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Cómo la no violencia protege al Estado - Capítulo 1. La no violencia es inefectiva (por Peter Gelderloos)
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« How nonviolence protects the State » fue editado por South End Press, Cambridge, 2007.  “Cómo la no violencia protege al Estado”, del activista anarquista estadounidense Peter Gelderloos. Traducido directamente del inglés por Edicions Anomia (Barcelona, Primavera del 2010). Para leer el libro completo en PDF hacer click aquí

“Estoy profundamente agradecido a Peter Gelderloos por haber tenido el coraje de mostrar el culto al pacifismo como lo que es: un aliado racista y patriarcal del poder estatal. ‘Cómo la no violencia protege al Estado” es un libro necesario sobre un tema necesario también: cómo podemos resistir ». – Derrick Jensen


Cómo la no violencia protege al Estado

Capítulo 1. La no violencia es inefectiva

por Peter Gelderloos

Podría dedicar mucho tiempo enumerando los fracasos de la no violencia. En lugar de esto, va a ser más útil hablar de los éxitos de la no violencia. El pacifismo apenas sería atractivo para sus seguidorxs si la ideología no hubiera producido victorias que han sido históricas. Hay ejemplos clásicos como la independencia de la India del dominio colonial británico, las trabas que se le hicieron a la carrera mundial por las armas nucleares, el movimiento por los derechos civiles en los 60 y el movimiento por la paz durante la guerra de Vietnam. Y, aunque ellxs no lo hallan reivindicado todavía como una victoria, las protestas masivas del 2003 contra la invasión norteamericana de Irak fueron muy aplaudidas por lxs activistas no violentxs. Existe un patrón para la manipulación y la tergiversación de la historia que es evidente en cada una de las victorias que lxs activistas no violentxs reivindican. La posición pacifista requiere que el éxito sea atribuible a las tácticas pacifistas y sólo a éstas; mientras que el resto de nosotrxs cree que el cambio proviene de todo el espectro de tácticas presente en cualquier situación revolucionaria, siempre que se desplieguen de forma efectiva. Porque ningún conflicto social relevante exhibe una uniformidad de tácticas e ideologías; lo cual nos permite afirmar que todos estos conflictos muestran tácticas pacifistas e indudablemente no pacifistas. Pero lxs pacifistas deben borrar aquellas narraciones de la historia que discrepan con ellxs o, alternativamente, acusar de sus fracasos a la presencia, en el mismo contexto, de la lucha violenta.

En el caso de la India, la historia cuenta que la gente, bajo el liderazgo de Gandhi, desarrolló un movimiento masivo no violento, activo durante décadas e involucrado en protestas, desobediencia civil, boicots económicos, huelgas de hambre ejemplares y actos de no cooperación para hacer impracticable el imperialismo británico. Sufrieron masacres y respondieron con un par de disturbios, pero, en general, el movimiento fue no violento y, después de perseverar durante décadas, lxs índixs ganaron su independencia, proporcionando un nada desdeñable sello de victoria a la causa pacifista. La historia es, en realidad, algo más complicada, en ella muchas de las presiones violentas también llevaron a los británicos a la decisión de renunciar. Los británicos habían perdido la habilidad de mantener el poder colonial después de perder millones de tropas y un gran número de recursos durante dos guerras mundiales extremadamente violentas, la segunda de las cuales devastó especialmente a la “madre patria”. Las luchas armadas de militantes árabes y judíos en Palestina, desde 1945 hasta 1948, debilitaron aún más al imperio británico, e hicieron que constituyera una clara amenaza la posibilidad de que lxs índixs abandonaran la desobediencia civil para tomar las armas en masa si los ignoraban; este hecho no puede ser excluido como un factor determinante para que los británicos tomaran la decisión de renunciar a la administración colonial directa.

Nos damos cuenta de que esta amenaza es aún más directa cuando comprendemos que la historia del movimiento de independencia de la India como pacifista es un retrato selectivo e incompleto; la no-violencia no fue universal en la India. La resistencia al colonialismo británico incluyó la suficiente militancia para que el método Gandhiano fuera visto como una de las variadas formas efectivas de resistencia popular. Como parte del patrón universal distorsionado, lxs pacifistas borran aquellas otras formas de resistencia y ayudan a propagar la falsa historia en la que Gandhi y sus discípulos fueron el único timón de la resistencia India. Se ignoran importantes líderes militantes tales como Chandrasekhar Azad, quien combatió en la lucha armada contra los colonos británicos; o revolucionarios tales como Bhagat Singh, quien ganó un apoyo masivo hacia los bombardeos y los asesinatos como parte de una lucha que quería lograr el “derrocamiento tanto del capitalismo indio, como del extranjero”. La historia pacifista de la lucha india no logra explicar el sentido del hecho de que Subhas Chandra Bose, el candidato militante, fuera elegido dos veces presidente del congreso nacional indio, en 1938 y 1939. Por otro lado, Gandhi fue quizás la figura más singular, influyente y popular en la lucha por la independencia india; la posición de liderazgo que asumió no siempre disfrutó del apoyo de las masas. Gandhi perdió mucho del apoyo de los índixs cuando “desconvocó al movimiento” tras los disturbios de 1922. Cuando más tarde fue encarcelado por los británicos: “en la India no se levantó ni un murmullo de protesta”. Resulta significativo que la Historia recuerde la lucha de Gandhi por encima de todas las demás, no porque representara la voz unánime de la India, sino por toda la atención que la prensa británica le dió al ser incluido en importantes negociaciones con el gobierno colonial británico. Cuando recordemos que la Historia la escriben los victoriosos, otro velo del mito de la independencia índia se retirará.

El aspecto más lamentable de la reivindicación de lxs pacifistas de que la independencia de la Índia sea una victoria de la no violencia, es que esta reivindicación juega un papel en la elaboración de una Historia que sirva a los intereses de la supremacía blanca de los estados imperialistas que colonizaron el Sur. El movimiento de liberación en la India fracasó. Los británicos no fueron forzados a abandonar la India. Más bien, escogieron transferir el territorio del dominio colonial directo al dominio neocolonial. ¿Qué tipo de victoria permite al bando perdedor dictar cuándo y cómo ascenderá el gobierno que ha ganado? Los británicos redactaron la nueva Constitución y devolvieron el poder a sus sucesores, escogidos a dedo. Avivaron las llamas de la religiosidad y del separatismo étnico para que la Índia estuviese dividida, incapaz de lograr la paz y la prosperidad y dependiera de la ayuda militar y de otros apoyos de los estados euroamericanos. La India todavía es explotada por las empresas euro-americanas (aunque varias empresas indias nuevas, mayormente subsidiarias, han participado de este saqueo). Y aún se provee de recursos y mercados de los estados imperialistas. En muchos sentidos, la pobreza de su gente se ha intensificado y la explotación se ha hecho más eficiente. La independencia del dominio colonial le ha dado a la India más autonomía en algunas áreas, y ciertamente, les ha permitido a un puñado de índixs asentarse en el poder, pero la explotación y la privatización de los recursos y de la cultura se ha profundizado. Además, la India ha perdido una clara oportunidad para la liberación significativa de un opresor extranjero fácilmente reconocible. Cualquier movimiento de liberación ahora tendría que construirse en contra de las desconcertantes dinámicas del nacionalismo y la rivalidad étnico-religiosa, para abolir un capitalismo que ya está implantado en el país y un gobierno que está mucho más desarrollado. En definitiva, los movimientos de independencia demuestran haber fracasado.

La reivindicación de la victoria pacifista de haberle puesto unos límites a la carrera armamentística nuclear es algo ridículo. Una vez más, el movimiento no fue exclusivamente no violento; incluyó grupos que llevaron a cabo cierto número de atentados y otros actos de sabotaje o guerra de guerrillas. Y, de nuevo, la victoria es dudosa. Los tan ignorados tratados de no proliferación solamente llegaron después de que la carrera armamentística ya se hubiera ganado, con la indiscutible hegemonía nuclear de los Estados Unidos, en posesión de más armas nucleares de las que eran prácticas o útiles. Y parece claro que la proliferación continúa como algo necesario, actualmente en forma de desarrollo táctico de armamento nuclear y una nueva ola de facilidades propuestas para el poder nuclear. Realmente, el problema parece haber sido resuelto más como un asunto de política interna dentro del gobierno que como un conflicto entre éste y los movimientos sociales. Chernobyl y la posibilidad de varias catástrofes nucleares en Estados Unidos mostraron que la energía nuclear (un componente necesario para el desarrollo de dichas armas,) era algo incómodo, y no levantó manifestaciones para cuestionar su utilidad, aún para un gobierno empeñado en conquistar el mundo, desviando asombrosos recursos hacia la proliferación nuclear aun cuando ya tenía suficientes bombas para volar el planeta entero, y cada guerra y acción encubierta desde 1945 ha sido luchada y combatida con otras tecnologías. El movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos es uno de los episodios más importantes de la Historia pacifista. En todo el mundo, la gente lo ve como un ejemplo de victoria no violenta. Pero, como otros ejemplos discutidos aquí, ni fue una victoria, ni fue no violenta. El movimiento tuvo éxito al acabar con la segregación de derecho y con la expansión de la minúscula pequeña burguesía negra, pero ésa no fue la única demanda de la mayoría de lxs participantes del movimiento. Querían la igualdad política y económica completa, y muchxs también querían la liberación negra en forma de nacionalismo negro, intercomunalismo negro u otras formas de independencia del imperialismo blanco. No se logró ninguna de estas demandas: ni la de igualdad ni, desde luego, la de la liberación. Lxs negrxs aún tienen una media de ingresos más baja, un peor acceso a la vivienda y a la sanidad y una salud más deteriorada que lxs blancxs. La segregación de facto aún existe. Las políticas de igualdad son también escasas. Millones de votantes, la mayoría negrxs, son privadxs del derecho al voto (de votar por candidatxs blancxs en un sistema político blanco, cosa que refleja una cultura blanca) cuando es conveniente para los intereses reinantes, y sólo ha habido cuatro senadores negros desde la Reconstrucción.

Los frutos de los derechos civiles también han olvidado a otras razas. Lxs inmigrantes latinxs y asiáticxs son especialmente vulnerables al abuso, la deportación, la denegación de los servicios sociales por los que pagan impuestos y al durísimo y tóxico trabajo en las maquilas o en la agricultura. Musulmanxs y árabes están sufriendo el aumento de la represión tras 11 de Septiembre, mientras una sociedad que se define a sí misma como “ajena al color” ni siquiera muestra un asomo de conciencia de su hipocresía. Lxs nativxs se mantienen en posiciones muy bajas en la escala socioeconómica hasta el punto de resultar invisibles, excepto por la simbólica manifestación ocasional del multiculturalismo estadounidense: la mascota deportiva estereotipada o la muñeca hula-girl que se vende en las gasolineras, que oscurecen aún más la realidad actual de lxs indígenas.

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La proyección común (hecha principalmente por progresistas blancxs, pacifistas, educadorxs e historiadorxs oficiales gubernamentales) es que el movimiento contra la opresión racial en Estados Unidos fue principalmente no violento. Por el contrario, si bien grupos pacifistas como la Southern Christian Leadership Conference (SCLC) de Martin Luther King Jr. tuvieron un poder y una influencia considerables, el apoyo popular hacia el movimiento, ofrecido especialmente por la población negra pobre, gravitó cada vez más hacia los grupos revolucionarios militantes como el Black Panther Party. Según el sondeo Harris de 1970, el 66% de lxs afroamericanxs dijo que las actividades del Black Panther Party les llenaban de orgullo y un 43% dijo que el partido representaba sus propios puntos de vista. De hecho, la lucha militante ha representado buena parte de la resistencia de la gente negra a la supremacía blanca. Mumia Abu-Jamal lo documenta con valentía en su libro del 2004, We Want Freedom.

En él se lee: “Las raíces de la resistencia armada, en la historia afroamericana, son profundas. Solo aquellxs que ignoran este hecho ven al Black Panther Party como algo ajeno a nuestra histórica herencia común”. En realidad, los segmentos no violentos no pueden ser destilados y separados de las partes revolucionarias del movimiento (a través de la alienación y la cizaña, fomentadas por el Estado, a menudo existente entre ellxs). Lxs pacifistas, – activistas negrxs de clase media, incluyendo a King-, sacan buena parte de su poder del espectro de la resistencia negra y de la presencia de revolucionarixs negrxs armadxs.

En la primavera de 1963, la campaña en Birmingham de Martin Luther King Jr. fue vista como si fuera una repetición de la fracasada acción en Albany, Georgia (donde una campaña de desobediencia de nueve meses, en 1961, demostró la impotencia de lxs manifestantes no violentxs contra un gobierno poseedor de un sistema penitenciario aparentemente omnipotente; y en la que en julio de 1962, los disturbios protagonizados por lxs jóvenes, hicieron que asumieran el control de todos los edificios durante una noche, forzando a la policía a retirarse del ghetto y demostrando que un año después de la campaña no violenta, la población negra de Albany seguía luchando contra el racismo, aunque habían desdeñado ya la no violencia). Entonces, el 7 de marzo, en Birmingham, tras la violencia policial continuada, trescientxs negrxs comenzaron a contraatacar, arrojando pedradas y botellas contra la policía. Sólo dos días después, Birmingham (alzada hasta entonces como un inflexible bastión de la segregación) estuvo de acuerdo en dejar de segregar las tiendas del centro de la ciudad y el presidente Kennedy respaldó el acuerdo con garantías federales. Al día siguiente, después de que algunos supremacistas blancos locales destruyeran el hogar y el negocio de algunxs negrxs, cientos de personas negras generaron nuevos disturbios y tomaron nueve distritos, destruyendo coches de policía, hiriendo a varios de ellos (incluyendo al inspector jefe) e incendiando negocios regentados por gente blanca. Un mes y un día más tarde, el presidente Kennedy fue llamado al Congreso para aprobar el decreto de los derechos civiles, poniendo fin a varios años de una estrategia de paralización del movimiento por los derechos civiles. Quizás la mayor de las limitadas, -si no vacías-, victorias del movimiento por los derechos civiles llegó cuando la gente negra demostró que no iba a seguir esperando pacíficamente para siempre a que se cumplieran sus demandas. Frente a las dos alternativas, la estructura del poder blanco escogió negociar con lxs pacifistxs, y hemos visto ya los resultados.

La reivindicación de que el movimiento pacifista de Estados Unidos terminó con la guerra de Vietnam contiene un conjunto de defectos muy habitual. La crítica ha sido bien construida por Ward Churchill y otrxs, así que me limitaré a resumirla. Con su perenne pretensión de superioridad moral, lxs activistas pacifistas ignoran, aproximadamente, de tres a cinco millones de indochinxs muertxs en la lucha contra el ejército estadounidense; ignoran que decenas de millares de tropas estadounidenses fueron asesinadas y cientos de miles heridas; ignoran que otras tropas se desmoralizaron por el derramamiento de sangre, que se había vuelto altamente efectivo20; ignoran que, debido a todo esto, los Estados Unidos perdieron un enorme capital político (yendo hacia la quiebra fiscal), hasta el punto de que hasta los políticos pro-guerra comenzaron a reclamar una estrategia de retirada (especialmente tras la Ofensiva Tet, que demostró que la guerra era “imposible de ganar”, en palabras de mucha gente de la época). El gobierno de los Estados Unidos no fue forzado a retirarse a causa de protestas pacíficas; fue derrotado política y militarmente. Como prueba de esto, Churchill cita la victoria del republicano Richard Nixon, y la ausencia incluso de un candidato anti-guerra en el Partido Demócrata, en 1968, cerca del momento más álgido del movimiento anti-guerra. Se podría también añadir que la reelección de Nixon en 1972, tras cuatro años de intensificación del genocidio, demuestra la impotencia del movimiento pacifista para intervenir en las decisiones del poder. De hecho, el movimiento pacifista inicial se disolvió en tándem con las tropas estadounidenses de retirada (retirada completada en 1973). El movimiento pacifista es menos receptivo a la hora de aceptar que la campaña de bombardeos más larga, con objetivos civiles, se dió y se intensificó tras la retirada de las tropas, o que se dió una ocupación continuada del sur de Vietnam a cargo de una dictadura militar entrenada y financiada por los Estados Unidos. En otras palabras, el movimiento se puso del lado (y recompensó a Nixon con su reelección) una vez más, de lxs americanxs, y no de lxs vietnamitas, desvinculándose de la realidad. El movimiento pacifista estadounidense fracasó a la hora de brindar la paz. El imperialismo estadounidense continuó inabatible, y a través de las estrategias militares que escogió, fue vencido por lxs vietnamitas. Aunque los Estados Unidos lograran cumplir sus objetivos políticos totales -a su debido tiempo-, precisamente a causa del fracaso del movimiento pacifista a la hora de ningún cambio interno profundo.

Algunxs pacifistas señalan el enorme número de “objetores de conciencia” que se negaron a luchar, para seguir tildando este fragmento de la Historia de victoria no violenta. Pero debería ser obvio que la proliferación de objetores e insumisos no puede redimir las tácticas pacifistas. Especialmente en una sociedad tan militarizada como ésta, las probabilidades de que los soldados se negaran a luchar son proporcionales a sus esperanzas de enfrentarse a una oposición violenta que era capaz de matarles o, como mínimo, de mutilarles. Sin la resistencia de lxs vietnamitas, no habría habido necesidad de un reclutamiento; sin un reclutamiento, la resistencia no violenta, tan autocomplaciente en Norteamérica, no habría apenas existido. Más significativa que la pasividad de los objetores de conciencia fue el aumento de lxs rebeldes, especialmente de tropas negras, latinas, e indígenas dentro de lxs militares. El plan intencional del gobierno de los Estados Unidos, en respuesta a los disturbios urbanos provocados por la gente negra, de sacar a los hombres negros jóvenes sin empleo de las calles y meterlos en el ejército, terminó que les salió el tiro por la culata.

Los oficiales de Washington que visitaron las bases de la Armada estaban fuera de sí ante el desarrollo de la cultura “militante Negra”… Los jefazos, atónitos, contemplarían como los colonos locales [blancos] oficiales eran forzados a devolver el saludo a los Nuevos Africanos [soldados negros] dándoles la señal de “Poder”[puño alzado]… Nixon tuvo que sacar las tropas de Vietnam rápidamente o se arriesgaba a perder a su ejército.

Asesinatos de sus propios oficiales, sabotaje, negarse a luchar, motines en las prisiones militares y ayudas al enemigo; todas estas actividades de los soldados estadounidenses contribuyeron de manera significativa a la decisión del gobierno de los Estados Unidos de retirar las tropas. Como el Coronel Robert D. Heinl indicó, en junio de 1971:

Por cada indicador concebible, nuestro ejército, que permanece en Vietnam, está en un estado cercano al colapso, con unidades individuales eludiendo o habiendo ya rechazado el combate, asesinando a sus oficiales, colocados y desanimados, cuando no, cerca del amotinamiento. La situación es casi tan seria en Vietnam como en cualquier otro lugar.

El Pentágono estimó que el tres por ciento de los oficiales asesinados en Vietnam de 1961 a 1972, fueron asesinados con granadas por sus propias tropas. Dicha estimación ni siquiera tiene en cuenta los asesinatos por apuñalamiento o disparo. En muchos casos, los soldados de una unidad reunían su dinero para recaudar una recompensa por el asesinato de un oficial impopular. Mathew Rinaldi señala a la “clase trabajadora negra y latina” en el ejército, que no se identificaba con las “tácticas pacifistas a cualquier precio” del movimiento por los derechos civiles, como los mayores actores de la resistencia militante que mutiló al ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam.

Y aunque ellxs eran menos significativos políticamente que la resistencia en el ejército en general, los atentados y otros actos de violencia en protesta por la guerra en los campus de las universidades blancas -incluyendo la mayoría de universidades de élite-, no deberían ser ignorados en favor de las acciones pacifistas que se dieron. En el curso de 1969–1970, se cuentan 174 atentados anti-guerra en los campus y por lo menos 70 atentados fuera de los campus y otros ataques violentos dirigidos a edificios ROTC, edificios gubernamentales y oficinas comerciales. Además, 230 de las protestas que se dieron en los campus incluyeron violencia física, y 410 incluyeron también daños a la propiedad.

En conclusión, lo que fue una muy limitada victoria (la retirada de las tropas de tierra tras años de guerra) puede ser atribuida más claramente a dos factores: la exitosa y sustancial resistencia violenta de lxs vietnamitas, que hizo que lxs políticxs reconocieran que no podrían ganar; y la resistencia militante y a menudo letal de las tropas de tierra estadounidenses por sí mismas, causada por la desmoralización generada por la efectiva violencia de sus enemigos y la militancia política difundida desde el movimiento de liberación negro. El movimiento nacional anti-guerra preocupó claramente a los políticos de Estados Unidos, pero, ciertamente, no se volvió tan poderoso como para que podamos decir que “forzó” al gobierno a hacer nada, y, en cualquier caso, sus más enérgicos integrantes también llevaron a cabo protestas violentas, atentados y actos de destrucción de la propiedad.

Quizás confundidxs por su propia Historia falsa del movimiento pacifista durante la guerra de Vietnam, lxs activistas pacifistas estadounidenses, en el siglo XXI, parecían estar esperando que se repitiera una victoria que nunca se dió, en sus planes por detener la invasión de Irak. El 15 de febrero del 2003, cuando el gobierno de Estados Unidos puso en marcha la guerra de Irak “las protestas mundiales de millones de activistas anti-guerra pronunciaron un punzante reproche contra Washington y sus aliados […]. La ola de manifestaciones sin precedente […] ensombreció aún más los planes de guerra de los Estados Unidos”; según reza un artículo de la página web del grupo anti-guerra no violento United for Peace and Justice. El mismo artículo, que se enorgullece del “despliegue masivo del sentir pacifista”, dice también que “La Casa Blanca” parece haber se quedado desconcertada por la oleada de gente que se resiste a su llamamiento a una acción militar rápida. Las protestas fueron las más grandes de la historia; y exceptuando algunas refriegas menores, fueron exclusivamente no violentas; y lxs activistas celebraron la tranquilidad y el carácter masivo de dichas manifestaciones. Algunos grupos, como el United for Peace and Justice, incluso sugirieron que las protestas podrían evitar la guerra. Por supuesto, estaban totalmente equivocados, las protestas fueron totalmente inefectivas. La invasión ocurrió tal y como se planeó, a pesar de los millones de personas que nominalmente, tranquilamente y con impotencia, se opusieron a ella. El movimiento anti-guerra no hizo nada para cambiar las relaciones de poder en Estados Unidos. Bush recibió un capital político sustancial por invadir Irak, y no se enfrentó a una respuesta violenta hasta que la guerra y el esfuerzo de ocupación comenzaron a mostrar signos de fracaso debido a la efectiva resistencia armada del pueblo iraquí. La así llamada “oposición”, ni siquiera se manifestó en el paisaje político oficial. El único candidato anti-guerra del Partido Demócrata, Dennis Kucinich, no fue tomado en serio ni por un momento como contrincante, y él y sus seguidores escondieron sus ideas, en un momento dado, en deferencia a la plataforma de apoyo al Partido Demócrata por la ocupación de Irak.

Un buen caso a estudiar respecto a la eficacia o la ineficacia de las protestas no violentas se puede ver en la implicación española en la ocupación liderada por los Estados Unidos. España, con 1300 tropas, fue uno de los socios subalternos más amplios en la “Coalición del Bien”. Más de un millón de españolxs protestaron contra la invasión y un 80 por ciento de la población española se oponía a ella, pero su compromiso por la paz acabó allí; no hicieron nada, en realidad, para evitar que el ejército español apoyara la invasión y la ocupación. Permanecieron pasivxs y no hicieron nada para desempoderar al líder; permanecieron tan impotentes como lxs ciudadanxs de cualquier democracia. El presidente español, Aznar, no sólo pudo y se le permitió ir a la guerra, sino que todos los pronósticos anteriores a los atentados anticipaban su reelección. El 11 de Marzo del 2004, días antes de que las urnas electorales fueran abiertas, múltiples atentados con bomba planeados por una célula vinculada a Al Qaeda explotaron en una estación de Madrid, matando a 191 personas e hiriendo a un millar más. Directamente a causa de esto, Aznar y su partido perdieron en las elecciones, y los socialistas, el mayor partido con una plataforma anti-guerra, fueron elegidos.

La coalición liderada por los Estados Unidos disminuyó con la pérdida de las 1300 tropas españolas, y prontamente disminuyó de nuevo tras la retirada de las tropas de la República Dominicana y Honduras. Mientras que millones de activistas pacifistas dando saltos en las calles como ovejas no han debilitado la brutal ocupación de ninguna forma apreciable, unas pocas docenas de terroristas que intentaban masacrar civiles, pudieron provocar la retirada de más de un millón de tropas de ocupación.

Las acciones y principios de las células afiliadas a Al Qaeda no sugieren que quieran una paz significativa en Irak, ni demuestran tanto una preocupación por el bienestar del pueblo iraquí (a una gran cantidad de dicha población ya la han hecho volar en pedazos), como una preocupación por una visión propia de cómo debería estar organizada la sociedad iraquí; una visión que es extremadamente autoritaria, patriarcal y fundamentalista. Y, sin duda, la que fue posiblemente una decisión fácil -matar y mutilar a cientos de personas desarmadas-, aunque tal acción hubiera parecido estratégicamente necesaria, está conectada con su autoritarismo y brutalidad, y sobre todo con la cultura de intelectualidad de la que provienen la mayoría de terroristas (aunque éste es otro tema).

Los límites éticos de los hechos se complican si los comparamos con la campaña de atentados masivos estadounidenses que, intencionadamente, mataron a cientos de miles de civiles en Alemania y Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque esta campaña fue mucho más brutal que los atentados de Madrid, es considerada en general como algo ‘más aceptable’. La contradicción existente entre condenar a las personas que pusieron las bombas en Madrid (fácil) y condenar a los aún más sanguinarios pilotos americanos (no tan fácil, quizás porque a través de ellos podríamos encontrar a nuestros propios parientes, mi abuelo por ejemplo), debería hacer que nos cuestionemos si nuestras condenas al terrorismo realmente tienen algo que ver con el respeto a la vida. Porque no estamos luchando por un mundo autoritario, o uno en el que la sangre sea derramada en concordancia con cálculos racionales; de modo que los atentados de Madrid no suponen un ejemplo para la acción, sino más bien una importante paradoja. ¿La gente que introdujo las tácticas pacifistas -que no han demostrado ser efectivas- para acabar con la guerra de Irak, realmente se preocupa más por la vida humana que los terroristas de Madrid? Al fin y al cabo, en Irak han sido asesinados mucho más de 191 civiles a manos de cada una de las 1300 tropas de ocupación instaladas allí.

Hasta el momento, en el vientre -relativamente vulnerable- de la Bestia no se ha desarrollado ninguna alternativa al terrorismo que pueda debilitar de manera sustancial la ocupación. Por lo tanto, la única resistencia real se está dando en Irak, donde los Estados Unidos y sus aliados están más preparados para reprimirla; a costa de las vidas de lxs guerrillerxs y lxs civiles.

Esto es lo poco que valen las victorias del pacifismo.

También ayudaría a entender el alcance del fracaso de estas ideas, un ejemplo controvertido pero necesario, como es el del Holocausto. Durante casi todo el Holocausto, la resistencia militante no estuvo en absoluto ausente, así que podemos medir la eficacia de la resistencia pacifista de manera independiente. El Holocausto es también uno de los pocos casos en los que se tiene la lucidez de ver que la responsabilización de las víctimas implica un apoyo o al menos una cierta empatía hacia el opresor, así que las rebeliones de oposición no pueden ser usadas para justificar la represión y el genocidio. Digo esto porque en cualquier otro caso lxs pacifistas suelen responsabilizar a las víctimas de la violencia autoritaria por haber tomado el camino de la acción directa militante contra esa misma autoridad. Algunxs pacifistas han sido tan osadxs como para usar algunos ejemplos de la resistencia contra los Nazis, tales como la desobediencia civil llevada a cabo por lxs danesxs, para sugerir que la resistencia no violenta puede funcionar incluso en las peores condiciones. ¿Es realmente necesario remarcar que lxs danesxs, como arios y arias, se enfrentaban a unas consecuencias muy distintas a las que se enfrentaban las principales víctimas de lxs Nazis? El Holocausto terminó a consecuencia de la violencia acordada y apabullante de los gobiernos aliados, que destruyeron el estado Nazi. Si bien, para ser honestos, habría que decir que se preocuparon mucho más por redibujar el mapa de Europa que por salvar las vidas de lxs ciudadanxs de Roma, de lxs judíxs, lesbianas y gays, izquierdistas, prisionerxs de guerra soviéticxs y otrxs. Conodido es, por ejemplo, el caso de lxs soviéticxs, que tendieron a seleccionar -“purgar”- a lxs prisionerxs de guerra que rescataban, temiendo que aún no siendo culpables de desertar o rendirse, su contacto con lxs extranjerxs en los campos de concentración los hubiera contaminado ideológicamente.

Las víctimas del Holocausto, de todos modos, no fueron totalmente pasivas. Un gran número de ellxs emprendieron acciones para salvar vidas y sabotear la máquina mortal nazi. Yehuda Bauer, quien trató exclusivamente con las víctimas judías del Holocausto, documenta enfáticamente esta resistencia. Hasta 1942, “los rabinos y otros líderes […] desaconsejaron un levantamiento (armado), pero no aconsejaron la pasividad; más bien, ‘la resistencia fue no violenta’” . Claramente, no hizo disminuir el genocidio ni debilitó a los Nazis de ninguna manera apreciable. A principios de 1942, lxs judíxs empezaron a resistir de forma violenta, aunque hay todavía muchos ejemplos de resistencia no violenta. En 1943, el pueblo de Dinamarca ayudó a la mayoría de los países que tuvieran una población mínima de siete mil judíxs, a huir hacia la Suecia neutral. Ese mismo año, el gobierno, la Iglesia, y el pueblo de Bulgaria detuvieron la deportación de judíxs en su país. En ambos casos, el rescate de judíxs fue protegido, en última instancia, por las fuerzas militares, y lxs mantuvieron a salvo gracias a las fronteras de un país -tanto en el caso de Suecia como el de Bulgaria-, no ocupado directamente por Alemania, en un tiempo en el que la guerra empezaba a ser vista como desoladora hasta por los mismos nazis. (A causa del violento ataque de lxs soviéticxs, lxs nazis pasaron por alto la frustración de sus planes en Suecia y Bulgaria como un ‘mal menor’). En 1941, lxs habitantes del ghetto de Vilnius, en Lituania, llevaron a cabo una sentada masiva cuando los nazis y las autoridades locales preparaban su deportación. Este acto de desobediencia civil retrasó la deportación durante un corto periodo de tiempo, pero fracasó en su intento de salvar vidas.

Algunos líderes de la Judenrat, los Consejos Judíos establecidos por los nazis para gobernar los ghettos bajo sus órdenes, complacían a los nazis en un intento de no hundir el barco, con la esperanza de mantener con vida a tantos judíxs como fuera posible, al finalizar la guerra. (Este es un buen ejemplo, porque muchxs pacifistas estadounidenses, a día de hoy también creen que si tú hundes el barco o causas un conflicto, estás haciendo algo malo). Bauer escribe: “Al final, la estrategia fracasó, y aquellxs que han intentado usarla han descubierto con horror que se volvían complacientes con el plan asesino de los Nazis”. Otrxs miembrxs del Consejo Judío fueron más valientes, y rechazaron abiertamente cooperar con los Nazis. En Lvov, Polonia, el primer presidente del consejo rechazó cooperar, y fue debidamente asesinado y reemplazado. Como Bauer señala, la sustitución fue mucho más satisfactoria (aunque la obediencia no les salvó, puesto que fueron forzadxs a morir en los campos; en el ejemplo específico de Lvov, el obediente sustituto fue asesinado de todas formas tan sólo por la sospecha de resistencia). En Borszczow, Polonia, el presidente del Consejo se negó a cumplir órdenes nazis, y fue conducido al campo de exterminio de Belzec.

Otros miembros del consejo usaron diversas tácticas, y fueron claramente más efectivos. En Kovno, Lituania, fingieron cumplir las órdenes alemanas, pero formaron parte de la resistencia en secreto. Escondieron con éxito a lxs niñxs, evitando su deportación, y sacaron en secreto a jóvenes hombres y mujeres para que pudieran luchar con lxs partisanxs. En Francia, “ambas secciones del Consejo pertenecieron a la clandestinidad y estuvieron en contacto constante con la resistencia […] y contribuyeron de forma significativa a salvar a la mayoría de lxs judíxs del país”. Aún allí donde no tomaron parte personalmente en la resistencia violenta, multiplicaron inmensamente sus efectivos para apoyar a aquellxs que sí lo hicieron.

Y tambien estaban las guerrillas urbanas y partisanas que luchaban violentamente contra los nazis. En abril y mayo de 1943, lxs judíxs del ghetto de Varsovia se alzaron, traficaron, robaron y fabricaron armas caseras. Setecientos hombres y mujeres lucharon durante semanas hasta la muerte, inmovilizando a miles de tropas nazis y otros recursos necesarios para el colapso del frente oriental. Sabían que serían asesinadxs, fueran pacíficxs o no. Rebelándose violentamente vivieron las últimas semanas de su vida en libertad y resistencia y redujeron la máquina de guerra nazi. Otra rebelión armada estalló en el ghetto de Bialystok, Polonia, el 16 de agosto de 1943, y se prolongó durante semanas.

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Las guerrillas urbanas tales como el grupo compuesto por judíxs sionistas y comunistas en Crackovia, hicieron volar con éxito trenes de reserva y raíles, sabotearon fábricas de guerra y asesinaron a oficiales del gobierno. Judíxs y otros grupos partisanos a lo largo y ancho de Polonia, Checoslovaquia, Bielorrusia, Ucrania y los países Bálticos también llevaron a cabo actos de sabotaje en lineas de reserva alemanas y combatieron a tropas de las SS. En palabras de Bauer, “en Polonia del Este, Lituania y la Unión Soviética occidental, por lo menos 15000 judíxs partisanos lucharon en los bosques, y por lo menos 5000 judíxs no armados vivían allí protegidos -toda o buena parte del tiempo- por lxs luchadorxs”. En Polonia, un grupo de partisanxs, lideradxs por los hermanos Belsky, salvaron a más de 1200 mujeres, hombres y niñxs judíxs, en parte llevando a cabo asesinatos por venganza contra aquellos que actuaron como delatores o señalaron a fugitivos. Similares grupos de partisanos en Francia y Bélgica sabotearon la infraestructura de guerra, asesinaron a oficiales nazis y ayudaron a la gente a escapar de los campos de concentración. Sin nombrar a lxs judíxs comunistas que hicieron descarrilar un tren que se dirigía a Auschwitz, y ayudaron a varios centenares de lxs judíxs que transportaba a escapar. Durante una rebelión en los campos de concentración de Sobibor en octubre de 1943, lxs resistentes asesinaron a varios oficiales nazis y permitieron escapar a cuatrocientxs de los seiscientxs reclusxs. Dos días después de la revuelta, Sobibor fue clausurado. Una rebelión en Treblinka, en agosto de 1943, destruyó dicho campo de concentración, y no fue reconstruido. Lxs participantes de otra insurrección en Auschwitz, en octubre de 1944, destruyeron uno de los crematorios. Todas estas violentas revueltas redujeron el Holocausto. En comparación, las tácticas no violentas (y, dicho esto, los gobiernos aliados cuyos bombarderos podrían fácilmente haber ganado Auschwitz y otros campos) fracasaron al no derribar o destruir ni un solo campo de exterminio antes del fin de la guerra.

En el Holocausto, y en ejemplos menos extremos que van desde la Índia hasta Birmingham, hemos visto que la no violencia fracasó a la hora de empoderar suficientemente a sus seguidorxs, en tanto que el uso de una variedad de tácticas sí obtuvo resultados. Dicho de manera simple: si un movimiento no constituye una amenaza hacia un sistema basado en la coerción y la violencia centralizadas, y si ése movimiento no realiza y ejecuta el poder que lo convierta en una amenaza, no podrá destruir a ese sistema. En el mundo actual, los gobiernos y las empresas sostienen un monopolio casi total del poder, cuyo aspecto más importante es el uso de la violencia. A menos que cambiemos las relaciones de poder (y, preferiblemente, destruyamos la infraestructura y la cultura del poder centralizado para hacer imposible la subyugación de la mayoría por una minoría), aquellxs que a menudo se benefician de la ubicuidad de la violencia estructural, quienes controlan los ejércitos, los bancos, las burocracias y las empresas, seguirán detentando el poder. La élite no puede ser persuadida a través de llamadas a su conciencia. Los pocos individuos en el poder que cambien de opinión serán despedidos, sustituidos, retirados, desaparecidos o asesinados.

Una y otra vez, la gente que lucha no por una determinada reforma sino por la completa liberación, por la reivindicación del control sobre nuestras propias vidas y el poder para negociar nuestras propias relaciones con la gente y con el mundo que está a nuestro alrededor, encontrará que la no violencia no funciona, que afrontamos una estructura de poder que se auto-perpetúa, que es inmune a las llamadas de conciencia y que es suficientemente fuerte como para desechar a lxs desobedientes y a lxs que no cooperan. Debemos reivindicar las historias de resistencia para entender porqué hemos fracasado en el pasado y cómo, exactamente, nos planteamos los limitados éxitos que conseguimos. Debemos también aceptar que todas las luchas sociales, excepto aquellas llevadas a cabo por gente completamente pacífica e inefectiva, incluyen una multiplicidad de tácticas. Dándonos cuenta de que la no violencia en realidad nunca ha producido victorias que condujeran a objetivos revolucionarios, se abre la puerta para considerar seriamente otros fallos presentes en la no violencia.

Peter Gelderloos


Un complemento al escrito precedente :

El límite de la opresión del gobierno es la fuerza que el pueblo se muestra capaz de oponerle. Puede haber conflicto abierto o latente, pero conflicto hay siempre, puesto que el gobierno no se detiene ante el descontento y la resistencia popular sino cuando siente el peligro de la insurrección. Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley, o la protesta es débil y platónica, el gobierno se beneficia de ello sin preocuparse por las necesidades populares; cuando la protesta se vuelve enérgica, insistente, amenazadora, el gobierno, según sea más o menos iluminado, cede o reprime. Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobierno no cede el pueblo termina rebelándose, y si el gobierno cede el pueblo adquiere fe en sí mismo y pretende cada vez más, hasta que la incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto violento. Es necesario entonces prepararse moral y materialmente para que al estallar la lucha violenta el pueblo obtenga la victoria. Esta revolución debe ser necesariamente violenta, aunque la violencia sea por sí misma un mal. Debe ser violenta porque sería una locura esperar que los privilegiados reconocieran el daño y la injusticia que implican sus privilegios y se decidieran a renunciar voluntariamente a ellos. Debe ser violenta porque la transitoria violencia revolucionaria es el único medio para poner fin a la mayor y perpetua violencia que mantiene en la esclavitud a la gran masa de los hombres. – (fragmento 5 del capítulo I del libro Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios del compilador Vernon Richards).

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