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¡Contra la industria! (por Armand Ferrachi)

IMG_20150420_203529_808-3Extracto extraído del excelente libro de Armand Farrachi, "Les Ennemis de la Terre" o "Los Enemigos de la Tierra".

Analizán­doles de acuerdo a sus propó­si­tos, a sus inten­ciones, a sus actos o a sus resul­ta­dos, los prin­ci­pales enemi­gos de la Tierra son; el mercado que devasta y el Estado que consiente. Dado que por lo gene­ral los gobier­nos nacio­nales sólo son los rehenes del mercado, este a su vez estando en manos de las multi­na­cio­nales, se puede afir­mar que en reali­dad, como enemigo, el más impor­tante sería la indus­tria, el peor y más sucio del universo. Sus invi­sibles y conta­mi­nantes dese­chos se cuen­tan en millones de tone­la­das al año: 89 de óxido de azufre, 84 de metano, 30 de óxido de nitró­geno, 26 de hidro­car­bu­ros, 7 de amoniaco, 1.2 de CFC (cloro­fluo­ro­car­bo­nos). Con respecto al gas carbó­nico habla­mos de miles de millones de tone­la­das : 3.5 por año, cifras verti­gi­no­sas que no obstante care­cen del volu­men de los dese­chos visibles, las mate­rias radiac­ti­vas, los metales pesa­dos *, el estiér­col (abono) y la basura espar­cida en las tier­ras así como en las aguas dulces y sala­das, las substan­cias orgá­ni­cas de sínte­sis, las conta­mi­na­ciones normales o acci­den­tales, los diver­sos saqueos, sin hablar de los estra­gos psicoló­gi­cos, cultu­rales y sociales, ni de todo aquello que todavía igno­ra­mos. En tal pesti­len­cia, los olfa­tos más sutiles tendrán difi­cul­tad para detec­tar las buenas inten­ciones. Bajo la barita mágica de este sinies­tro encan­ta­dor, lluvias ácidas * riegan lodos rojos tóxi­cos *. También caye­ron agua­ce­ros negros sobre Japón .Esta mañana, en el Jura (Depar­ta­mento fran­cés), a causa de una fuga de anti­con­ge­lante, agua azul salía de los grifos .¿Y para cuándo las neva­das de color verde? En su inmen­si­dad, un tal fenó­meno multi­co­lor pare­cería casi algo abstracto si no amena­zara concre­ta­mente a todos los seres vivos. Aquí esta­mos, a 150 años que la indus­tria­li­za­ción, bajo todas sus formas, no hace otra cosa que acele­rar la explo­ta­ción de las mate­rias y de los hombres, olvi­dando que el propó­sito de la economía es el de satis­fa­cer las nece­si­dades y no el de agotar los recur­sos y medios, tal y como lo hace condenán­dose en su búsqueda por la renta­bi­li­dad del capi­tal inver­tido en la destruc­ción de las mate­rias primas, y vendiendo más caro lo que primero a vuelto más raro. Desde hace poco tiempo, la inten­si­fi­ca­ción a exacer­bado hasta lo inso­por­table esta rela­ción fundada en la violen­cia. En Bret­ton Woods, donde en 1944 fue deci­dida la estra­te­gia mundial de los países desar­rol­la­dos, se tramó el complot más formi­dable contra la Tierra y sus habi­tantes, las lluvias ácidas o los ríos cubier­tos de espuma nos mandan las señales por lo menos cues­tio­nables.

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Creyendo crear rique­zas, el fana­tismo indus­trial sólo crea mise­ria, no sólo empo­bre­ciendo direc­ta­mente a las pobla­ciones o aumen­tando su depen­den­cia gracias al endeu­da­miento, sino agotando sin cesar sus rique­zas por medio de un conti­nuo aten­tado a los recur­sos terrestres. Ningún entorno está a salvo ; lagos, océa­nos, ríos, bosques tropi­cales o templa­dos, desier­tos, suelos fértiles, panta­nos o turbe­ras, manglares, arre­cifes de coral, estua­rios, lito­rales, atmós­fera, nada está a salvo de la explo­ta­ción y el saqueo, ni siquiera el espa­cio side­ral, puesto que millones de instru­men­tos y dese­chos ya reba­san los limites terrestres. Aunque se esconda detrás de algu­nas pala­bras y térmi­nos, el único prin­ci­pio de nues­tra civi­li­za­ción produc­ti­vista es la destruc­ción. Destruc­ción de los hombres, de las cultu­ras, de los pueblos, de los medios natu­rales, y la destruc­ción misma de esta economía, que traspor­tada por su impulso crimi­nal, se auto­des­truye y no encuen­tra como sobre­vi­vir a sí mima más que destruyendo por otros lados.

En Brasil, una fundi­dora se instaló en plena selva con el obje­tivo admi­tido de utili­zar su madera como fuente de energía. En 20 años, este combus­tible se agotará, la selva irre­me­dia­ble­mente destruida, los animales que la habi­ta­ban extin­tos, los recur­sos agota­dos y la fabrica no tendrá más que mudarse para conti­nuar en otro lado su obra de creci­miento acecino. En Costa Rica, la presa que inunda toda la reserva de los indí­ge­nas Boruca, abas­tece el 85% de su elec­tri­ci­dad a la socie­dad Alcom, ayudán­dola a expo­liar su mismo subsuelo. En India, el valle sagrado de Narbada fue destruido, se inun­da­ron 3.500 km2 de bosque y tier­ras culti­vables, se depor­ta­ron millones de perso­nas para la construc­ción de una presa que permi­tirá la irri­ga­ción de tier­ras infér­tiles. Aunque la Orga­ni­za­ción Mundial de la Salud (OMS) estima 25 millones de falle­ci­mien­tos al año debido al consumo de agua conta­mi­nada, el más grande indus­trial de Colom­bia no deja de verter sus perfu­ma­dos dese­chos en el río del que direc­ta­mente se alimen­tan 5 millones de ribe­reños. En el camino de la destruc­ción, la muerte no sabría hacer obstá­culo al creci­miento econó­mico.

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En la misma linea del arti­culo ante­rior se reco­mien­dan las siguientes lectu­ras :

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