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¡Abriendo paso al ganado! (por Armand Ferrachi)
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“El único motor de nues­tra civi­li­za­ción produc­ti­vista es la destruc­ción. Destruc­ción de los hombres, pueblos, entor­nos natu­rales, destruc­ción de esta misma economía que, trans­por­tada por su impulso crimi­nal, se auto­des­truye y no encuen­tra como sobre­vi­vir a sí misma más que destruyendo por otros lados”. La consta­ta­ción de Armand Ferra­chi es clara: a pesar de las decla­ra­ciones de inten­ción, a pesar del esfuerzo de los ecolo­gis­tas, el planeta está en peli­gro. Sus enemi­gos buscan un bene­fi­cio inme­diato en la conta­mi­na­ción del aire, los suelos y el agua, abatiendo a los arboles y animales. Además encuen­tran un interés en destruir la reali­dad para susti­tuirle una reali­dad arti­fi­cial, even­tual­mente virtual, que contro­larían por completo.

¿Quienes son los Enemi­gos de la Tierra? Los produc­tores que se entre­gan al saqueo de la natu­ra­leza. Los caza­dores, para quienes la muerte del no-humano es un pasa­tiempo. Los consu­mi­dores, listos a malven­der su liber­tad y su respon­sa­bi­li­dad por la promesa de un falaz bien-estar. Los ideó­lo­gos que justi­fi­can la violen­cia contra lo viviente por medio de los concep­tos cómo­dos de “progreso” y de “huma­nismo”… Este polé­mico ensayo permite tomar la ampli­tud de una agre­sión gene­ra­li­zada. Bajo la forma de respues­tas a las criti­cas e invita a tomar el relevo del desafío de la liber­tad y esta­ble­cer nuevas rela­ciones entre el planeta y los hombres. La defensa de la natu­ra­leza, ¿No es el medio mas seguro de pensar y garan­ti­zar la liber­tad indi­vi­dual?.” – [Contra­por­tada]

Armand Farra­chi, nacido en Paris en 1949, es un nove­lista y ensayista fran­cés. La destruc­ción de la natu­ra­leza le ha llevado a escri­bir nove­las (L’adieu au tigre – El adiós al tigre), ensayos críti­cos (Les Enne­mis de la Terre – Los enemi­gos de la Tierra, Les Poules préfèrent les cages – Los pollos prefie­ren las jaulas, La Société cancé­ri­gène – La socie­dad cancerí­gena, Petit lexique d’op­ti­misme offi­ciel – Pequeño léxico de opti­mismo oficial…)y artí­cu­los ( Le Monde, Le Monde diplo­ma­tique, Télé­rama, Libé­ra­tion, L’Eco­lo­gis­te…). Sus obras son carac­te­ri­za­das por la critica social y un profundo pesi­mismo. Se compro­me­tió con ecolo­gis­tas de terreno, prin­ci­pal­mente por la protec­ción de la fauna salvaje. […]

El siguiente texto es un extracto de la intro­duc­ción del exce­lente libro « Les enne­mis de la Terre; Réponses sur la violence faite à la nature et à la liberté » (Los Enemi­gos de la Tierra, Respues­tas sobre la violen­cia infli­gida a la natu­ra­leza y a la liber­tad) de Armand Ferra­chi, tradu­cido al español para “Le Partage”.


 

¡Abriendo paso al ganado!

 

¡Qué saqueo del jardín de la Belleza! – Rimbaud: Conte

 

Este libro denun­cia una empresa tota­li­ta­ria que apunta a la destruc­ción de la vida en toda su varie­dad para redu­cir a los sobre­vi­vientes a la servi­dumbre. Bajo esta forma concisa, la hipó­te­sis, debe­mos reco­no­cerlo, presenta todas las aparien­cias de un deli­rio para­noico, a tal punto que lo que poda­mos encon­trarle de lógico y cohe­rente corre el riesgo de ser inter­pre­tado como un síntoma suple­men­ta­rio, más que como una prueba. Pero ¿Quién no ve, como Adorno, que “el mundo obje­tivo se acerca a la imagen que le da el deli­rio de perse­cu­ción” y que la actua­li­dad nos acos­tum­bra a una demen­cia coti­diana? No hace mucho tiempo, un enfermo que hubiese acusado la insti­tu­ción médica de haberle inyec­tado sangre conta­mi­nada inten­cio­nal­mente para agotar sus exis­ten­cias habría tenido todas las proba­bi­li­dades de ser enviado a un psiquiá­trico en vez de a un abogado, de la misma forma que el indi­vi­duo que  hubiese propuesto de alimen­tar a las vacas con osamen­tas de borrego se arries­gaba a que se le atri­buyera una celda de reclu­sión en vez de un puesto de respon­sa­bi­li­dad en el sector agroa­li­men­ta­rio.

La razón econó­mica cambió todo eso, a tal punto de volver ordi­na­ria a la locura. El libe­ra­lismo desen­fre­nado, a menudo seña­lado como el prin­ci­pal culpable, no es por lo tanto el único encau­sado. La economía plani­fi­cada dicha socia­lista obtuvo los mismos resul­ta­dos que su rival capi­ta­lista, con los mismos medios. El produc­ti­vismo enaje­nado que les sirve de deno­mi­na­dor común parece carac­te­ri­zar tan bien las ambi­ciones de un género humano anexio­nista y conquis­ta­dor, “amo y posee­dor de la natu­ra­leza”. Aun sin bandera econó­mica,  tan pronto que los hombres pueden librarse sin conten­ción a sus incli­na­ciones, pare­cen lleva­dos espontá­nea­mente a destruir todo los que les rodea, incluyendo a sus semejantes, tan bien que los geno­ci­dios parti­cu­lares y las masacres ordi­na­rias, presen­ta­dos con pinto­resquismo como “guer­ras tribales” o “conflic­tos étni­cos”, se vuel­ven la expre­sión arte­sa­nal y local de un fenó­meno indus­trial y plane­ta­rio. Llega­mos a pregun­tar­nos si el obje­tivo no es preci­sa­mente el de anexar aquel­los lugares donde la vida pros­pera para conver­tir­los en esté­riles, inhos­pi­ta­la­rios y expul­sar a sus habi­tantes [ntd: espe­cies huma­nas y no huma­nas]. Después de los refu­gia­dos polí­ti­cos y los refu­gia­dos econó­mi­cos y en la espera de los refu­gia­dos cultu­rales que nos prepara el alto nivel inte­lec­tual y espi­ri­tual de las demo­cra­cias comer­ciales, ¿no esta­mos viendo ya a los refu­gia­dos ecoló­gi­cos, expul­sa­dos de sus hogares a causa de orde­na­mien­tos terri­to­riales devas­ta­dores, que van en la búsqueda de un lugar donde se pueda beber y respi­rar sin arries­gar su salud o sus vidas?

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Desde que son mejor compren­di­dos los lazos que vuel­ven soli­da­rios a los vege­tales, los animales y los hombres, atacarse a un solo eslabón de la cadena para destruirla comple­ta­mente se volvió un juego de niños, pero de los menos inocentes. Cuando habrá sido destruido el medio(*) que juntos consti­tuían, vere­mos que las fron­te­ras no eran imper­meables al aumento del óxido de carbono, a la reduc­ción de las preci­pi­ta­ciones, al reca­len­ta­miento de los suelos y a las modi­fi­ca­ciones climá­ti­cas y que todos somos vícti­mas de la bala que apun­taba a la pantera. Pero el mal tendrá lugar, irre­me­dia­ble­mente. Entonces será nece­sa­rio dar de su tiempo y su liber­tad para procu­rarse de que sobre­vi­vir, al precio y las condi­ciones esta­ble­ci­das por los destruc­tores. La tala de los bosques, la masacre de los animales o la conta­mi­na­ción de los aires y de las aguas ¿Podrían pasar por mucho tiempo como exce­sos, negli­gen­cias o errores, antes de inscri­birse en la vasta empresa del control inte­gral de lo vivo que les da todo su sentido? Del “orde­na­miento terri­to­rial” al “genio gené­tico”, las más recientes evolu­ciones van en la misma direc­ción; redu­cir lo diverso a lo único para contro­larlo mejor.

A pesar de su agudo sentido de las jerarquías, los civi­li­za­dores, desde que se atacan a lo viviente, ya no pare­cen proce­der por lotes indis­tin­tos o indis­cri­mi­na­dos. En algu­nos años, los pione­ros del Nuevo Mundo abatie­ron, desor­de­na­da­mente, 150 millones de hectá­reas de bosques, dece­nas de millones de búfa­los, dos o tres millones de Indí­ge­nas y reduje­ron el resto a la cauti­vi­dad. Para compen­sar esto, lleva­ron consigo dos millones de escla­vos e innom­brables animales domes­ti­ca­dos. Solo se queda aquello que lleva el anillo en la nariz, las cade­nas en los pies, el yugo sobre el espi­nazo. ¡Lugar para el ganado! Empresa ejem­plar, nunca igua­lada pero siempre imitada, que conti­nua, con algu­nas variantes en el Tíbet, en Indo­ne­sia, en Brasil y final­mente de forma rampante, en el planeta entero, el geno­ci­dio perma­ne­ciendo como el signo más flagrante de una opera­ción de limpieza por el vacío a escala plane­ta­ria, igual­mente llamado, sin atenuar, una “puri­fi­ca­ción”, ya que eviden­te­mente la elec­ción del amo deter­mina el único crite­rio de “pureza” en un mundo infi­ni­ta­mente “impuro” alre­de­dor suyo. El destino de los árboles o de los búfa­los anti­ci­paba el de los Indí­ge­nas, que anun­cia el nues­tro. Prime­ra­mente despre­ciar, después excluir y final­mente elimi­nar. Some­ter siempre. A falta de algo mejor, la crea­ción de una reserva(*). El mundo libre no concibe más grande gene­ro­si­dad que la reserva, el ghetto, la prisión o el campa­mento para unos, el zooló­gico para otros. Gracias a estas zonas de tole­ran­cia, el orden reina sobre una tierra paci­fi­cada. Se respira. Sepa­rar las victi­mas de su medio, destruirlo si hace falta, para haci­nar­los y vigi­lar­los mejor, tal es la regla de oro de una civi­li­za­ción que no se esta­ble­ció en ninguna parte sin antes haber aniqui­lado al menos el 80% de lo que era libre, abun­dante y gratuito, y conta­mi­nado lo que era limpio. La destruc­ción de la natu­ra­leza aparece como la forma englo­bante y super­la­tiva de la destruc­ción de la socie­dad, del indi­vi­duo, de lo viviente. El prefijo priva­tivo tiene por doquier su lugar: defo­res­ta­ción*, desa­ni­ma­li­za­ción, deso­cia­li­za­ción, deshu­ma­ni­za­ción, desen­si­bi­li­za­ción, desvi­ta­li­za­ción. Más fuerte que el geno­ci­dio, que apunta a elimi­nar a una etnia de la super­fi­cie del globo: el ecoci­dio, que apunta a destruir todo lo que existe, hasta el globo mismo. Después de la “solu­ción final”, la “solu­ción total”. En la carrera a la nada, hay sin duda medios para ir más rápido, pero no para ir más lejos. Ninguno se salvará. El vence­dor, perdido por una soli­da­ri­dad forzada que lo repu­gna pero que lo condena, pasará por ahí como los demás.

El hombre, que siempre se ha pensado en esen­cia divino, no sabe cómo insul­tar de una mejor manera a sus semejantes, más que comparán­do­los con bestias, cria­tu­ras mise­rables y estú­pi­das que no han sabido libe­rarse, como él, de reglas simples, tan simples que insul­tan a su genio. Pero es en vano el negar sus orígenes salvajes con gran canti­dad de teología, trans­for­mar su entorno natu­ral en cámara esté­ril, refu­tar su esta­tus bioló­gico por medio de defor­ma­ciones quirúr­gi­cas y gené­ti­cas – no esca­pará mejor de su estado que a su suerte. El hombre perte­nece al reino animal, a la cate­goría de los mamí­fe­ros y al orden de los primates. Siente así como los monos, las aves y las moscas la nece­si­dad de alimen­tarse, respi­rar y dormir. Un mismo miedo lo impulsa, un mismo deseo lo anima. A pesar de las construc­ciones de la mente, los progre­sos técni­cos y las imágenes virtuales, no hay medio de salir de eso.

Al igual que las fechas deci­si­vas de la histo­ria humana, aquel­las que modi­fi­can de forma dura­dera nues­tra concep­ción del mundo, no única­mente afec­tan nues­tras ideas o nues­tra condi­ción, sino antes de todo afec­tan nues­tra rela­ción con la natu­ra­leza. Un cambio radi­cal espi­ri­tual o polí­tico, como el acon­te­ci­miento del cris­tia­nismo o la Revo­lu­ción fran­cesa, un descu­bri­miento geográ­fico o cientí­fico como los de Colon, de Copér­nico o de Darwin, por impor­tantes que sean, no afec­tan más que nues­tra sensi­bi­li­dad, nues­tros juicios o nues­tro cono­ci­miento y cier­ta­mente ofre­cen a nues­tra medi­ta­ción una socie­dad más justa, un mundo más diverso, un cielo más vasto o una histo­ria más larga, pero en un planeta intacto donde se ha compren­dido de una vez por todas que la hierba crece, que el agua fluye y que el sol brilla, desde siempre y por siempre. Las tres arti­cu­la­ciones capi­tales de nues­tra histo­ria son las que trans­for­man profun­da­mente la natu­ra­leza de los lazos que nos atan a nues­tro terri­to­rio: hace 8,000 años, el pasaje a la agri­cul­tura y a la gana­dería por medio de los cuales el hombre y nadie más que él, escapa a las leyes de su entorno; trans­cur­rie­ron dos siglos, la indus­tria­li­za­ción que le da los medios para ejer­cer en él un control sin medida ni reparto ; y desde hace 50 años, las armas atómi­cas y la ampli­tud de las agre­siones a los equi­li­brios natu­rales, que le permi­ten de destruir­los y que nos enseñan que el mundo puede termi­narse si noso­tros lo deci­di­mos así, o tan solo si no hace­mos nada para impe­dirlo. Apro­pia­ción, domi­na­ción, destruc­ción: un solo proceso de ruptura en tres etapas. Vemos muy vaga­mente cual podría ser la cuarta etapa que viene a conti­nua­ción, o solo una hipó­te­sis de cien­cia ficción o un silen­cio defi­ni­tivo. A menos que ocurra un cambio radi­cal que todo mundo espera, pero que nada deja prever.

“La pala­bra Civi­li­za­ción desi­gna el estado de una raza salida de las condi­ciones pura­mente natu­rales y donde el sistema de exis­ten­cia llamado socie­dad, se basa en la crea­ción de lo arti­fi­cial” ~ Josep Maria Roselló

Extraño esta­tus el de los animales desna­tu­ra­li­za­dos, auto­pro­cla­ma­dos sapiens sapiens: dema­siado inte­li­gentes para atenerse a la natu­ra­leza, dema­siado pocos para atenerse a la razón. Apenas hemos comen­zado a compren­der como vivían los “prime­ros hombres” cuando ya es nece­sa­rio preo­cu­par­nos por saber cómo sobre­vi­virán los últi­mos.

Porque ahora sabe­mos que una reunión de jefes de estado dementes (¿Es tan difí­cil de imagi­nar?) tiene el poder de aniqui­lar todo o parte del mundo. El destino del clima, del rino­ce­ronte o del Antár­tico no depende más que del resul­tado de una confe­ren­cia en la cumbre. En el peor de los casos, para elegir sobre la desin­te­gra­ción de la luna o el sol, tan solo hace falta encon­trar en ello un interés econó­mico y crédi­tos apro­pia­dos.

Hasta entonces ninguna concien­cia fue confron­tada a tal poder. En buena lógica, esta nueva concien­cia de la fragi­li­dad de la Tierra debiera llamar a una nueva concien­cia de nues­tras rela­ciones con ella, de nues­tros deberes para con ella. Lo más asom­broso es que haya que luchar para hacer que se escuche esta eviden­cia, y que pocos sean los efec­tos. La huma­ni­dad [ntd: socie­dades indus­triales] afer­rada a enve­ne­nar el agua que bebe y el aire que respira se asemeja a un conjunto de comen­sales que escu­pen en la sopera común donde después de un momento irán a servirse. Los amos de nues­tro planeta continúan a impo­nerle sus volun­tades como si ofre­ciera recur­sos inago­tables a su poder eviden­te­mente bené­volo, gracias al cual manten­drán la frente en alto y el verbo arro­gante.

Es verdad que presen­tan un balance del que pocos conquis­ta­dores han podido enor­gul­le­cerse. Los Hunos, bajo cuyos cascos la hierba volvió a crecer, los persas, arra­sando las ciudades, abatiendo olivos y arran­cando los viñe­dos de sus enemi­gos venci­dos, pare­cen pequeños pillue­los compa­ra­dos con los vence­dores del auge econó­mico y del bienes­tar univer­sal. En menos de dos gene­ra­ciones, la mayor parte de los ríos y mares fueron conta­mi­na­dos, el aire de las ciudades se volvió irres­pi­rable, la capa de ozono(*) esta perfo­rada en ambos polos y dismi­nuida por doquier; cada año, aunque 100 millones de seres huma­nos se suman a los prece­dentes, 200,000 km² de bosques son tala­dos, igual canti­dad de tier­ras culti­vables se agotan y espe­cies animales desa­pa­re­cen cada hora, las que esca­pa­ron de la domes­ti­ca­ción se encuen­tran amena­za­das  o en vías de extin­ción; los mantos freá­ti­cos bajan, los océa­nos suben, el desierto avanza, la radio­ac­ti­vi­dad aumenta, los espa­cios natu­rales dismi­nuyen, las mareas son negras, los lodos son rojos, las lluvias son acidas, las vacas son locas, los dese­chos nos asfixian, los suelos nos conta­mi­nan y 75% de los falle­ci­mien­tos son atri­bui­dos a la degra­da­ción de aquello que el hombre modes­ta­mente llama su “medio-ambiente(*)” (Enfer­me­dades o acci­dentes debi­dos al medio ambiente y al estilo de vida – agua y aire conta­mi­na­dos, higiene, circu­la­ción… – OMS). Sin embargo, esta lista dema­siado larga, no es más que una visión gene­ral de una polí­tica de “valo­ri­za­ción” del terri­to­rio que cumple a la vista de todos, sus obje­ti­vos suici­das. Jugando el juego de “quien pierde gana”, para compen­sar sin duda la abun­dan­cia y la casi gratui­dad de calcu­la­do­ras elec­tró­ni­cas y telé­fo­nos móviles, el silen­cio y el espa­cio se han conver­tido en un lujo. El viaje espa­cial se vuelve ruti­na­rio, pero, para la mayoría de los huma­nos expo­nerse a los rayos solares es hoy una locura, respi­rar es un riesgo y alimen­tarse una hazaña. El planeta fue puesto en subasta. Aquí está ya la tempo­rada de las rebajas, de la liqui­da­ción total: Todo debe desa­pa­re­cer. Todo lo que vive desde entonces se encuen­tra amena­zado, inclu­sive el ganado.

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A medida que los equi­li­brios esen­ciales a la super­vi­ven­cia de todos son quebran­ta­dos, el discurso domi­nante conti­nua ilusio­nando y arrul­lando a las pobla­ciones ansio­sas o perplejas con el mito de un progreso inin­ter­rum­pido, de un creci­miento ilimi­tado, de un desar­rollo eterno, ultimo avatar de la pana­cea univer­sal, de la cuadra­tura del círculo o de la piedra filo­so­fal. A lo que debe­mos agre­gar la fantas­ma­goría de la crea­ción de empleos, que renueva con feli­ci­dad el encan­ta­miento adivi­na­to­rio. Esas salmo­dias, se debe reco­no­cer, termi­nan por hartar. Los desgra­cia­dos que tendrán la curio­si­dad de calcu­lar las diver­sas progre­siones de los próxi­mos 50 años bajo el modelo de los últi­mos 50, a fin de cuen­tas tendrán que espe­rarse de encon­trar, por todo paraíso, no más que un mundo esté­ril y devas­tado, proba­ble­mente desierto. Tantos cálcu­los no son además nece­sa­rios cuando cada día todo nos confirma que la riva­li­dad de los egoís­mos en la búsqueda de ganan­cias solo conduce al menos­pre­cio del hombre y de lo viviente, a una deno­mi­na­ción absurda de la natu­ra­leza, al trabajo que aliena o que excluye, a la economía que agota, a la cultura que embru­tece. No importa: el progreso no se para y la cien­cia está en marcha.

Mien­tras más se encien­den las señales de alarma, más acelera el piloto, supo­niendo que todavía esté alguien al mando. ¿Cómo no preo­cu­parse? ¿Los espí­ri­tus posi­ti­vos, que gustan de denun­ciar a los que resis­ten como si estos fueran los profe­tas de la catás­trofe; dispo­nen de un futuro tan radiante para hacerles oposi­ción? Además de los cálcu­los del interés indi­vi­dual a corto plazo y el silen­cio de los que se refu­gian bajo la indi­fe­ren­cia, la provi­den­cia o la fata­li­dad, solo escu­cha­mos 3 tipos de argu­men­tos.

El primero se funda en la confianza: el capi­ta­lismo enten­derá que es nece­sa­rio respe­tar la natu­ra­leza. Ha dado mues­tra que poseía los medios para inte­grar y resol­ver sus contra­dic­ciones y tarde o temprano termi­nará por miti­gar su forma salvaje para compro­me­terse en el camino hacia el “desar­rollo susten­table” (*). Los daños de la indus­tria solo son el resul­tado de técni­cas aún imper­fec­tas, cuyo mejo­ra­miento pronto asegu­rará una produc­ción limpia y una explo­ta­ción racio­nal de los recur­sos.

Este argu­mento sería el más admi­sible si el tiempo no fuera en su contra. Tan aguer­rida es la compe­ten­cia entre los grupos indus­triales afer­ra­dos a sus bene­fi­cios y tan pode­rosa la presión de los lobbies defen­sores de sus ganan­cias y nada más que sus ganan­cias, que reunir­los en torno a una mesa para un proyecto en común más o menos restric­tivo se asemeja a la utopía. Aun cuando la grave­dad de la situa­ción consigue impo­ner confe­ren­cias inter­na­cio­nales (*) – ¡des­pués de cuanto esfuerzo y confu­sión! – los resul­ta­dos obte­ni­dos son pocos. Las cumbres, que desde la confe­ren­cia de Montreal en 1987 inten­tan limi­tar las emisiones de CFC (*) o gas de efecto inver­na­dero no cesan de estu­diar sus ambi­ciones a la baja. En la cumbre de Rio, en 1992, los Estado Unidos, que conta­mi­nan casi tanto como los demás países juntos, no se compro­me­tie­ron más que en la esta­bi­li­za­ción de las suyas. En reali­dad las aumen­ta­ron en un 13% y los demás países no lo hicie­ron mejor. La confe­ren­cia de Kioto en 1997, tuvo que conten­tarse de una reduc­ción de 6% en el 2010, obje­tivo que sin duda no será alcan­zado y aun si lo hubiese sido, consti­tuiría una mejora tan modesta que puede consi­de­rarse como insi­gni­fi­cante.

conferencia

Tal ejem­plo concierne sola­mente a un problema. La confe­ren­cia inter­na­cio­nal que había prohi­bido el comer­cio de marfil para salvar a los elefantes de la extin­ción, lo ha de nuevo auto­ri­zado en 1997, cuando todavía las pobla­ciones de elefantes no se habían recons­ti­tuido. A pesar de las limi­ta­ciones de flotas pesque­ras que pretendían preser­var los recur­sos mari­nos, la baja en los precios del pescado y la “moder­ni­za­ción” de las técni­cas conduje­ron a los barcos pesque­ros a compen­sar sus malas rentas por campañas más largas e inten­sas que continúan agra­vando el fenó­meno “comba­tido”. Que un árbol o animal amena­zado sea prote­gido, he ahí algo raro, y por lo mismo más precioso, más expuesto a la caza furtiva o al tráfico. Y el petró­leo así como los mine­rales, ¿real­mente son inago­tables? Y los pesca­dos, ¿Nacerán por gene­ra­ción espontá­nea cuando las redes de deri­va* habrán captu­rado hasta el último alevín? Y las hectá­reas de bosque que desa­pa­re­cen minuto a minuto ¿Habrán vuelto a crecer mañana sobre una tierra vitri­fi­cada? Ciento cincuenta años le toma a un árbol crecer, cinco minu­tos para talarlo. Cuatro mil millones de años para crear la vida, dos siglos para destruirla. Con tal dife­ren­cia entre los ritmos huma­nos y los ciclos natu­rales, el libe­ra­lismo tendrá difi­cul­tad en conven­cer­nos de su buena volun­tad. Hasta ahora, sobre­todo, y no pudiendo usar la igno­ran­cia como excusa,  ha mostrado una obsti­na­ción que contri­buye más bien a la ceguera o al fana­tismo.

“Creo que provo­car la desa­pa­ri­ción de 200 espe­cies por día es extre­mismo...Creo que vivir en una economía que se basa en el creci­miento infi­nito cuando el planeta en el que vivi­mos es finito, es extre­mismo. Creo que destruir el 98% de los bosques ances­trales, el 99% de las zonas húme­das nati­vas, 99% de las prade­ras, es extre­mismo. Creo que conti­nuar a destruir­los es extre­mis­mo…C­reo que asesi­nar el planeta entero es extre­mis­mo…C­reo que creer que el mundo ha sido conce­bido para usted es extre­mismo. Creo que hacer algo como si usted fuera la única espe­cie del planeta es extre­mis­mo…C­reo que hay efec­ti­va­mente extre­mis­tas medioam­bien­tales en éste planeta, y creo que se llaman capi­ta­lis­tas. Creo que se les llama “miem­bros de la cultura domi­nante”.” ~Un llamado a los Faná­ti­cos (Derrick Jensen)

El segundo argu­mento de los opti­mis­tas concierne la cien­cia ficción. La Tierra es nues­tro plasma. Sola­mente naci­mos en ella para esca­par­nos después y nues­tra verda­dera resi­den­cia es el universo cuyos límites son infi­ni­tos y del que apenas hemos empe­zado a explo­rar sus inme­dia­ciones. El globo a su vez no sería más que un objeto “dese­chable”, como una navaja de afei­tar o un encen­de­dor. Adiós Tierra.

No nos entre­ten­ga­mos más tiempo en este planeta. Los más hospi­ta­la­rios de los plane­tas con los que se ha hecho contacto anun­cian intré­pi­da­mente 480°C en sus suelos, tempe­ra­tura de fusión del plomo, y están expues­tos a presiones atmos­fé­ri­cas aplas­tantes o a lluvias corro­si­vas. Cier­ta­mente pode­mos espe­rar que la verda­dera condi­ción del hombre es de vivir bajo una urna, respi­rar a través de filtros y másca­ras, llenarse de amoniaco hirviente, pero sería razo­nable de no contar tanto con ello.  Y años luz nos sepa­ran de los siste­mas plane­ta­rios más cerca­nos. Sería ir en la búsqueda de leja­nos e impro­bables paraí­sos sinté­ti­cos cuando sería tan simple preser­var este que tene­mos bajo nues­tros pies.

no estamos solos

El tercer argu­mento mode­ra­dor, aunque todavía muy rara­mente expuesto para poder discu­tirlo al condi­cio­nal, no haría más que radi­ca­li­zar la situa­ción actual. Los restos de natu­ra­leza salvaje que logra­ron subsis­tir en noso­tros hasta hoy, no serían más que vesti­gios de la prehis­to­ria que han esca­pado al progreso. Para arre­glar los desequi­li­brios de los entor­nos natu­rales, bastaría destruir tales vesti­gios, más o menos como se absorbe el desem­pleo, elimi­nando a los desem­plea­dos. En un planeta entero hecho para el hombre, el único ecosis­tema(*) útil se limi­taría por lo tanto a un inmenso campo de cereales espar­cido de zonas urba­nas y de parques gana­de­ros. Por más deli­rante que parezca, esta pers­pec­tiva fue contem­plada y empren­dida: Ruma­nia, donde el poder la juzgaba “radiante y gran­diosa”, en China, donde Mao-tsé-Toung había orde­nado la destruc­ción total de las aves, y encon­tra­mos esto muy a menudo a escala local en el terreno, o al estado embrio­na­rio en las ideas, para no desa­ten­der el asunto.

No contenta con multi­pli­car las espe­cies de todo tipo con una varie­dad y una inven­ción tan difí­ciles de conce­bir, que todavía susci­tan diaria­mente la estu­pe­fac­ción y la admi­ra­ción, la natu­ra­leza además ha erigido entre ellas barre­ras gené­ti­cas que mantie­nen los equi­li­brios, limi­tan las vulne­ra­bi­li­dades, repa­ran los estra­gos y garan­ti­zan la soli­da­ri­dad de cada una con todas, en una rela­ción a veces cruel pero siempre armo­niosa y en una perfec­ción inigua­lable. El mosaico de cemento depo­si­tado sobre un terreno sin límites, sin amapo­las, sin “espe­cies perju­di­ciales”* y sin aves, es a lo que se redu­ciría una Tierra comple­ta­mente huma­ni­zada, el triste paisaje de la sole­dad de una sola espe­cie, no es más que un cemen­te­rio en pror­roga.

Sin esa red infi­nita de inter­cam­bios e inter­ac­ciones donde proli­fera y se perpe­tua la vida y que llama­mos biodi­ver­si­dad(*), ¿Cómo podría haber un terreno favo­rable o siquiera posible para el hombre? Toda la química de los labo­ra­to­rios no lograría esti­mu­lar por mucho tiempo a las fuer­zas de ese terri­to­rio asolado que nos anti­ci­pan las grandes plani­cies cerea­lis­tas. En la escala geoló­gica, la plani­cie es la guía del desierto. Una chispa, un hongo, un puñado de larvas sobre­vi­vientes pueden devas­tarla, un capri­cho del clima puede pudrirla o quemarla. A la menor vici­si­tud, los profe­tas de la abun­dan­cia no tendrían más que ofre­cer que no sean el hambre y la arena.

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Pero, se dirá, que el mundo cambia, “evolu­ciona”. No cono­ci­mos los dino­sau­rios por lo tanto bien podría­mos vivir sin balle­nas. Y además, ¿para qué sirve un oso? Sin duda. También podría­mos vivir sin Mozart. Y ¿para qué sirve La Gioconda? ¿Cómo imagi­narse a una huma­ni­dad que no conozca las flores? ¿Es que acaso se trata de subsis­tir, bien que mal por medio de un mínimo vital o se trata de reali­zarse en pleni­tud en la biodi­ver­si­dad? Lo múltiple es la condi­ción de la vida y hoy sabe­mos que en la compleja red de las inter­de­pen­den­cias natu­rales, se pierde un solo ser y todo se tras­torna. El mundo este­ri­li­zado que sueñan los acele­ra­dores de la produc­ti­vi­dad, de la esta­bu­la­ción completa, de la ciudad dormi­to­rio o de la crianza indus­trial, ese país de la leche y la miel que condena la vida, los vivos no lo quie­ren. No está hecho para ellos. Y sin embargo está en marcha y avanza a pasos agigan­ta­dos.

Ineluc­table o no, en todo caso hay que apos­tar si no lo es, con o sin razón. Sin razón si los hechos continúan confir­mando las señales, pero con razón aun si es verdad que la resis­ten­cia a lo inexo­rable queda como el último recurso de la concien­cia. Escribía Sénan­cour “… si es la nada lo que nos está reser­vada, no haga­mos que sea esto justi­cia …”. Y lo peor no siempre es seguro. En los casos de emer­gen­cia histó­rica ya se han visto revo­lu­ciones que reorien­tan siste­mas al cabo de algu­nos meses y que parecían defi­ni­ti­va­mente fijos, y por esta razón, bloquea­dos. Cier­ta­mente, hoy ningún modelo econó­mico y polí­tico propone una alter­na­tiva(*) global al saqueo plane­ta­rio, pero la ecología(*) (pala­bra de la que todavía no sabe­mos si desi­gna una cien­cia, una filo­sofía, una polí­tica, una sensi­bi­li­dad, una acti­tud o hasta una moda), la ecología, en el sentido amplio de termino, ya es una corriente de pensa­miento que ha sobre­pa­sado las discre­pan­cias tradi­cio­nales, que persigue el adve­ni­miento de un nuevo equi­li­brio univer­sal, edifi­cado sobre otras rela­ciones con la natu­ra­leza, con los hombres, el trabajo o el Tercer Mundo(*), no con la mundia­li­za­ción de lo único, sino sobre la inter­na­cio­na­li­za­ción de lo múltiple, de lo diverso y lo variado, o sea, la vida. Es en todo caso el único que se funda en una sensi­bi­li­dad que no excluye a nada ni a nadie, ni siquiera a las piedras, lo único que no tiene sangre en las manos. Se dirá que la inocen­cia no comprueba la verdad y que exis­ten también imbé­ciles felices. Es verdad, pero en contraste, la ecología señala por lo menos el error o la mentira y permite denun­ciar­los, lo que es ya un comienzo. El huma­nismo del siglo XVI y las Luces del siglo XVIII no comen­za­ron de otra forma la trans­for­ma­ción de nues­tra rela­ción con el mundo.

La suerte de todas la ideas nuevas es la de coli­sio­nar con las costumbres y los confor­mis­mos, es así como se les puede reco­no­cer. Ya que el sistema no se levanta jamás, más que cuando se defiende contra los que lo atacan, la respuesta a las críti­cas o a los insul­tos casi tienen lugar de teoría, y a buen precio. Como Dante fusti­gaba con ante­la­ción a sus conde­na­dos desi­gnán­do­los con los nombres gran­dio­sos de “concu­sio­na­rios, preva­ri­ca­dores o simo­nia­cos”, los guar­dianes del pensa­miento único no pasa­ron por alto el exco­mu­nar a los herejes por apos­trofes con valor de anate­mas: catas­tro­fis­tas, mile­na­ris­tas, inte­gris­tas, utopis­tas, anti-huma­nis­tas, idola­tras, zoófi­los… Ese santo oficio está consti­tuido en primer lugar por aquel­los que encuen­tran en él un bene­fi­cio o su placer por la destruc­ción : promo­tores, los cemen­te­ros (construc­tores de hormigón), orde­na­dores del terri­to­rio, caza­dores, petro­le­ros, “respon­sables” auto­de­si­gna­dos, que no se tarda­ron nada en llamar a los habla­dores en su auxi­lio: polí­ti­cos, ideó­lo­gos, sabios, exper­tos, hasta aquel­los ciuda­da­nos conven­ci­dos de que el salva­ción de la huma­ni­dad pasa por la salud de esas paradóji­cas socie­dades de la cari­dad cuyas acciones y valores encuen­tran sobre­todo su lugar en los merca­dos bursá­tiles.

El vanda­lismo y la codi­cia susci­tando a pocos teóri­cos y nadie osán­dose a tomar como blanco la nece­si­dad unáni­me­mente admi­tida de preser­var la natu­ra­leza, no queda más que invo­car el bienes­tar gene­ral y el interés público, cuyo cuidado cumplen lo mejor posible los enemi­gos de la Tierra. Mien­tras más las condi­ciones de produc­ción serán el resul­tado de tensiones y coac­ciones, más el sistema será cues­tio­nado y más ener­gé­ti­cos serán los ataques. Es por eso que a pesar de todo, debe­mos rego­cijar­nos por tener que respon­der. […]

Sin la educa­ción que habrá reve­lado a cada uno la grave­dad de la cues­tión, la regla­men­ta­ción más ilumi­nada no será jamás apli­cada sobre las heri­das del mundo si no es con la sobe­rana efica­cia de un bisturí sobre una pata de palo. La violen­cia infli­gida a la natu­ra­leza no es ni una prer­ro­ga­tiva de monar­cas, ni un asunto de rurales que riñen en torno a una charca o una valla. Esta concierne el avenir del planeta y a cada uno de noso­tros, desde su concep­ción del mundo, su liber­tad y su ética, hasta los detalles de su vida mate­rial. No hay debate más grave ni más urgente que este, y los proble­mas más impor­tantes, polí­ti­cos, sociales, econó­mi­cos o filosó­fi­cos de los que menos falta­mos, pare­cerán todos secun­da­rios cuando la cues­tión se plan­teará concre­ta­mente para saber si se trata todavía de vivir, de sobre­vi­vir o de desa­pa­re­cer. Ya ni siquiera esta­mos en riesgo o a la predic­ción. El calen­ta­miento del planeta comenzó, miles de espe­cies ya han desa­pa­re­cido para siempre, los rayos solares nunca volverán a ser para noso­tros lo que eran, el agua dulce ya falta y naciones en conflicto se dispu­tan actual­mente grandes y pequeños caudales de agua.

Las verda­de­ras respues­tas a los enemi­gos de la Tierra así como a los que la defien­den no pueden, por otra parte, atenerse a las pala­bras que no serán segui­das por actos, y actos que no dieran resul­ta­dos. Ya no es sufi­ciente apaci­guar o tergi­ver­sar, asegu­rado a unos, que sus preo­cu­pa­ciones han sido compren­di­das, y a otros, que se defen­derán sus inter­eses. Cada uno protesta por su buena volun­tad, en los hechos, la situa­ción conti­nua degradán­dose y en todos los domi­nios. Las decla­ra­ciones públi­cas de inten­ción y los buenos consejos al prójimo no tendrán credi­bi­li­dad más que cuando cada quien habrá barrido frente a su puerta. El mundo, por desgra­cia, no será forzo­sa­mente salvado, pero de no ser así, sus amos solo imitarán al murcié­lago de La Fontaine [Ndt: El murcié­lago y las dos coma­drejas: « Soy pájaro, ve mis alas / Viva la gente de los aires » (…) « ¿Qué hace a un pájaro? El plumaje. / Soy ratón: ¡Vivan los ratones! / Júpi­ter aniquile a los gatos! » / Así respon­diendo hábil­mente / salvó dos veces su vida.], que se procla­maba pájaro o ratón depen­diendo el inter­lo­cu­tor que tenía frente a él: amo a la natu­ra­leza, escú­chame hablar; pero la destruyo, mírame actuar.

Glosa­rio critico (*)

  • Entorno: Conjunto presen­tando condi­ciones de vida parti­cu­lares: un estua­rio, turbera, banqui­sa… Puede coin­ci­dir con un biotopo (Región de carac­teres climá­ti­cos y geográ­fi­cos defi­ni­dos que es ocupada por una comu­ni­dad de espe­cies animales y vege­tales) o un ecosis­tema.
  • Reserva: Zona prote­gida en razón de su interes ecoló­gico y donde las acti­vi­dades huma­nas son, en prin­ci­pio, regla­men­ta­das. En una “reserva inte­gral” o “natu­ral” o aun “bioló­gica”, toda acti­vi­dad humana es prohi­bida, incluyendo la colec­ta…Exis­ten también reser­vas de animales, de caza, y … de Indí­ge­nas.
  • Ozono: En el suelo, el aire contiene una canti­dad de ozono (O3) infe­rior a 0.01 partes por millón (ppm). Mas allá de los 0.3 ppm el ozono es nocivo. A 29 km de alti­tud, el ozono se forma a partir del oxigeno bajo la acción de la radia­ción solar en una capa que protege a la Tierra de los rayos ultra­vio­leta. Los UV-B estro­pean el colá­geno y provo­can cánceres de la piel.
  • Medioam­biente: Del inglés “envi­ron­ment” que signi­fica “medio”, este termino es cues­tio­nado por nume­ro­sos ecolo­gis­tas por su conno­ta­ción antro­po­cén­trica. Fue utili­zado en esta obra por conven­ción y como­di­dad. El “envi­ron­men­ta­lism” o “medioam­bien­ta­lismo”, desi­gna por otro lado, la corriente “refor­mista” del “ecolo­gismo”, en oposi­ción a la “deep ecology” (ecología profunda), la ecología “profunda” prove­niente de Esta­dos Unidos, la mas radi­cal, la más atacada.
  • Desar­rollo susten­table: Termino creado en 1980 del inglés “sustai­nable deve­lop­ment” para desi­gnar una forma de desar­rollo econó­mico respe­tuoso del medio ambiente, de la reno­va­ción de recur­sos y de su explo­ta­ción racio­nal, de forma que preserve inde­fi­ni­da­mente las mate­rias primas y no agotar­las ni destruir­las. Sin embargo pode­mos pregun­tar­nos si la pala­bra “desar­rollo” no es una conce­sión del léxico hecha para la economía expan­sio­nista, y que el adje­tivo “susten­table” no sea contra­dic­to­rio. “Sustai­nable” signi­fica “soste­nible-susten­table”.
  • CFC: cloro­fluo­ro­car­bo­nos, substan­cias volá­tiles producto de la química de sínte­sis, que atacan la capa de ozono estra­tos­fe­rica. Sirven de agente infla­dor (espu­mas plás­ti­cas, flui­dos frigorí­fi­ge­nos…)y recien­te­mente todavía fueron  utili­za­dos como propul­sores en los aero­soles.
  • Ecosis­tema: Conjunto de pobla­ciones de orga­nis­mos vivos presentes en un entorno y asocia­dos en su medio ambiente abió­tico (agua, luz, tempe­ra­tura, etc.). Un simple charco forma un ecosis­tema.
  • Biodi­ver­si­dad: El numero y la diver­si­dad de espe­cies vivas de la Tierra, animales o vege­tales. Redu­cir el numero de plan­tas y de animales, salvajes o domés­ti­cos, es redu­cir la biodi­ver­si­dad. En un siglo, desa­pa­re­cie­ron mas de 100 espe­cies de mamí­fe­ros y 150 espe­cies de aves. Esta cifra es mucho mas elevada en los insec­tos y plan­tas. La diver­si­dad de las cultu­ras huma­nas también esta redu­ciendo. En la natu­ra­leza, todo lo que lucha contra la diver­si­dad lucha contra la vida.
  • Alter­na­tiva: Punto de vista y propo­si­ción opuesta a un pensa­miento domi­nante. Una economía alter­na­tiva es otra economía, dife­rente de la economía en vigor.
  • Ecología:  La ecología, termino creado en 1865 por el zoólogo Reiter, estu­dia las rela­ciones entre los seres vivos y su medioam­biente. Por analogía, a menudo la misma pala­bra sirve para desi­gnar la corriente de pensa­miento también llamado “ecolo­gismo”, para distin­guirlo de la cien­cia. Los prin­ci­pales adje­ti­vos asocia­dos a la pala­bra “ecología” (“funda­men­ta­lista”, “refor­mista”, “profunda”, “demo­crá­tica” etc.) provie­nen mas bien de la polé­mica. La emer­gen­cia del ecolo­gismo como movi­miento puede ser datado en los años 70, época en la que se multi­pli­can las asocia­ciones y las publi­ca­ciones, los minis­te­rios del medio-ambiente, la impor­tan­cia de las “consi­de­ra­ciones ecolo­gis­tas”, en la regla­men­ta­ción.
  • Tercer mundo: Los países no alinea­dos, o sea no perte­ne­cientes a los países desar­rol­la­dos ni a los del anti­guo bloc de países socia­lis­tas, forman o forma­ban el Tercer Mundo, por analogía con el Tercer-Estado. En efecto, se trata de países pobres, también llama­dos, “subde­sar­rol­la­dos”, “en vías de desar­rollo” o “emer­gentes”. En el domi­nio del medioam­biente (como en el del domi­nio nuclear), los países del Tercer Mundo sospe­chan de los países desar­rol­la­dos de querer prohi­bir a los pobres lo que ha permi­tido a los pode­ro­sos el poder deve­nirlo, y sin mostrar el ejem­plo. El argu­mento pesa y mues­tra que para evitar un colo­nia­lismo ecoló­gico, la solu­ción global pasa por la coope­ra­ción verda­dera fundada en rela­ciones nuevas.

Armand ferra­chi


Traduc­ción-Edición: Santiago Perales .

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