempra­nas nos ofre­cen profun­dos cono­ci­mien­tos sobre la igual­dad de genero”

Pero lo que es aún más impor­tante, todo el mundo es capaz de susten­tarse a sí mismo. Por lo que cuando la gente se reagrupa, lo hace según sus propias condi­ciones. Si la gente no se entiende, o se frus­tra con otros, entonces son libres de partir y el impacto del rechazo apenas y es resen­tido. No hay espe­cia­lis­tas reales y tampoco hay ninguna pose­sión que no pueda ser fabri­cada e inter­cam­biada fácil­mente. No hay media­ción entre la vida y los medios de subsis­ten­cia (los signi­fi­ca­dos del vivir).

Los reco­lec­tores-caza­dores nóma­das viven un mundo ente­ra­mente sagrado. Su espi­ri­tua­li­dad se extiende a todas las rela­ciones. Cono­cen las plan­tas y los animales que les rodean, y no sola­mente a los de impor­tan­cia inme­diata. Hablan con los que noso­tros llamaría­mos « obje­tos inani­ma­dos », pero pueden hablar el mismo lenguaje entre ellos. Saben cómo ver más allá de sí mismos y no están limi­ta­dos por los lenguajes huma­nos que noso­tros conser­va­mos tan apasio­na­da­mente. Su exis­ten­cia está anclada en el lugar, vagan libre­mente, pero siempre están en casa, sintién­dose bien­ve­ni­dos y sin miedo.

Es fácil criti­car cualquier teoría que busca “peca­dos origi­nales” o puntos de partida para algún evento en parti­cu­lar. En parte estoy de acuerdo, pero pienso que el esquema es mucho más complejo. No hubo un momento preciso donde fue tomada la deci­sión de volverse civi­li­za­dos, o un momento donde la gente dejó de escu­char la Tierra. En cambio hay varias cosas que se produje­ron y que tuvie­ron serias impli­ca­ciones en la manera en que inter­ac­tua­mos entre noso­tros y con la Tierra a nues­tro alre­de­dor.

No pienso que las prime­ras perso­nas que domes­ti­ca­ron plan­tas y animales hayan sabido que lo que esta­ban haciendo trans­for­maría el mundo que amaban en algo que llegarían a temer. O que alimen­tar el miedo a lo salvaje signi­fi­caría la destruc­ción de todo lo que se encuen­tra fuera de los jardines, para asegu­rarse que estos no fueran pertur­ba­dos. Es real­mente dudoso que las prime­ras perso­nas en asen­tarse de forma perma­nente en un sitio pensa­ran que esta­ban compro­me­tién­dose de esta forma hacia una exis­ten­cia de guer­ras ince­santes. O que tener más hijos signi­fi­caría la entrada a un constante y creciente estado de creci­miento. Es dudoso también, que las prime­ras perso­nas amplia­mente depen­diente del alimento alma­ce­nado, se dieran cuenta que esto les llevaría a la crea­ción de un poder coer­ci­tivo y rompería el igua­li­ta­rismo que carac­te­ri­zaba al grupo autó­nomo.

Por supuesto, nadie nunca podrá saber con certeza en qué pensa­ban o porqué esas cosas se lleva­ron a cabo. No faltan teorías sobre los orígenes de la domes­ti­ca­ción, de la seden­ta­ri­za­ción o la orien­ta­ción a la sobre­pro­duc­ción, a térmi­nos prác­ti­cos tales teorías son real­mente irre­le­vantes. El hecho que haya­mos tomado ese camino en un prin­ci­pio, no cambia el hecho que tales medi­das hayan provo­cado una serie de impli­ca­ciones. Cuando cada uno de esas medi­das fue tomada, algo signi­fi­ca­tivo se produjo y una serie de conse­cuen­cias impre­vis­tas conecta esos even­tos a nues­tra situa­ción actual.

Pero esto no signi­fica que los gobier­nos, el poder sean alguna fuerza beni­gna. Los polí­ti­cos y los espe­cu­la­dores saben que están destruyendo el planeta y que están enve­ne­nando toda vida, consi­de­ran el dinero como lo más impor­tante. Sus deci­siones no son « no-inten­cio­nales » compa­ra­das con las de la persona que sin pensar conecta un enchufe o llena su automó­vil de combus­tible. Los diri­gentes ávidos de poder actuarán conforme con sus propios inter­eses, pero su poder reside en nues­tra compli­ci­dad hacia las condi­ciones que nos impo­nen.

Esto no signi­fica que cada persona impli­cada sea nece­sa­ria­mente consiente o de que debiera ser malde­cida; eso no nos llevaría muy lejos. Pero lo que es obvio es que nues­tra situa­ción está empeo­rando cada vez más. Con la creciente depen­den­cia a los combus­tibles fósiles, esta­mos saqueando el futuro de una manera nunca antes cono­cida. Nos encon­tra­mos en una situa­ción bastante fami­liar: como las civi­li­za­ciones Caho­kia, Chacoan, Maya, Azteca, Meso­potá­mica y Romana antes de noso­tros, no perci­bi­mos los sínto­mas del colapso que define nues­tra época. No pensa­mos en nada excepto en aquello que es bene­fi­cioso para noso­tros aquí y ahora. No pensa­mos fuera de nues­tro condi­cio­na­miento. No pensa­mos en nada más allá de la civi­li­za­ción.

Pero ni siquiera lo sabe­mos. Ni siquiera hemos reci­bido la habi­li­dad de leer el tiempo, las épocas, porque es contra­rio al camino de la razón que nos es presen­tado.

Pero las cosas han cambiado y están cambiando. Lo reco­noz­ca­mos o no: algo ocur­rirá. Tene­mos la capa­ci­dad de mirar hacia atrás, probar y desper­tar la parte de noso­tros mismos que ha sido enter­rada por la domes­ti­ca­ción, el proceso civi­li­za­dor. Pode­mos ver que hay algo acerca de las socie­dades nóma­das de caza­dores-reco­lec­tores que simple­mente funcio­naba. Pode­mos ver como esto fue destruido por el seden­ta­rismo, la domes­ti­ca­ción, la sobre­pro­duc­ción, y este hecho se acre­centó más con la horti­cul­tura, la crea­ción de los esta­dos, la agri­cul­tura y aún más con el indus­tria­lismo y la moder­ni­dad tecnoló­gica.

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De una u otra forma, algo concer­niente a estos pasos secues­tró nues­tra auto­nomía. Nos hizo depen­dientes. Supues­ta­mente fuimos libe­ra­dos del barba­rismo de la auto­de­ter­mi­na­ción hacia la nueva liber­tad del trabajo y a un mundo de cosas-obje­tos. Hemos vendido el igua­li­ta­rismo a cambio de plás­tico.

Nues­tra situa­ción actual es desa­len­ta­dora pero no todo está perdido. Tene­mos ante noso­tros un legado de conse­cuen­cias impre­vis­tas que lamen­ta­ble­mente nos lleva­ron del igua­li­ta­rismo al tota­li­ta­rismo. La cues­tión que debe­mos respon­der es que hemos perdido. ¿Qué parte de noso­tros fue vendida en el proceso? Pode­mos ver más allá de los mitos de la razón, de la divi­ni­dad, del tiempo linear y del progreso y desper­tar­nos a noso­tros mismos en el proceso.

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– Desco­lo­niza tu mente y tu corazón de las ideas precon­ce­bi­das –

La civi­li­za­ción es un obje­tivo enorme. Vencer la domes­ti­ca­ción es una tarea ardua y masiva, pero nues­tras almas y vidas están en juego. El futuro y el pasado están más cerca de lo que pensa­mos. El espí­ritu de la anarquía corre todavía por nues­tras venas. No nece­si­ta­mos mirar « antes de la civi­li­za­ción »; sola­mente nece­si­ta­mos escu­char­nos a noso­tros mismos y escu­char el mundo que nos rodea. Tene­mos la ventaja de compren­der los pasos que hemos tomado por el mal camino, y a partir de ello pode­mos tomar medi­das a fin de diri­gir­nos hacia la anarquía.

Y en este proceso, el proceso de conver­tirse en humano, las abstrac­ciones entre nues­tro destino y el destino del mundo se disi­pa­ran. La cues­tión no es saber el momento opor­tuno para atacarse contra las mani­fes­ta­ciones concre­tas de la civi­li­za­ción, ni sobre donde golpear

Cuando apren­da­mos a abrir­nos a lo salvaje y al caos, la anarquía orgá­nica de nues­tros seres resur­girá. Atacar a la civi­li­za­ción no es una hazaña fácil, pero escu­chando, cuando abra­ce­mos nues­tro anti-estado natu­ral, sabre­mos exac­ta­mente qué hacer.

 

Kevin Tucker / 10 de Mayo del 2004

 


Traduc­ción ; Santiago Perales Meraz.

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