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« Heroína electrónica » : cómo las pantallas transforman a los niños en adictos psicóticos
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Traducción de un artículo originalmente publicado en ingles en el sitio del New York Post, el 27 de agosto del 2016, y redactado por el Dr. Nicholas Kardaras.

Susan* ha comprado un iPad para su hijo John de 6 años cuando estaba en su primer año de prima­ria. “Pensé, “¿porqué no dejar que se adelante en algu­nas cosas?’” me confesó durante una sesión de tera­pia. La escuela de John empezó la utili­za­ción de esos dispo­si­ti­vos con alum­nos cada vez más jóvenes —y su profe­sor de tecno­logía no dejaba de decir mara­villas sobre sus bene­fi­cios educa­ti­vos  — de esta forma Susan quiso hacer lo que era mejor para su pequeño de cabel­los rubios, que adoraba leer y jugar al base­ball.

Ella comenzó por dejar jugar a John con diver­sos juegos en su iPad. Final­mente, John descu­brió Mine­craft, del cual el profe­sor de tecno­logía le aseguró que se trataba sólo de un “Lego elec­tró­nico”. Recordán­dole cuanto se había diver­tido ella cuando niña, construyendo y jugando con aquel­los bloques de plás­tico inter­co­nec­tables, Susan dejó jugando a su hijo Mine­craft toda la tarde.

Al prin­ci­pio Susan se sentía satis­fe­cha. John parecía estar ocupado con un entre­te­ni­miento crea­tivo, explo­rando el mundo cubico del juego. Entonces notó que el juego no era en abso­luto como el Lego que recor­daba  — después de todo, ella no tenía que matar animales y encon­trar mine­rales raros para sobre­vi­vir y poder ir al siguiente nivel con su querido y viejo juego. Pero a John real­mente si le parecía gustar el juego e incluso la escuela tenía un club de Mine­craft, ¿Qué tan malo podría ser?

Sin embargo, Susan no podía negar que obser­vaba cambios en John. El empezó a estar cada vez más enfo­cado en su juego y perdió interés en el base­ball y la lectura, en tanto que se reusaba a hacer sus tareas. Cier­tas maña­nas, John se desper­taba dicién­dole que podía ver las formas cubi­cas en sus sueños.

A pesar que de que eso le concernía a Susan, ella pensaba que su hijo podría estar mostrando una activa imagi­na­ción. Mien­tras que su compor­ta­miento conti­nuaba a dete­rio­rarse, ella trató de reti­rarle el juego pero John comenzó a hacer rabie­tas y berrinches. Sus arre­ba­tos eran tan inten­sos que se dio por vencida, justi­ficán­dose a sí misma una y otra vez dicién­dose “es educa­tivo”.

Después, una noche, compren­dió que algo andaba muy mal.

“Entré en su reca­mara para revi­sar. Se suponía que debería estar durmiendo — y tuve mucho miedo…”

Ella lo encon­tró sentado en su cama con los ojos amplios y fijos e inyec­ta­dos en sangre, mirando a ningún lado mien­tras que su iPad brillaba a su lado. Parecía en trance. Fuera de sí y en pánico, Susan tuvo que sacu­dir al niño repe­ti­da­mente para sacarlo del estado en que estaba. Angus­tiada, no podía enten­der cómo su niño, otrora un niño  sano y feliz, se había conver­tido en alguien tan depen­diente al juego como para retor­cerse en un estu­por catató­nico.

Hay una razón por la cual los padres más caute­lo­sos respecto a la tecno­logía son los diseña­dores e inge­nie­ros en tecno­logía. Steve Jobs era cono­cido por ser nota­ble­mente un padre anti-tecno­logía. Los ejecu­ti­vos e inge­nie­ros en tecno­logía de la Sili­con Valley inscri­ben a sus hijos en las escue­las Waldorf, sin tecno­logía. Los funda­dores de Google, Sergey Brin y Larry Page son egre­sa­dos de las escue­las Montes­sori, no tecno­lo­gi­za­das, al igual que los crea­dores de Amazon Jeff Bezos y el funda­dor de Wiki­pe­dia Jimmy Wales.

Muchos padres compren­den intui­ti­va­mente que las relu­cientes y omni­pre­sentes pantal­las están teniendo efec­tos nega­ti­vos en los niños. Obser­va­mos los tempe­ra­men­tos agre­si­vos cuando estos dispo­si­ti­vos les están siendo reti­ra­dos y perio­dos de défi­cit de aten­ción cuando los niños no están perpe­tua­mente esti­mu­la­dos por sus hiper-exci­tantes apara­tos. Peor aún, hemos obser­vado que los niños se abur­ren, se vuel­ven apáti­cos, desin­te­re­sa­dos e indi­fe­rentes cuando no están conec­ta­dos.

Pero es incluso peor de lo que pensa­mos.

Hoy sabe­mos que esos iPads, smart­phones y Xbox son una forma de droga numé­rica. Inves­ti­ga­ciones recientes en neuroi­ma­gen (imágenes cere­brales) nos están mostrando que estos afec­tan el lóbulo fron­tal del cere­bro — el cual controla las funciones ejecu­ti­vas (aquel­las que nos permi­ten diri­gir nues­tra conducta hacia un fin y compren­den la aten­ción, plani­fi­ca­ción, secuen­cia­ción y reorien­ta­ción sobre nues­tros actos, NdT), incluyendo el control de los impul­sos — exac­ta­mente en la misma forma que la cocaína. La tecno­logía es tan esti­mu­lante que aumenta los niveles de dopa­mina — el más impli­cado neuro­trans­mi­sor del placer en la diná­mica de la adic­ción  — tanto como el sexo.

Este efecto adic­tivo es la razón por la que el Dr. Peter Whybrow, direc­tor de neuro­cien­cias en la UCLA (Univer­si­dad de Cali­for­nia, Los Ángeles) llama a las pantal­las como “la cocaína elec­tró­nica”  y los inves­ti­ga­dores chinos como “la heroína numé­rica”. Y efec­ti­va­mente, el Dr. Andrew Doan, encar­gado de la inves­ti­ga­ción sobre las adic­ciones para el Pentá­gono y la Marina esta­dou­ni­dense (US Navy)  — quien ha estado estu­diando sobre la adic­ción a los videojue­gos — llama a los videojue­gos y a las tecno­logías de pantalla como “la phar­ma­keia numé­rica” (termino griego que desi­gna a las drogas).

En mi trabajo clínico con más de 1.000 adole­centes en los últi­mos 15 años, he encon­trado el viejo refrán de que “es mejor preve­nir que curar” que aplica espe­cial­mente cuando se trata de la adic­ción a las tecno­logías. Una vez que el niño ha tras­pa­sado la linea hacia la adic­ción tecnoló­gica, los trata­mien­tos pueden ser muy difí­ciles. En efecto, he obser­vado que es más fácil tratar con pacientes adic­tos a la heroína y metaan­fe­ta­mi­nas cris­tal que con juga­dores de videojue­gos inve­te­ra­dos “perdi­dos en la Matrix” o con depen­dientes a las redes sociales adic­tos a Face­book.

Según una decla­ra­ción polí­tica en 2013 que hizo la Acade­mia Ameri­cana de Pedia­tría, los niños de 8 a 10 años pasan 8 horas por día con dife­rentes medios digi­tales mien­tras que los adole­centes pasan 11 horas frente a las pantal­las. Uno de cada tres niños usa table­tas o smart­phones antes de saber hablar. Mien­tras tanto, el manual de “La Adic­cion a Inter­net” del Dr. Kimberly Young afirma que el 18% de los usua­rios de edad estu­dian­til en los Estado Unidos sufren de adic­ción tecnoló­gica.

Una vez que una persona rebasa el limite de una adic­ción completa — sean drogas, digi­tales u otras — esta debe desin­toxi­carse, antes de que cualquier tipo de tera­pia pueda tener alguna posi­bi­li­dad de surtir efecto. Con la tecno­logía, esta­mos hablando de una desin­toxi­ca­ción numé­rica completa — no compu­ta­do­ras, no smart­phones, no table­tas. La desin­toxi­ca­ción numé­rica radi­cal consiste en desha­cerse incluso de la tele­vi­sión. La canti­dad de suspen­sión pres­crita es de 4 a 6 sema­nas; este es el plazo que gene­ral­mente es reque­rido para el auto-reajuste de un sistema nervioso sobre esti­mu­lado. Pero esta no es una tarea fácil en nues­tras socie­dades llenas de tecno­logía, donde las pantal­las son omni­pre­sentes. Una persona puede vivir sin drogas o sin alco­hol ; con una adic­ción a la tecno­logía, las tenta­ciones numé­ri­cas están por doquier.

Por tanto, ¿cómo pode­mos impe­dir que nues­tros hijos reba­sen tal limite? No es simple.

La clave es preve­nir desde un prin­ci­pio que su hijo de 4, 5 u 8 años desar­rolle un vicio a las pantal­las. Esto quiere decir Legos o bloques de plás­tico en lugar del Mine­craft;  libros en vez de iPads; natu­ra­leza y deporte en vez de tele­vi­sión. Y si es nece­sa­rio, demande a la escuela de su hijo de no darle una tableta o Chro­me­book, al menos hasta que cumpla 10 años (otros reco­mien­dan espe­rar a los 12 años).

Tengan conver­sa­ciones hones­tas con sus hijos a cerca de porqué se le está limi­tando el acceso a las pantal­las. Cenen con sus hijos sin ningún tipo de dispo­si­ti­vos elec­tró­ni­cos  — tal y como Steve Jobs que solía tener cenas sin tecno­logías con sus hijos. No caigan vícti­mas del “síndrome de alie­na­ción paren­tal” — como lo hemos apren­dido de la “Teoría del Apren­di­zaje Social”, los niños tien­den a imitar, o al menos a impre­gnarse, de las acciones que tienen lugar en su entorno (Si las perso­nas ven conse­cuen­cias deseables y posi­ti­vas en la conducta obser­vada, es más probable que la imiten, tomen como modelo y adop­ten, NdT).

Cuando hablo con mis geme­los de 9 años, tengo conver­sa­ciones hones­tas con ellos para expli­carles porqué no quere­mos que tengan o jueguen con videojue­gos. Les explico que hay algu­nos niños a quienes les gusta de jugar tanto con sus dispo­si­ti­vos que les cuesta mucho parar o contro­lar el tiempo que les dedi­can. Les ayudo a enten­der, que si se dejan atra­par por las pantal­las y por el Mine­craft como algu­nos de sus amigos, otras partes de sus vidas podrían sufrir a causa de ello: No querrían jugar más frecuen­te­mente al base­ball ; ni leer libros más seguido ; estarían menos inter­esa­dos por los proyec­tos de cien­cia y de natu­ra­leza ; se desco­nec­tarían de sus amigos en la vida real. Sorpren­den­te­mente, no nece­si­tan que sea tan persua­sivo ahora que han visto los cambios que cier­tos de sus amigui­tos han tenido, como resul­tado de un exceso de tiempo delante de las pantal­las.

Psicó­lo­gos del desar­rollo entien­den que el desar­rollo sano de los niños comporta una inter­ac­ción social, juego crea­tivo e imagi­na­tivo y el contacto con el mundo real y natu­ral. Desgra­cia­da­mente, el mundo absor­bente y adic­tivo de las pantal­las atenua y retarda tales proce­sos de desar­rollo.

También sabe­mos que los niños son más propen­sos a encon­trar una salida hacia la adic­ción si se sien­ten solos, alie­na­dos, sin un propó­sito y abur­ri­dos. En conse­cuen­cia, la solu­ción es a menudo la de ayudar­los a conec­tarse a una vida con signi­fi­cado, llena de expe­rien­cias con sentido y rela­ciones en carne y hueso. El niño que parti­cipa y se une a una acti­vi­dad crea­tiva y que está conec­tado con su fami­lia está menos propenso a fugarse hacia ese mundo de fantasía numé­rica. Sin embargo, aún si el niño tiene el mejor y más amoroso apoyo, ella o él podría caer en la Matrix una vez que se compro­mete con las hipno­ti­za­do­ras pantal­las  y expe­ri­menta sus adic­ti­vos efec­tos. Después de todo, aproxi­ma­da­mente 1 de cada 10 perso­nas están predis­pues­tas hacia tenden­cias adic­ti­vas.

Final­mente, mi cliente Susan recu­peró la tableta de John, pero la cura­ción fue un camino cuesta arriba con muchos tropie­zos y retro­ce­sos.

Cuatro años más tarde, después de mucho apoyo y forta­le­ci­miento, John va mucho mejor. Ha apren­dido a usar una compu­ta­dora de escri­to­rio de forma salu­dable, y ha de nuevo adqui­rido el sentido del equi­li­brio en su vida: ahora juega en un equipo de base­ball y tiene varios amigos cerca­nos en su cole­gio. Pero su madre todavía esta vigi­lante y perma­nece como una fuerza posi­tiva y proac­tiva con respecto al uso que hace su hijo de la tecno­logía, ya que como con cualquier adic­ción, las recaí­das pueden tomar por sorpresa en los momen­tos de debi­li­dad. Asegu­rarse que tenga sali­das salu­dables, que no tenga compu­ta­do­ras en su reca­mara y vaya a la mesa a cenar sin tecno­logía, todo esto hace parte de la solu­ción.

* Los nombres de los pacientes fueron cambia­dos.

El Dr Nicho­las Karda­ras es el direc­tor ejecu­tivo del The Dunes East Hamp­ton, uno de los mejores insti­tu­tos de reha­bi­li­ta­ción y anti­guo profe­sor clínico en el Stony Brook Mede­cine. Su libro “Glow Kids: How Screen Addic­tion Is Hija­cking Our Kids — and How to Break the Trance” (Los niños incan­des­centes : cómo la adic­ción a las pantal­las está secues­trando a nues­tros hijos – y cómo romper el trance) (St. Martin’s) acaba de ser publi­cado.


Traduc­ción; Santiago Perales

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