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¡Abriendo paso al ganado! (por Armand Ferrachi)

“El único motor de nuestra civilización productivista es la destrucción. Destrucción de los hombres, pueblos, entornos naturales, destrucción de esta misma economía que, transportada por su impulso criminal, se autodestruye y no encuentra como sobrevivir a sí misma más que destruyendo por otros lados”. La constatación de Armand Ferrachi es clara: a pesar de las declaraciones de intención, a pesar del esfuerzo de los ecologistas, el planeta está en peligro. Sus enemigos buscan un beneficio inmediato en la contaminación del aire, los suelos y el agua, abatiendo a los arboles y animales. Además encuentran un interés en destruir la realidad para sustituirle una realidad artificial, eventualmente virtual, que controlarían por completo.

¿Quienes son los Enemigos de la Tierra? Los productores que se entregan al saqueo de la naturaleza. Los cazadores, para quienes la muerte del no-humano es un pasatiempo. Los consumidores, listos a malvender su libertad y su responsabilidad por la promesa de un falaz bien-estar. Los ideólogos que justifican la violencia contra lo viviente por medio de los conceptos cómodos de “progreso” y de “humanismo”… Este polémico ensayo permite tomar la amplitud de una agresión generalizada. Bajo la forma de respuestas a las criticas e invita a tomar el relevo del desafío de la libertad y establecer nuevas relaciones entre el planeta y los hombres. La defensa de la naturaleza, ¿No es el medio mas seguro de pensar y garantizar la libertad individual?.” – [Contraportada]

Armand Farrachi, nacido en Paris en 1949, es un novelista y ensayista francés. La destrucción de la naturaleza le ha llevado a escribir novelas (L’adieu au tigre – El adiós al tigre), ensayos críticos (Les Ennemis de la Terre – Los enemigos de la Tierra, Les Poules préfèrent les cages – Los pollos prefieren las jaulas, La Société cancérigène – La sociedad cancerígena, Petit lexique d’optimisme officiel – Pequeño léxico de optimismo oficial…)y artículos ( Le Monde, Le Monde diplomatique, Télérama, Libération, L’Ecologiste…). Sus obras son caracterizadas por la critica social y un profundo pesimismo. Se comprometió con ecologistas de terreno, principalmente por la protección de la fauna salvaje. […]

El siguiente texto es un extracto de la introducción del excelente libro « Les ennemis de la Terre; Réponses sur la violence faite à la nature et à la liberté» (Los Enemigos de la Tierra, Respuestas sobre la violencia infligida a la naturaleza y a la libertad) de Armand Ferrachi, traducido al español para “Le Partage”.


 

¡Abriendo paso al ganado!

 

¡Qué saqueo del jardín de la Belleza! – Rimbaud: Conte

 

Este libro denuncia una empresa totalitaria que apunta a la destrucción de la vida en toda su variedad para reducir a los sobrevivientes a la servidumbre. Bajo esta forma concisa, la hipótesis, debemos reconocerlo, presenta todas las apariencias de un delirio paranoico, a tal punto que lo que podamos encontrarle de lógico y coherente corre el riesgo de ser interpretado como un síntoma suplementario, más que como una prueba. Pero ¿Quién no ve, como Adorno, que “el mundo objetivo se acerca a la imagen que le da el delirio de persecución” y que la actualidad nos acostumbra a una demencia cotidiana? No hace mucho tiempo, un enfermo que hubiese acusado la institución médica de haberle inyectado sangre contaminada intencionalmente para agotar sus existencias habría tenido todas las probabilidades de ser enviado a un psiquiátrico en vez de a un abogado, de la misma forma que el individuo que  hubiese propuesto de alimentar a las vacas con osamentas de borrego se arriesgaba a que se le atribuyera una celda de reclusión en vez de un puesto de responsabilidad en el sector agroalimentario.

La razón económica cambió todo eso, a tal punto de volver ordinaria a la locura. El liberalismo desenfrenado, a menudo señalado como el principal culpable, no es por lo tanto el único encausado. La economía planificada dicha socialista obtuvo los mismos resultados que su rival capitalista, con los mismos medios. El productivismo enajenado que les sirve de denominador común parece caracterizar tan bien las ambiciones de un género humano anexionista y conquistador, “amo y poseedor de la naturaleza”. Aun sin bandera económica,  tan pronto que los hombres pueden librarse sin contención a sus inclinaciones, parecen llevados espontáneamente a destruir todo los que les rodea, incluyendo a sus semejantes, tan bien que los genocidios particulares y las masacres ordinarias, presentados con pintoresquismo como “guerras tribales” o “conflictos étnicos”, se vuelven la expresión artesanal y local de un fenómeno industrial y planetario. Llegamos a preguntarnos si el objetivo no es precisamente el de anexar aquellos lugares donde la vida prospera para convertirlos en estériles, inhospitalarios y expulsar a sus habitantes [ntd: especies humanas y no humanas]. Después de los refugiados políticos y los refugiados económicos y en la espera de los refugiados culturales que nos prepara el alto nivel intelectual y espiritual de las democracias comerciales, ¿no estamos viendo ya a los refugiados ecológicos, expulsados de sus hogares a causa de ordenamientos territoriales devastadores, que van en la búsqueda de un lugar donde se pueda beber y respirar sin arriesgar su salud o sus vidas?

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Desde que son mejor comprendidos los lazos que vuelven solidarios a los vegetales, los animales y los hombres, atacarse a un solo eslabón de la cadena para destruirla completamente se volvió un juego de niños, pero de los menos inocentes. Cuando habrá sido destruido el medio(*) que juntos constituían, veremos que las fronteras no eran impermeables al aumento del óxido de carbono, a la reducción de las precipitaciones, al recalentamiento de los suelos y a las modificaciones climáticas y que todos somos víctimas de la bala que apuntaba a la pantera. Pero el mal tendrá lugar, irremediablemente. Entonces será necesario dar de su tiempo y su libertad para procurarse de que sobrevivir, al precio y las condiciones establecidas por los destructores. La tala de los bosques, la masacre de los animales o la contaminación de los aires y de las aguas ¿Podrían pasar por mucho tiempo como excesos, negligencias o errores, antes de inscribirse en la vasta empresa del control integral de lo vivo que les da todo su sentido? Del “ordenamiento territorial” al “genio genético”, las más recientes evoluciones van en la misma dirección; reducir lo diverso a lo único para controlarlo mejor.

A pesar de su agudo sentido de las jerarquías, los civilizadores, desde que se atacan a lo viviente, ya no parecen proceder por lotes indistintos o indiscriminados. En algunos años, los pioneros del Nuevo Mundo abatieron, desordenadamente, 150 millones de hectáreas de bosques, decenas de millones de búfalos, dos o tres millones de Indígenas y redujeron el resto a la cautividad. Para compensar esto, llevaron consigo dos millones de esclavos e innombrables animales domesticados. Solo se queda aquello que lleva el anillo en la nariz, las cadenas en los pies, el yugo sobre el espinazo. ¡Lugar para el ganado! Empresa ejemplar, nunca igualada pero siempre imitada, que continua, con algunas variantes en el Tíbet, en Indonesia, en Brasil y finalmente de forma rampante, en el planeta entero, el genocidio permaneciendo como el signo más flagrante de una operación de limpieza por el vacío a escala planetaria, igualmente llamado, sin atenuar, una “purificación”, ya que evidentemente la elección del amo determina el único criterio de “pureza” en un mundo infinitamente “impuro” alrededor suyo. El destino de los árboles o de los búfalos anticipaba el de los Indígenas, que anuncia el nuestro. Primeramente despreciar, después excluir y finalmente eliminar. Someter siempre. A falta de algo mejor, la creación de una reserva(*). El mundo libre no concibe más grande generosidad que la reserva, el ghetto, la prisión o el campamento para unos, el zoológico para otros. Gracias a estas zonas de tolerancia, el orden reina sobre una tierra pacificada. Se respira. Separar las victimas de su medio, destruirlo si hace falta, para hacinarlos y vigilarlos mejor, tal es la regla de oro de una civilización que no se estableció en ninguna parte sin antes haber aniquilado al menos el 80% de lo que era libre, abundante y gratuito, y contaminado lo que era limpio. La destrucción de la naturaleza aparece como la forma englobante y superlativa de la destrucción de la sociedad, del individuo, de lo viviente. El prefijo privativo tiene por doquier su lugar: deforestación*, desanimalización, desocialización, deshumanización, desensibilización, desvitalización. Más fuerte que el genocidio, que apunta a eliminar a una etnia de la superficie del globo: el ecocidio, que apunta a destruir todo lo que existe, hasta el globo mismo. Después de la “solución final”, la “solución total”. En la carrera a la nada, hay sin duda medios para ir más rápido, pero no para ir más lejos. Ninguno se salvará. El vencedor, perdido por una solidaridad forzada que lo repugna pero que lo condena, pasará por ahí como los demás.

El hombre, que siempre se ha pensado en esencia divino, no sabe cómo insultar de una mejor manera a sus semejantes, más que comparándolos con bestias, criaturas miserables y estúpidas que no han sabido liberarse, como él, de reglas simples, tan simples que insultan a su genio. Pero es en vano el negar sus orígenes salvajes con gran cantidad de teología, transformar su entorno natural en cámara estéril, refutar su estatus biológico por medio de deformaciones quirúrgicas y genéticas – no escapará mejor de su estado que a su suerte. El hombre pertenece al reino animal, a la categoría de los mamíferos y al orden de los primates. Siente así como los monos, las aves y las moscas la necesidad de alimentarse, respirar y dormir. Un mismo miedo lo impulsa, un mismo deseo lo anima. A pesar de las construcciones de la mente, los progresos técnicos y las imágenes virtuales, no hay medio de salir de eso.

Al igual que las fechas decisivas de la historia humana, aquellas que modifican de forma duradera nuestra concepción del mundo, no únicamente afectan nuestras ideas o nuestra condición, sino antes de todo afectan nuestra relación con la naturaleza. Un cambio radical espiritual o político, como el acontecimiento del cristianismo o la Revolución francesa, un descubrimiento geográfico o científico como los de Colon, de Copérnico o de Darwin, por importantes que sean, no afectan más que nuestra sensibilidad, nuestros juicios o nuestro conocimiento y ciertamente ofrecen a nuestra meditación una sociedad más justa, un mundo más diverso, un cielo más vasto o una historia más larga, pero en un planeta intacto donde se ha comprendido de una vez por todas que la hierba crece, que el agua fluye y que el sol brilla, desde siempre y por siempre. Las tres articulaciones capitales de nuestra historia son las que transforman profundamente la naturaleza de los lazos que nos atan a nuestro territorio: hace 8,000 años, el pasaje a la agricultura y a la ganadería por medio de los cuales el hombre y nadie más que él, escapa a las leyes de su entorno; transcurrieron dos siglos, la industrialización que le da los medios para ejercer en él un control sin medida ni reparto ; y desde hace 50 años, las armas atómicas y la amplitud de las agresiones a los equilibrios naturales, que le permiten de destruirlos y que nos enseñan que el mundo puede terminarse si nosotros lo decidimos así, o tan solo si no hacemos nada para impedirlo. Apropiación, dominación, destrucción: un solo proceso de ruptura en tres etapas. Vemos muy vagamente cual podría ser la cuarta etapa que viene a continuación, o solo una hipótesis de ciencia ficción o un silencio definitivo. A menos que ocurra un cambio radical que todo mundo espera, pero que nada deja prever.

“La palabra Civilización designa el estado de una raza salida de las condiciones puramente naturales y donde el sistema de existencia llamado sociedad, se basa en la creación de lo artificial” ~ Josep Maria Roselló

Extraño estatus el de los animales desnaturalizados, autoproclamados sapiens sapiens: demasiado inteligentes para atenerse a la naturaleza, demasiado pocos para atenerse a la razón. Apenas hemos comenzado a comprender como vivían los “primeros hombres” cuando ya es necesario preocuparnos por saber cómo sobrevivirán los últimos.

Porque ahora sabemos que una reunión de jefes de estado dementes (¿Es tan difícil de imaginar?) tiene el poder de aniquilar todo o parte del mundo. El destino del clima, del rinoceronte o del Antártico no depende más que del resultado de una conferencia en la cumbre. En el peor de los casos, para elegir sobre la desintegración de la luna o el sol, tan solo hace falta encontrar en ello un interés económico y créditos apropiados.

Hasta entonces ninguna conciencia fue confrontada a tal poder. En buena lógica, esta nueva conciencia de la fragilidad de la Tierra debiera llamar a una nueva conciencia de nuestras relaciones con ella, de nuestros deberes para con ella. Lo más asombroso es que haya que luchar para hacer que se escuche esta evidencia, y que pocos sean los efectos. La humanidad [ntd: sociedades industriales] aferrada a envenenar el agua que bebe y el aire que respira se asemeja a un conjunto de comensales que escupen en la sopera común donde después de un momento irán a servirse. Los amos de nuestro planeta continúan a imponerle sus voluntades como si ofreciera recursos inagotables a su poder evidentemente benévolo, gracias al cual mantendrán la frente en alto y el verbo arrogante.

Es verdad que presentan un balance del que pocos conquistadores han podido enorgullecerse. Los Hunos, bajo cuyos cascos la hierba volvió a crecer, los persas, arrasando las ciudades, abatiendo olivos y arrancando los viñedos de sus enemigos vencidos, parecen pequeños pilluelos comparados con los vencedores del auge económico y del bienestar universal. En menos de dos generaciones, la mayor parte de los ríos y mares fueron contaminados, el aire de las ciudades se volvió irrespirable, la capa de ozono(*) esta perforada en ambos polos y disminuida por doquier; cada año, aunque 100 millones de seres humanos se suman a los precedentes, 200,000 km² de bosques son talados, igual cantidad de tierras cultivables se agotan y especies animales desaparecen cada hora, las que escaparon de la domesticación se encuentran amenazadas  o en vías de extinción; los mantos freáticos bajan, los océanos suben, el desierto avanza, la radioactividad aumenta, los espacios naturales disminuyen, las mareas son negras, los lodos son rojos, las lluvias son acidas, las vacas son locas, los desechos nos asfixian, los suelos nos contaminan y 75% de los fallecimientos son atribuidos a la degradación de aquello que el hombre modestamente llama su “medio-ambiente(*)” (Enfermedades o accidentes debidos al medio ambiente y al estilo de vida – agua y aire contaminados, higiene, circulación… – OMS). Sin embargo, esta lista demasiado larga, no es más que una visión general de una política de “valorización” del territorio que cumple a la vista de todos, sus objetivos suicidas. Jugando el juego de “quien pierde gana”, para compensar sin duda la abundancia y la casi gratuidad de calculadoras electrónicas y teléfonos móviles, el silencio y el espacio se han convertido en un lujo. El viaje espacial se vuelve rutinario, pero, para la mayoría de los humanos exponerse a los rayos solares es hoy una locura, respirar es un riesgo y alimentarse una hazaña. El planeta fue puesto en subasta. Aquí está ya la temporada de las rebajas, de la liquidación total: Todo debe desaparecer. Todo lo que vive desde entonces se encuentra amenazado, inclusive el ganado.

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A medida que los equilibrios esenciales a la supervivencia de todos son quebrantados, el discurso dominante continua ilusionando y arrullando a las poblaciones ansiosas o perplejas con el mito de un progreso ininterrumpido, de un crecimiento ilimitado, de un desarrollo eterno, ultimo avatar de la panacea universal, de la cuadratura del círculo o de la piedra filosofal. A lo que debemos agregar la fantasmagoría de la creación de empleos, que renueva con felicidad el encantamiento adivinatorio. Esas salmodias, se debe reconocer, terminan por hartar. Los desgraciados que tendrán la curiosidad de calcular las diversas progresiones de los próximos 50 años bajo el modelo de los últimos 50, a fin de cuentas tendrán que esperarse de encontrar, por todo paraíso, no más que un mundo estéril y devastado, probablemente desierto. Tantos cálculos no son además necesarios cuando cada día todo nos confirma que la rivalidad de los egoísmos en la búsqueda de ganancias solo conduce al menosprecio del hombre y de lo viviente, a una denominación absurda de la naturaleza, al trabajo que aliena o que excluye, a la economía que agota, a la cultura que embrutece. No importa: el progreso no se para y la ciencia está en marcha.

Mientras más se encienden las señales de alarma, más acelera el piloto, suponiendo que todavía esté alguien al mando. ¿Cómo no preocuparse? ¿Los espíritus positivos, que gustan de denunciar a los que resisten como si estos fueran los profetas de la catástrofe; disponen de un futuro tan radiante para hacerles oposición? Además de los cálculos del interés individual a corto plazo y el silencio de los que se refugian bajo la indiferencia, la providencia o la fatalidad, solo escuchamos 3 tipos de argumentos.

El primero se funda en la confianza: el capitalismo entenderá que es necesario respetar la naturaleza. Ha dado muestra que poseía los medios para integrar y resolver sus contradicciones y tarde o temprano terminará por mitigar su forma salvaje para comprometerse en el camino hacia el “desarrollo sustentable” (*). Los daños de la industria solo son el resultado de técnicas aún imperfectas, cuyo mejoramiento pronto asegurará una producción limpia y una explotación racional de los recursos.

Este argumento sería el más admisible si el tiempo no fuera en su contra. Tan aguerrida es la competencia entre los grupos industriales aferrados a sus beneficios y tan poderosa la presión de los lobbies defensores de sus ganancias y nada más que sus ganancias, que reunirlos en torno a una mesa para un proyecto en común más o menos restrictivo se asemeja a la utopía. Aun cuando la gravedad de la situación consigue imponer conferencias internacionales (*) – ¡después de cuanto esfuerzo y confusión! – los resultados obtenidos son pocos. Las cumbres, que desde la conferencia de Montreal en 1987 intentan limitar las emisiones de CFC (*) o gas de efecto invernadero no cesan de estudiar sus ambiciones a la baja. En la cumbre de Rio, en 1992, los Estado Unidos, que contaminan casi tanto como los demás países juntos, no se comprometieron más que en la estabilización de las suyas. En realidad las aumentaron en un 13% y los demás países no lo hicieron mejor. La conferencia de Kioto en 1997, tuvo que contentarse de una reducción de 6% en el 2010, objetivo que sin duda no será alcanzado y aun si lo hubiese sido, constituiría una mejora tan modesta que puede considerarse como insignificante.

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Tal ejemplo concierne solamente a un problema. La conferencia internacional que había prohibido el comercio de marfil para salvar a los elefantes de la extinción, lo ha de nuevo autorizado en 1997, cuando todavía las poblaciones de elefantes no se habían reconstituido. A pesar de las limitaciones de flotas pesqueras que pretendían preservar los recursos marinos, la baja en los precios del pescado y la “modernización” de las técnicas condujeron a los barcos pesqueros a compensar sus malas rentas por campañas más largas e intensas que continúan agravando el fenómeno “combatido”. Que un árbol o animal amenazado sea protegido, he ahí algo raro, y por lo mismo más precioso, más expuesto a la caza furtiva o al tráfico. Y el petróleo así como los minerales, ¿realmente son inagotables? Y los pescados, ¿Nacerán por generación espontánea cuando las redes de deriva* habrán capturado hasta el último alevín? Y las hectáreas de bosque que desaparecen minuto a minuto ¿Habrán vuelto a crecer mañana sobre una tierra vitrificada? Ciento cincuenta años le toma a un árbol crecer, cinco minutos para talarlo. Cuatro mil millones de años para crear la vida, dos siglos para destruirla. Con tal diferencia entre los ritmos humanos y los ciclos naturales, el liberalismo tendrá dificultad en convencernos de su buena voluntad. Hasta ahora, sobretodo, y no pudiendo usar la ignorancia como excusa,  ha mostrado una obstinación que contribuye más bien a la ceguera o al fanatismo.

“Creo que provocar la desaparición de 200 especies por día es extremismo...Creo que vivir en una economía que se basa en el crecimiento infinito cuando el planeta en el que vivimos es finito, es extremismo. Creo que destruir el 98% de los bosques ancestrales, el 99% de las zonas húmedas nativas, 99% de las praderas, es extremismo. Creo que continuar a destruirlos es extremismo…Creo que asesinar el planeta entero es extremismo…Creo que creer que el mundo ha sido concebido para usted es extremismo. Creo que hacer algo como si usted fuera la única especie del planeta es extremismo…Creo que hay efectivamente extremistas medioambientales en éste planeta, y creo que se llaman capitalistas. Creo que se les llama “miembros de la cultura dominante”.” ~Un llamado a los Fanáticos (Derrick Jensen)

El segundo argumento de los optimistas concierne la ciencia ficción. La Tierra es nuestro plasma. Solamente nacimos en ella para escaparnos después y nuestra verdadera residencia es el universo cuyos límites son infinitos y del que apenas hemos empezado a explorar sus inmediaciones. El globo a su vez no sería más que un objeto “desechable”, como una navaja de afeitar o un encendedor. Adiós Tierra.

No nos entretengamos más tiempo en este planeta. Los más hospitalarios de los planetas con los que se ha hecho contacto anuncian intrépidamente 480°C en sus suelos, temperatura de fusión del plomo, y están expuestos a presiones atmosféricas aplastantes o a lluvias corrosivas. Ciertamente podemos esperar que la verdadera condición del hombre es de vivir bajo una urna, respirar a través de filtros y máscaras, llenarse de amoniaco hirviente, pero sería razonable de no contar tanto con ello.  Y años luz nos separan de los sistemas planetarios más cercanos. Sería ir en la búsqueda de lejanos e improbables paraísos sintéticos cuando sería tan simple preservar este que tenemos bajo nuestros pies.

no estamos solos

El tercer argumento moderador, aunque todavía muy raramente expuesto para poder discutirlo al condicional, no haría más que radicalizar la situación actual. Los restos de naturaleza salvaje que lograron subsistir en nosotros hasta hoy, no serían más que vestigios de la prehistoria que han escapado al progreso. Para arreglar los desequilibrios de los entornos naturales, bastaría destruir tales vestigios, más o menos como se absorbe el desempleo, eliminando a los desempleados. En un planeta entero hecho para el hombre, el único ecosistema(*) útil se limitaría por lo tanto a un inmenso campo de cereales esparcido de zonas urbanas y de parques ganaderos. Por más delirante que parezca, esta perspectiva fue contemplada y emprendida: Rumania, donde el poder la juzgaba “radiante y grandiosa”, en China, donde Mao-tsé-Toung había ordenado la destrucción total de las aves, y encontramos esto muy a menudo a escala local en el terreno, o al estado embrionario en las ideas, para no desatender el asunto.

No contenta con multiplicar las especies de todo tipo con una variedad y una invención tan difíciles de concebir, que todavía suscitan diariamente la estupefacción y la admiración, la naturaleza además ha erigido entre ellas barreras genéticas que mantienen los equilibrios, limitan las vulnerabilidades, reparan los estragos y garantizan la solidaridad de cada una con todas, en una relación a veces cruel pero siempre armoniosa y en una perfección inigualable. El mosaico de cemento depositado sobre un terreno sin límites, sin amapolas, sin “especies perjudiciales”* y sin aves, es a lo que se reduciría una Tierra completamente humanizada, el triste paisaje de la soledad de una sola especie, no es más que un cementerio en prorroga.

Sin esa red infinita de intercambios e interacciones donde prolifera y se perpetua la vida y que llamamos biodiversidad(*), ¿Cómo podría haber un terreno favorable o siquiera posible para el hombre? Toda la química de los laboratorios no lograría estimular por mucho tiempo a las fuerzas de ese territorio asolado que nos anticipan las grandes planicies cerealistas. En la escala geológica, la planicie es la guía del desierto. Una chispa, un hongo, un puñado de larvas sobrevivientes pueden devastarla, un capricho del clima puede pudrirla o quemarla. A la menor vicisitud, los profetas de la abundancia no tendrían más que ofrecer que no sean el hambre y la arena.

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Pero, se dirá, que el mundo cambia, “evoluciona”. No conocimos los dinosaurios por lo tanto bien podríamos vivir sin ballenas. Y además, ¿para qué sirve un oso? Sin duda. También podríamos vivir sin Mozart. Y ¿para qué sirve La Gioconda? ¿Cómo imaginarse a una humanidad que no conozca las flores? ¿Es que acaso se trata de subsistir, bien que mal por medio de un mínimo vital o se trata de realizarse en plenitud en la biodiversidad? Lo múltiple es la condición de la vida y hoy sabemos que en la compleja red de las interdependencias naturales, se pierde un solo ser y todo se trastorna. El mundo esterilizado que sueñan los aceleradores de la productividad, de la estabulación completa, de la ciudad dormitorio o de la crianza industrial, ese país de la leche y la miel que condena la vida, los vivos no lo quieren. No está hecho para ellos. Y sin embargo está en marcha y avanza a pasos agigantados.

Ineluctable o no, en todo caso hay que apostar si no lo es, con o sin razón. Sin razón si los hechos continúan confirmando las señales, pero con razón aun si es verdad que la resistencia a lo inexorable queda como el último recurso de la conciencia. Escribía Sénancour “… si es la nada lo que nos está reservada, no hagamos que sea esto justicia …”. Y lo peor no siempre es seguro. En los casos de emergencia histórica ya se han visto revoluciones que reorientan sistemas al cabo de algunos meses y que parecían definitivamente fijos, y por esta razón, bloqueados. Ciertamente, hoy ningún modelo económico y político propone una alternativa(*) global al saqueo planetario, pero la ecología(*) (palabra de la que todavía no sabemos si designa una ciencia, una filosofía, una política, una sensibilidad, una actitud o hasta una moda), la ecología, en el sentido amplio de termino, ya es una corriente de pensamiento que ha sobrepasado las discrepancias tradicionales, que persigue el advenimiento de un nuevo equilibrio universal, edificado sobre otras relaciones con la naturaleza, con los hombres, el trabajo o el Tercer Mundo(*), no con la mundialización de lo único, sino sobre la internacionalización de lo múltiple, de lo diverso y lo variado, o sea, la vida. Es en todo caso el único que se funda en una sensibilidad que no excluye a nada ni a nadie, ni siquiera a las piedras, lo único que no tiene sangre en las manos. Se dirá que la inocencia no comprueba la verdad y que existen también imbéciles felices. Es verdad, pero en contraste, la ecología señala por lo menos el error o la mentira y permite denunciarlos, lo que es ya un comienzo. El humanismo del siglo XVI y las Luces del siglo XVIII no comenzaron de otra forma la transformación de nuestra relación con el mundo.

La suerte de todas la ideas nuevas es la de colisionar con las costumbres y los conformismos, es así como se les puede reconocer. Ya que el sistema no se levanta jamás, más que cuando se defiende contra los que lo atacan, la respuesta a las críticas o a los insultos casi tienen lugar de teoría, y a buen precio. Como Dante fustigaba con antelación a sus condenados designándolos con los nombres grandiosos de “concusionarios, prevaricadores o simoniacos”, los guardianes del pensamiento único no pasaron por alto el excomunar a los herejes por apostrofes con valor de anatemas: catastrofistas, milenaristas, integristas, utopistas, anti-humanistas, idolatras, zoófilos… Ese santo oficio está constituido en primer lugar por aquellos que encuentran en él un beneficio o su placer por la destrucción : promotores, los cementeros (constructores de hormigón), ordenadores del territorio, cazadores, petroleros, “responsables” autodesignados, que no se tardaron nada en llamar a los habladores en su auxilio: políticos, ideólogos, sabios, expertos, hasta aquellos ciudadanos convencidos de que el salvación de la humanidad pasa por la salud de esas paradójicas sociedades de la caridad cuyas acciones y valores encuentran sobretodo su lugar en los mercados bursátiles.

El vandalismo y la codicia suscitando a pocos teóricos y nadie osándose a tomar como blanco la necesidad unánimemente admitida de preservar la naturaleza, no queda más que invocar el bienestar general y el interés público, cuyo cuidado cumplen lo mejor posible los enemigos de la Tierra. Mientras más las condiciones de producción serán el resultado de tensiones y coacciones, más el sistema será cuestionado y más energéticos serán los ataques. Es por eso que a pesar de todo, debemos regocijarnos por tener que responder. […]

Sin la educación que habrá revelado a cada uno la gravedad de la cuestión, la reglamentación más iluminada no será jamás aplicada sobre las heridas del mundo si no es con la soberana eficacia de un bisturí sobre una pata de palo. La violencia infligida a la naturaleza no es ni una prerrogativa de monarcas, ni un asunto de rurales que riñen en torno a una charca o una valla. Esta concierne el avenir del planeta y a cada uno de nosotros, desde su concepción del mundo, su libertad y su ética, hasta los detalles de su vida material. No hay debate más grave ni más urgente que este, y los problemas más importantes, políticos, sociales, económicos o filosóficos de los que menos faltamos, parecerán todos secundarios cuando la cuestión se planteará concretamente para saber si se trata todavía de vivir, de sobrevivir o de desaparecer. Ya ni siquiera estamos en riesgo o a la predicción. El calentamiento del planeta comenzó, miles de especies ya han desaparecido para siempre, los rayos solares nunca volverán a ser para nosotros lo que eran, el agua dulce ya falta y naciones en conflicto se disputan actualmente grandes y pequeños caudales de agua.

Las verdaderas respuestas a los enemigos de la Tierra así como a los que la defienden no pueden, por otra parte, atenerse a las palabras que no serán seguidas por actos, y actos que no dieran resultados. Ya no es suficiente apaciguar o tergiversar, asegurado a unos, que sus preocupaciones han sido comprendidas, y a otros, que se defenderán sus intereses. Cada uno protesta por su buena voluntad, en los hechos, la situación continua degradándose y en todos los dominios. Las declaraciones públicas de intención y los buenos consejos al prójimo no tendrán credibilidad más que cuando cada quien habrá barrido frente a su puerta. El mundo, por desgracia, no será forzosamente salvado, pero de no ser así, sus amos solo imitarán al murciélago de La Fontaine [Ndt: El murciélago y las dos comadrejas: « Soy pájaro, ve mis alas / Viva la gente de los aires » (…) « ¿Qué hace a un pájaro? El plumaje. / Soy ratón: ¡Vivan los ratones! / Júpiter aniquile a los gatos! » / Así respondiendo hábilmente / salvó dos veces su vida.], que se proclamaba pájaro o ratón dependiendo el interlocutor que tenía frente a él: amo a la naturaleza, escúchame hablar; pero la destruyo, mírame actuar.

Glosario critico (*)

  • Entorno: Conjunto presentando condiciones de vida particulares: un estuario, turbera, banquisa… Puede coincidir con un biotopo (Región de caracteres climáticos y geográficos definidos que es ocupada por una comunidad de especies animales y vegetales) o un ecosistema.
  • Reserva: Zona protegida en razón de su interes ecológico y donde las actividades humanas son, en principio, reglamentadas. En una “reserva integral” o “natural” o aun “biológica”, toda actividad humana es prohibida, incluyendo la colecta…Existen también reservas de animales, de caza, y … de Indígenas.
  • Ozono: En el suelo, el aire contiene una cantidad de ozono (O3) inferior a 0.01 partes por millón (ppm). Mas allá de los 0.3 ppm el ozono es nocivo. A 29 km de altitud, el ozono se forma a partir del oxigeno bajo la acción de la radiación solar en una capa que protege a la Tierra de los rayos ultravioleta. Los UV-B estropean el colágeno y provocan cánceres de la piel.
  • Medioambiente: Del inglés “environment” que significa “medio”, este termino es cuestionado por numerosos ecologistas por su connotación antropocéntrica. Fue utilizado en esta obra por convención y comodidad. El “environmentalism” o “medioambientalismo”, designa por otro lado, la corriente “reformista” del “ecologismo”, en oposición a la “deep ecology” (ecología profunda), la ecología “profunda” proveniente de Estados Unidos, la mas radical, la más atacada.
  • Desarrollo sustentable: Termino creado en 1980 del inglés “sustainable development” para designar una forma de desarrollo económico respetuoso del medio ambiente, de la renovación de recursos y de su explotación racional, de forma que preserve indefinidamente las materias primas y no agotarlas ni destruirlas. Sin embargo podemos preguntarnos si la palabra “desarrollo” no es una concesión del léxico hecha para la economía expansionista, y que el adjetivo “sustentable” no sea contradictorio. “Sustainable” significa “sostenible-sustentable”.
  • CFC: clorofluorocarbonos, substancias volátiles producto de la química de síntesis, que atacan la capa de ozono estratosferica. Sirven de agente inflador (espumas plásticas, fluidos frigorífigenos…)y recientemente todavía fueron  utilizados como propulsores en los aerosoles.
  • Ecosistema: Conjunto de poblaciones de organismos vivos presentes en un entorno y asociados en su medio ambiente abiótico (agua, luz, temperatura, etc.). Un simple charco forma un ecosistema.
  • Biodiversidad: El numero y la diversidad de especies vivas de la Tierra, animales o vegetales. Reducir el numero de plantas y de animales, salvajes o domésticos, es reducir la biodiversidad. En un siglo, desaparecieron mas de 100 especies de mamíferos y 150 especies de aves. Esta cifra es mucho mas elevada en los insectos y plantas. La diversidad de las culturas humanas también esta reduciendo. En la naturaleza, todo lo que lucha contra la diversidad lucha contra la vida.
  • Alternativa: Punto de vista y proposición opuesta a un pensamiento dominante. Una economía alternativa es otra economía, diferente de la economía en vigor.
  • Ecología:  La ecología, termino creado en 1865 por el zoólogo Reiter, estudia las relaciones entre los seres vivos y su medioambiente. Por analogía, a menudo la misma palabra sirve para designar la corriente de pensamiento también llamado “ecologismo”, para distinguirlo de la ciencia. Los principales adjetivos asociados a la palabra “ecología” (“fundamentalista”, “reformista”, “profunda”, “democrática” etc.) provienen mas bien de la polémica. La emergencia del ecologismo como movimiento puede ser datado en los años 70, época en la que se multiplican las asociaciones y las publicaciones, los ministerios del medio-ambiente, la importancia de las “consideraciones ecologistas”, en la reglamentación.
  • Tercer mundo: Los países no alineados, o sea no pertenecientes a los países desarrollados ni a los del antiguo bloc de países socialistas, forman o formaban el Tercer Mundo, por analogía con el Tercer-Estado. En efecto, se trata de países pobres, también llamados, “subdesarrollados”, “en vías de desarrollo” o “emergentes”. En el dominio del medioambiente (como en el del dominio nuclear), los países del Tercer Mundo sospechan de los países desarrollados de querer prohibir a los pobres lo que ha permitido a los poderosos el poder devenirlo, y sin mostrar el ejemplo. El argumento pesa y muestra que para evitar un colonialismo ecológico, la solución global pasa por la cooperación verdadera fundada en relaciones nuevas.

Armand ferrachi


Traducción-Edición: Santiago Perales .

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