Este es un extracto del "Capitulo 1 : Nuevas exploraciones, nuevos mundos" del excelente libro "El pentágono del poder" , segundo y último volumen de  "El mito de la máquina" . "Mumford ofrece una explicación histórica completa de las irracionalidades y las devastaciones que han socavado las grandes conquistas de todas las civilizaciones. Y demuestra cómo los imperativos cuantitativos de la técnica moderna —velocidad, producción en masa, automoción, comunicación instantánea y control remoto— han acarreado inevitablemente la contaminación, los deshechos, las perturbaciones ecológicas y el exterminio de seres humanos en una escala inconcebible con anterioridad".

El prelu­dio medie­val

[…] Desde luego, la imagen que tenían los cosmó­gra­fos grie­gos de la tierra como un globo ya era cono­cida, cuando no acep­tada de forma gene­ral, antes del siglo xv; y es elocuente que el modelo abstracto del nuevo mundo mecá­nico se repre­sen­tara en líneas de lati­tud y longi­tud en mapas del mismo siglo, mucho antes de 1492. Los pintores del Rena­ci­miento, una centu­ria antes de Descartes, habían empe­zado a contem­plar el mundo a través de un conjunto de coor­de­na­das precar­te­sia­nas, trazando con preci­sión en el lienzo la rela­ción entre obje­tos cerca­nos y leja­nos; una rela­ción que venía defi­nida por planos que se alejan en el espa­cio.

Por su parte, Colón, aunque no fue ni mucho menos un líder inte­lec­tual, domi­naba los medios cientí­fi­cos sufi­cientes para conce­bir semejante viaje y asegu­rar su regreso mediante el astro- labio, la brújula magné­tica y las cartas de nave­ga­ción de la época; medios que le otor­ga­ron la confianza nece­sa­ria para iniciar una travesía ardua y mante­ner el rumbo ante una tripu­la­ción rece­losa. Así, mucho antes de los cambios en la indus­tria que acar­rearían el carbón y el hierro, la máquina de vapor y el telar automá­tico, estos tempra­nos avances técni­cos — que, al igual que la exten­sión en el uso de los moli­nos de viento y de agua, tuvie­ron su origen en la Edad Media — ya habían causado un cambio de mayor alcance en la mente humana. La reciente costumbre de datar este cambio cultu­ral a partir del siglo XVII denota provin­cia­nismo y una ausen­cia de infor­ma­ción técnica y de pers­pi­ca­cia por parte de los histo­ria­dores. Nunca dejó de produ­cirse un inter­cam­bio persis­tente y fructí­fero entre estos dos ámbi­tos desde el siglo XIII.

Nues­tra visión actual tanto de los dos nuevos mundos, el terrestre y el mecá­nico, ha sufrido las fanta­sio­sas falsi­fi­ca­ciones de los líderes de la Ilus­tra­ción del siglo XVIII, con sus obtu­sos prejui­cios reli­gio­sos. Pensa­dores como Voltaire y Dide­rot, que juzga­ron las insti­tu­ciones medie­vales a partir de los deca­dentes vesti­gios de su tiempo, daban por hecho que la Edad Media había sido un periodo de igno­ran­cia y super­sti­ción tenaz; y, en su afán por derro­car la influen­cia de la Igle­sia esta­ble­cida, convir­tie­ron la Alta Edad Media, una de las grandes épocas de la cultura euro­pea, en un relato de terror neogó­tico, conven­ci­dos de que hasta su propia época no se había dado ningún progreso real. Esta obse­sión antigó­tica derivó no sólo en una deva­lua­ción de los logros medie­vales, sino también en la destruc­ción pura y simple de edifi­cios e insti­tu­ciones que, de haber sido preser­va­dos y reno­va­dos, podrían haber contri­buido a huma­ni­zar el sistema de poder que comen­zaba a emer­ger entonces.

Hoy, cuando una compe­tente inves­ti­ga­ción de la Edad Media ha disper­sado estos prejui­cios, pode­mos apre­ciar que los cimien­tos de la Era de las Explo­ra­ciones proce­den de una serie de hallaz­gos técni­cos que comen­za­ron en el siglo XIII, con la intro­duc­ción, desde China, de la brújula magné­tica y la pólvora: de hecho, la socie­dad euro­pea hizo a partir del siglo X una espe­cie de ensayo gene­ral para el periodo veni­dero. El inicio fue la tala de bosques por parte de las órdenes monás­ti­cas y la funda­ción de los prime­ros asen­ta­mien­tos feudales y nuevas ciudades en las fron­te­ras del sur y del este; y los prime­ros colo­nos del Nuevo Mundo, lejos de iniciar una vida nueva, lleva­ron consigo sus insti­tu­ciones típi­ca­mente medie­vales, y siguie­ron con los mismos proce­sos: incluso la cabaña de tron­cos « nortea­me­ri­cana » viene de Suecia. (Véase el capí­tulo « The Medie­val Tradi­tion » de mi libro Sticks and Stones, 1924.)

En este sentido, las sangrien­tas incur­siones y conquis­tas de inva­sores del norte de Europa, que fueron capaces de saquear Irlanda e Ingla­terra, apode­rarse de las islas Orea­das, colo­ni­zar Islan­dia, inva­dir Sici­lia, conquis­tar Normandía y final­mente llegar hasta Persia, supu­sie­ron la primera oleada de los poste­riores proce­sos de conquista y colo­ni­za­ción; y esta­ble­cie­ron un mismo y sangui­na­rio modelo de terror y destruc­ción. Del mismo modo, hay que contem­plar las suce­si­vas cruza­das en Oriente Próximo como las prime­ras mani­fes­ta­ciones del impe­ria­lismo occi­den­tal, que culmi­na­ron en la Cuarta Cruzada. Esta, sin el más mínimo pretexto piadoso o de defensa, se abrió paso para saquear y devas­tar el reino cris­tiano de Bizan­cio. Asimismo, la explo­ra­ción portu­guesa del perí­me­tro de África, que empezó con el prín­cipe Enrique el Nave­gante (1444), creó otro prece­dente inmo­ral, ya que a su regreso trajo los prime­ros escla­vos negros, lo cual supuso la resur­rec­ción de la escla­vi­tud, una insti­tu­ción mori­bunda, junto con la servi­dumbre, en la Europa feudal y urbana; y, a partir de ese momento, españoles, portu­gueses e ingleses expor­ta­ron esta prác­tica inhu­mana al Nuevo Mundo.

En cuanto al mate­rial técnico que hizo posibles estas conquis­tas y expo­lios —arma­du­ras, balles­tas, mosquetes y cañones —, conce­dió a los euro­peos sufi­ciente poder para impo­nerse a los aborí­genes, aún siendo muy infe­riores en número. Sus armas más avan­za­das no sólo respal­da­ron sino que magni­fi­ca­ron su auda­cia desa­brida y su abso­luta falta de compa­sión. Es más, los cómo­dos éxitos obte­ni­dos de este modo refor­za­ron el nuevo complejo de poder que estaba mate­ria­lizán­dose.

Si la explo­ra­ción del Nuevo Mundo no produjo nada compa­rable a las felices expec­ta­ti­vas que se habían alber­gado hasta ese momento —ni siquiera en Nortea­mé­rica, donde las condi­ciones eran más favo­ra­bles— se debió a que los nuevos colo­nos y conquis­ta­dores habían traído, entre sus refi­na­dos uten­si­lios y sus costumbres brutales, dema­sia­das cosas del Viejo Mundo. Lo sorpren­dente es más bien que aquel sueño espe­ran­zado haya podido pervi­vir tanto tiempo, puesto que todavía queda algo de su brillo origi­nal en el destello que ciega los ojos de muchos contem­porá­neos nues­tros, que siguen persi­guiendo las mismas fantasías arcai­cas y planeando viajes aún más remo­tos al espa­cio exte­rior. Los profe­tas de la « era espa­cial » actual, que asegu­ran que la explo­ra­ción plane­ta­ria es una fron­tera inago­table y que los astro­nau­tas son los pione­ros del mañana, proyec­tan un encanto irreal tanto sobre el pasado como, ante todo, sobre el futuro de tales esfuer­zos.

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El colmo de este proceso fue que la creciente venta de indul­gen­cias en el seno de la Igle­sia Cató­lica de Roma, que franqui­ciaba la conce­sión de estas a banque­ros inter­na­cio­nales de acuerdo con los prin­ci­pios del capi­ta­lismo más puro, no hizo más que exten­der una prác­tica que ya era un escán­dalo en tiem­pos de Boccac­cio. De forma más flagrante que cualquier discurso, este sistema dela­taba que desde ese momento ni en el cielo ni en la tierra habría nada que no pudiera comprarse con dinero. Colón enun­ció esta creen­cia en unos térmi­nos que vincu­la­ban el bene­fi­cio econó­mico con el espi­ri­tual: « El oro es exce­lente, del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que eche las ánimas del Paraíso ». No hace falta subrayar este aserto.

Hubo una contra­dic­ción interna desde el prin­ci­pio en la acti­tud del hombre occi­den­tal hacia el Nuevo Mundo: no solo entre el sueño y la impura reali­dad, sino entre el deseo de ampliar la influen­cia de la cris­tian­dad —some­tida al poder real— a leja­nas regiones del globo y la honda insa­tis­fac­ción moti­vada por esas mismas insti­tu­ciones reli­gio­sas y reales en su propia tierra, lo que abri­gaba la espe­ranza de que, al fin, podría inten­tarse un nuevo comienzo en la otra punta del planeta.

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Por un lado, los misio­ne­ros cris­tia­nos trata­ban de conver­tir a los salvajes, a sangre y fuego si hiciera falta, al evan­ge­lio de la paz, la frater­ni­dad y la dicha celes­tial; por otro lado, almas más osadas desea­ban erra­di­car las tradi­ciones y costumbres más opre­si­vas y comen­zar una nueva vida, limando las dife­ren­cias de clase y elimi­nando los bienes super­fluos y el lujo, los privi­le­gios y las distin­ciones, así como las jerarquías. En resu­men, volver a la Edad de Piedra, antes del momento en que cris­ta­li­za­ron las insti­tu­ciones de la civi­li­za­ción de la Edad de Bronce. Y si bien el hemis­fe­rio occi­den­tal estaba habi­tado, y muchas regiones esta­ban culti­va­das con destreza, otras esta­ban tan esca­sa­mente pobla­das que el euro­peo no podía dejar de ver en ellas un conti­nente virgen con el cual habría de enfren­tarse viril­mente. Por una parte los inva­sores euro­peos predi­ca­ban a los idóla­tras nati­vos el evan­ge­lio cris­tiano, los pervertían con licores y los obli­ga­ban a tapar con ropas su desnu­dez y a trabajar en minas hasta una muerte temprana; por otra, el propio pionero asumía la vida del indio nortea­me­ri­cano, adop­taba su vesti­menta de cuero y volvía a la anti­gua economía del Paleolí­tico: cazar, pescar, alimen­tarse de bayas y marisco, disfru­tar del mundo natu­ral y su sole­dad, desa­fiar la ley y el orden de los orto­doxos e incluso, llegado el caso, impro­vi­sar susti­tu­tos brutales para estos últi­mos. La belleza de esa vida libre seguía obse­sio­nando a Audu­bon en su senec­tud. [John James Audu­bon (1785–1851), viajero, ornitó­logo y dibujante nortea­me­ri­cano. (N. del t.)]

En ningún lugar fueron más grandes estas contra­dic­ciones que en Nortea­mé­rica. Los mismos colo­nos que habían quebran­tado su jura­mento de subor­di­na­ción a Ingla­terra y justi­fi­cado su acto en nombre de la liber­tad, la igual­dad y el dere­cho a la feli­ci­dad, mantu­vie­ron la insti­tu­ción de la escla­vi­tud y ejer­cie­ron una presión mili­tar constante sobre los indios, apro­pián­dose de sus tier­ras mediante el uso sistemá­tico de la estafa y la fuerza, en un proceso vergon­zo­sa­mente descrito como « adqui­si­ción » y bende­cido por trata­dos que el gobierno de los Esta­dos Unidos ha roto —y sigue rompien­do— a su antojo.

Pero una para­doja aún más trágica iba a empañar el sueño del Nuevo Mundo y arrui­nar el inicio de esa vida bajo un nuevo sol, pues aquel­las eleva­das civi­li­za­ciones que ya esta­ban esta­ble­ci­das en México, América Central y los Andes no eran nuevas o primi­ti­vas en ningún sentido, ni menos aún repre­sen­ta­ban ideales huma­nos más respe­tables que los que proponían las cultu­ras del Viejo Mundo. Los conquis­ta­dores de México y Perú se encon­tra­ron con una pobla­ción nativa orga­ni­zada con tanta rigi­dez, y tan abso­lu­ta­mente privada de inicia­tiva, que en México, en cuanto su rey Mocte­zuma fue captu­rado y no pudo seguir dando órdenes, ofre­cie­ron poca o ninguna resis­ten­cia a los inva­sores. Es decir, aquí, en el « Nuevo » mundo, funcio­naba el mismo complejo insti­tu­cio­nal que había atena­zado a la civi­li­za­ción desde los orígenes de Egipto y Meso­po­ta­mia: escla­vi­tud, castas, guerra, monarquía divina e incluso sacri­fi­cios reli­gio­sos de vícti­mas huma­nas en altares; a veces, como en el caso de los azte­cas, a una escala pavo­rosa. Polí­ti­ca­mente hablando, el impe­ria­lismo occi­den­tal llovía sobre mojado [i.e. La civi­li­za­ción occi­den­tal arrasó con pueblos civi­li­za­dos y no civi­li­za­dos (pueblos y tribus diver­sas nóma­das), aquí se habla del encuen­tro entre civi­li­za­dos, de la asimi­la­ción, por la guerra, de una civi­li­za­ción (ej: Azteca, Inca, etc.) por otra (la occi­den­tal), una más destruc­tiva que la ante­rior…].

Como se vería más tarde, el terri­to­rio desco­no­cido en cuya explo­ra­ción fracasó el hombre de Occi­dente fue el conti­nente oscuro de su propia alma, ese autén­tico « corazón de las tinie­blas » que descri­biera Joseph Conrad. Así, por influjo de la distan­cia, se liberó de las conven­ciones del Viejo Mundo, se deshizo de tabúes arcai­cos, de la sabi­duría tradi­cio­nal y de las inhi­bi­ciones reli­gio­sas, y aniquiló cualquier atisbo de humil­dad y amor al prójimo. Allá donde fuera el hombre occi­den­tal, le acom­paña­ban la escla­vi­tud, el expo­lio de tier­ras, la ausen­cia de ley, el etno­ci­dio y el puro exter­mi­nio tanto de bestias como de hombres pací­fi­cos: pues la única fuerza que respe­taría desde ese momento al llegar a un nuevo terri­to­rio —a saber, un enemigo con fuerza sufi­ciente para causarle daño a él— no existía en toda la tierra. Un testigo contem­porá­neo calcu­laba que, media docena de años después de la llegada de Colón, los españoles habían matado a millón y medio de nati­vos.

En su Ensayo sobre la guerra, Emer­son hacía la elocuente obser­va­ción de que el famoso Caven­dish, que en su día era consi­de­rado un buen cris­tiano, le escribía así a lord Huns­don a su regreso de un viaje alre­de­dor del mundo:

« Sept. 1588. Dios Todo­po­de­roso me ha conce­dido la gracia de rodear el globo del mundo, cruzando el estre­cho de Magal­lanes y regre­sando por el cabo de Buena Espe­ranza. En este viaje he descu­bierto y reco­gido testi­mo­nios de todas las regiones ricas del mundo descu­bier­tas por cris­tia­nos. He nave­gado a lo largo de la costa de Chile, Perú y Nueva España, donde he causado gran ruina. Quemé y hundí dieci­nueve navios, grandes y pequeños. He incen­diado y devas­tado todas las aldeas y ciudades en que he desem­bar­cado. Y, si no nos hubie­ran avis­tado en la costa, me habría apode­rado de grandes teso­ros ».

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Explo­ra­dor Thomas Caven­dish

Por cada compa­sivo capitán Cook, que no juzgaba sensato impo­ner a los nati­vos poli­ne­sios el salvaje código penal britá­nico —« que en Ingla­terra se cuelgue a los ladrones no me parecía una razón para ejecu­tar­los en Otaheite »—, había un sinfín de Vasco de Gama, que ahorcó en el palo mayor a sangre fría a los pesca­dores del puerto de las Indias Occi­den­tales que estaba visi­tando —ino­centes a los que había invi­tado amable­mente a subir a su nave— a fin de ater­ro­ri­zar a la pobla­ción que espe­raba en la orilla.

Estas atro­ci­dades se conver­tirían en un estigma de los méto­dos del Nuevo Mundo, y se prolon­ga­ron a lo largo de los siglos junto con los trabajos forza­dos y la escla­vi­tud pura y simple. El trato que recibían los nati­vos del Congo durante el reinado de Leopoldo de Bélgica o los de Sudá­frica bajo el de Verwoerd y sus suce­sores son recor­da­to­rios fosi­li­za­dos de esta bruta­li­dad origi­nal.

Mediante la explo­ra­ción del Nuevo Mundo ganó terreno no solo la escla­vi­tud sino también el geno­ci­dio. Una vez más, esta prác­tica no era desco­no­cida en Europa, pues ya había sido utili­zada con el bene­plá­cito de la Igle­sia contra los herejes albi­genses de Provenza en el siglo XIII, y ha seguido siendo recur­rente, sin susci­tar ninguna reac­ción moral qué estu­viera a la altura de los hechos, hasta nues­tra época, como prue­ban la carni­cería de arme­nios en 1923 por parte de los turcos, la hambruna de millones de campe­si­nos rusos entre 1931 y 1932 indu­cida deli­be­ra­da­mente por Stalin y las matan­zas de judíos y otras nacio­na­li­dades despre­cia­das en la Alema­nia de los años cuarenta, por no hablar de los ataques indis­cri­mi­na­dos contra pobla­ciones urba­nas en la Segunda Guerra Mundial, inicia­das por los alemanes en Varso­via en 1939 y Rotter­dam en 1940, pero que imita­ron con dili­gen­cia los dege­ne­ra­dos líderes de Gran Bretaña y Esta­dos Unidos, en detri­mento de las normas de la guerra acep­ta­das.

Estas prác­ti­cas del Nuevo Mundo (la escla­vi­tud y el geno­ci­dio) forja­ron otro vínculo secreto con la inhu­mana animo­si­dad de la indus­tria mecá­nica a partir del siglo XVI, cuando los obre­ros ya no recibían protec­ción ni de las tradi­ciones feudales ni de los gremios auto-gober­na­dos. La degra­da­ción a que se vieron some­ti­dos niños y mujeres trabajando en las « fábri­cas satá­ni­cas » y las minas de la Ingla­terra de prin­ci­pios del XIX son un mero reflejo de las que se impu­sie­ron durante la expan­sión terri­to­rial del hombre de Occi­dente. En Tasma­nia, por ejem­plo, los colo­ni­za­dores britá­ni­cos orga­ni­za­ban « bati­das » por placer para asesi­nar a los nati­vos super­vi­vientes, que eran, según los estu­dio­sos, un pueblo más primi­tivo que los aborí­genes austra­lia­nos y que debería haber sido preser­vado entre algo­dones en prove­cho de los antropó­lo­gos veni­de­ros. Estas prác­ti­cas eran tan frecuentes, y tan tópico consi­de­rar a los indí­ge­nas como vícti­mas predes­ti­na­das, que incluso Emer­son, por lo gene­ral beni­gno y sensible, llegó a decir resi­gna­da­mente en un poema temprano (1827): Los pieles rojas son pocos, ay, y son endebles. Son pocos, son endebles, y su sino es pasar.

Como conse­cuen­cia de ello, el nuevo conquis­ta­dor no solo destruía todas las cultu­ras que tocaba, ya fueran « primi­ti­vas » o avan­za­das, sino que también arre­ba­taba a sus propios descen­dientes los innu­me­rables dones de arte­sanía y arte, así como un precioso cono­ci­miento que se trans­mitía de pala­bra y desa­pa­recía junto a las lenguas mori­bun­das de pueblos agoni­zantes. Con la extir­pa­ción de las cultu­ras ante­riores se produjo una gran pérdida de cono­ci­mien­tos médi­cos y botá­ni­cos, que consti­tuían muchos mile­nios de cuida­dosa obser­va­ción y expe­ri­men­ta­ción empí­rica, cuyos extra­or­di­na­rios hallaz­gos —como el anti­guo uso que hacían los indios de la rauwol­fia serpen­tina como tranqui­li­zante para las enfer­me­dades menta­les— acaba de empe­zar a apre­ciar, dema­siado tarde, la medi­cina moderna. Durante casi cuatro siglos las rique­zas cultu­rales de todo el planeta yacie­ron a los pies del hombre occi­den­tal y, para su vergüenza, y también para mayor indi­gen­cia suya, su prin­ci­pal preo­cu­pa­ción fue apro­piarse sólo del oro, la plata y los diamantes, de la madera y el cuero, y de algu­nos alimen­tos (maíz y pata­tas) que pudie­ran nutrir a una mayor canti­dad de pobla­ción.

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Tuvie­ron que pasar años para que llega­ran a exhi­birse en Europa por su valor artís­tico obje­tos como los que presentó Mocte­zuma a Carlos I, o por lo menos para que se mostra­sen en los museos ameri­ca­nos de arte. Pero un Alberto Durero no albergó ninguna duda cuando examinó aquella colec­ción española: « Nunca […] he visto nada que infun­diera tanta cali­dez a mi corazón como la visión de estas cosas ». Quienes trans­for­ma­ron estas obras de arte en lingotes de oro no compartían ni su visión ni su entu­siasmo.

Por desgra­cia, el euro­peo llevó la hosti­li­dad que mostraba hacia las cultu­ras nati­vas que iba encon­trando aún más lejos en sus rela­ciones con la tierra. Los inmen­sos espa­cios abier­tos del conti­nente ameri­cano, con todos sus recur­sos vírgenes o apenas utili­za­dos, se consi­de­ra­ron un desafío para su guerra sin cuar­tel de destruc­ción y conquista. Los bosques esta­ban allí para ser tala­dos; las prade­ras, para ser aradas; los marjales, para ser llena­dos; y la vida salvaje, para ser cazada por pura diver­sión, aunque ni siquiera se utili­zara como vesti­dura o alimento.

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Tala de secuoya o secoya gigante [Sequoia­den­dron gigan­teum]

Con dema­siada frecuen­cia, en su acto de « conquis­tar la natu­ra­leza » nues­tros ances­tros trata­ron la tierra con el mismo despre­cio y bruta­li­dad que reser­va­ban para sus habi­tantes origi­nales, erra­di­cando impor­tantes espe­cies animales como el bisonte y la paloma migra­to­ria, hora­dando los suelos en lugar de restau­rar­los anual­mente; e incluso, todavía hoy, inva­diendo las últi­mas zonas vírgenes, precio­sas por el mero hecho de seguir siendo vírgenes, hogar de la vida salvaje y de espí­ri­tus soli­ta­rios. En lugar de ello, las rodea­mos de auto­pis­tas de seis carriles, gaso­li­ne­ras, parques de atrac­ciones y explo­ta­ciones made­re­ras, como en los bosques de secuoyas, o como en Yose­mite o el lago Tahoe; ahora bien, estas regiones primi­ge­nias, una vez profa­na­das, nunca podrán ser ni recu­pe­ra­das ni susti­tui­das plena­mente.

No pretendo enfa­ti­zar el lado nega­tivo de esta gran explo­ra­ción. Si puede pare­cer que lo hago, se debe a que tanto los más anti­guos repre­sen­tantes román­ti­cos de una nueva vida vivida de acuerdo con la Natu­ra­leza como los expo­nentes más tardíos de otra vida distinta en sintonía con la Máquina, desdeña­ron tan abru­ma­dores saqueos y pérdi­das, sedu­ci­dos o bien por la ilusión de que la abun­dan­cia origi­nal era inago­table o bien por que las pérdi­das eran indi­fe­rentes, puesto que el hombre moderno, gracias a la cien­cia y a la inven­tiva, no tardaría en produ­cir un mundo arti­fi­cial infi­ni­ta­mente más mara­villoso que el que ofrecía la natu­ra­leza […] es decir, una ilusión aún más burda. Ambas ideas han sido compar­ti­das por gran parte de la pobla­ción de los Esta­dos Unidos, país en el que conver­gie­ron las dos fases del sueño del Nuevo Mundo; y donde siguen siendo predo­mi­nantes.

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Con todo, las espe­ran­zas tantas veces expre­sa­das a lo largo del siglo XVI, y más tarde idea­li­za­das por el Roman­ti­cismo en el siglo XVIII, no carecían de una base: de hecho, en cierto momento del siglo XIX, en los esta­dos del nordeste, pare­cie­ron estar a punto de reali­zar un nuevo tipo de perso­na­li­dad y de comu­ni­dad que ofre­ciera sus dones a todos sus miem­bros: « a cada uno según sus nece­si­dades; de cada uno según sus capa­ci­dades ».

El Nuevo Mundo, una vez que echa­ron raíces los habi­tantes llega­dos de fuera, había cauti­vado su imagi­na­ción. En toda su vaste­dad, en su varie­dad ecoló­gica, su gama de climas y perfiles fisio­grá­fi­cos, su exube­rante vida salvaje y su tesoro acumu­lado de plan­tas y árboles nutri­ti­vos, el Nuevo Mundo era una tierra de promi­sión; o, más bien, una tierra de muchas prome­sas tanto para el cuerpo como para la mente. Se daba en él una riqueza natu­ral que prometía elimi­nar la anti­gua maldi­ción de la escla­vi­tud y la pobreza, aún antes de que la máquina aliviase la carga del esfuerzo pura­mente físico. Sus costas rebo­sa­ban de pesca; y la caza era tan abun­dante que en las colo­nias fron­te­ri­zas se coti­zaba más alto la carne de buey y de cerdo. Quienes se sentían como en casa en los espa­cios salvajes, como Audu­bon, nunca pasa­ron hambre, pese a la hipo­teca y las deudas. La creen­cia de que una socie­dad mejor era posible azuzó a muchas comu­ni­dades de inmi­grantes, desde los jesuí­tas del Para­guay a los peregri­nos de Massa­chu­setts, y más tarde a los hute­ri­tas de Iowa. Así, casi hasta el final del siglo XIX, el nombre secreto del Nuevo Mundo fue Utopía.

John James Audu­bon

Durante cuatro siglos, los líderes inte­lec­tuales de la nueva explo­ra­ción sondea­ron y saquea­ron todas y cada una de las regiones del globo. Con el capitán Cook o Darwin empren­die­ron viajes largos y difí­ciles, haciendo obser­va­ciones oceá­ni­cas o meteo­roló­gi­cas y sacando a la luz las innu­me­rables mara­villas de la zoología marina; con School­craft, Catlin y Lewis Morgan en América, o con Spen­cer y Gillen en Austra­lia, estu­dia­ron las cultu­ras indí­ge­nas y toma­ron testi­mo­nios gráfi­cos de ellas, aunque ya habían sufrido un grave tras­torno por culpa de la intru­sión del hombre occi­den­tal; con Layard desen­ter­ra­ron « Nínive », y con Stephens dieron a cono­cer, mediante descrip­ciones y dibujos, las prime­ras ruinas mayas de impor­tan­cia; y con Aurel Stein y Raphael Pumpelly volvie­ron a ser cono­ci­das las remo­tas Turquestán y Mongo­lia inter­ior, cunas en su día de cultu­ras flore­cientes.

Aunque esta primera explo­ra­ción fue apre­su­rada y forzo­sa­mente super­fi­cial, destapó formas de vida que se remon­ta­ban hasta un pasado lejano, y arroja­ban luz sobre ciudades olvi­da­das y monu­men­tos desdeña­dos, reve­lando la amplia varie­dad de lenguajes y dialec­tos, que llega­ban a cien­tos incluso en pequeñas regiones como Nueva Guinea, así como los mitos, leyen­das, formas de arte plás­tico y gráfico, siste­mas de nota­ción, rituales, leyes, inter­pre­ta­ciones cósmi­cas y creen­cias reli­gio­sas de la huma­ni­dad. De este modo, durante aquel­los siglos en que los agentes de la unifor­mi­dad mecá­nica maneja­ron con mano de hierro las palan­cas de mando, redu­ciendo o disol­viendo la varie­dad natu­ral en pro de la velo­ci­dad, el poder y el bene­fi­cio econó­mico, estos otros explo­ra­dores se despla­za­ron en un sentido opuesto, y reve­la­ron por vez primera la inmensa varie­dad cultu­ral del hombre: el rico abono de la histo­ria humana, casi compa­rable a la abun­dan­cia y varie­dad origi­nales de la natu­ra­leza.

Awá-guajá, un niño del pueblo Awá con una cría de mono aullador negro, Brasil. (Imagen de Survival)
Awá-guajá, un niño del pueblo de caza­dores-reco­lec­tores “Awá” con una cría de mono aulla­dor negro, Brasil. (Imagen de Survi­val)

Como conse­cuen­cia ines­pe­rada, casi por acci­dente, esta explo­ra­ción mundial en el espa­cio se vio comple­men­tada por una explo­ra­ción en el tiempo con un valor histó­rico equi­va­lente: lo que Jacob Burck­hardt, histo­ria­dor dotado de genio, cali­ficó engaño­sa­mente de « Rena­ci­miento ». La recons­truc­ción de la Antigüe­dad, tanto griega como romana, a partir de los docu­men­tos y monu­men­tos que habían sobre­vi­vido fue un simple inci­dente dentro de una inda­ga­ción mucho más amplia del pasado humano. Así como la explo­ra­ción geográ­fica deshacía las atadu­ras espa­ciales para aden­trarse en un terri­to­rio y una cultura nuevos, estas nuevas explo­ra­ciones tempo­rales hacían lo propio para acer­carse al presente inme­diato: por vez primera, la mente humana empezó a despla­zarse con liber­tad por el pasado y el futuro, selec­cio­nando y esco­giendo, anti­cipán­dose y proyec­tando, eman­ci­pada de la presen­cia tediosa de un omni­pre­sente aquí y ahora. Gracias a la histo­ria natu­ral y cultu­ral, el hombre occi­den­tal descu­brió muchos aspec­tos signi­fi­ca­ti­vos de su natu­ra­leza que hasta ese momento habían sido deja­dos de lado en el ámbito de la inves­ti­ga­ción cientí­fica cuan­ti­ta­tiva. Si la actual gene­ra­ción ha perdido ya la concien­cia de esta libe­ra­ción, se debe a que la cien­cia del siglo XVII encerró dema­siado temprano a la mente en una ideo­logía que negaba la reali­dad de la auto­for­ma­ción bioló­gica y la crea­ti­vi­dad histó­rica.

Aunque otras cultu­ras —como los sume­rios, los mayas y los indios— asocia­ban el destino humano con largos perio­dos de tiempo abstracto en sus respec­ti­vos calen­da­rios, la contri­bu­ción esen­cial del Rena­ci­miento fue poner en contacto el legado acumu­lado de la histo­ria con una varie­dad de logros cultu­rales que influirían en las gene­ra­ciones suce­si­vas. Durante su labor de exhu­ma­ción de esta­tuas, monu­men­tos, edifi­cios y ciudades, mediante la lectura de libros e inscrip­ciones de antaño, y en sus viajes a mundos de ideas aban­do­na­dos desde tiempo atrás, los nuevos explo­ra­dores del pasado se dieron cuenta del poten­cial de su propia exis­ten­cia.

Estos pione­ros de la mente inven­ta­ron una máquina del tiempo aún más asom­brosa que el arti­lu­gio de H. G. Wells.
En un momento en que la imagen del nuevo mundo mecá­nico no dejaba lugar al « tiempo » salvo como una función del movi­miento en el espa­cio, el tiempo histó­rico —la dura­ción, en el sentido de Henri Berg­son, que incluye la persis­ten­cia mediante la copia, la imita­ción y la memo­ria— empezó a desem­peñar un papel consciente en las elec­ciones coti­dia­nas. Si el presente vivo podía trans­for­marse de una forma visible, o por lo menos modi­fi­carse desde una estruc­tura gótica a otra clásica más rígida, el futuro también podría ser remo­de­lado. El tiempo histó­rico podría colo­ni­zarse y culti­varse, y la propia cultura humana se conver­tiría en un arte­facto colec­tivo. Las cien­cias se bene­fi­cia­ron efec­ti­va­mente de esta restau­ra­ción de la histo­ria, gracias al impulso que propi­cia­ron Tales, Demó­crito, Arquí­medes y Herón de Alejan­dría.

El tiempo

Parecía que, por primera vez, el futuro, por muy ines­cru­table que se presen­tase, era más atrac­tivo que el pasado, a medida que lo expe­ri­men­tal y lo nove­doso se imponían sobre lo probado y lo tradi­cio­nal. Hasta un monje como Campa­nella, en el corazón de la Igle­sia, llegaría a expre­sar este nuevo sentido de perfec­ción en una carta a Gali­leo: « La origi­na­li­dad de las viejas verdades, de los nuevos mundos, los nuevos siste­mas y las nuevas naciones consti­tuye el comienzo de una nueva era ».

La fantasía de un « Nuevo Mundo », que iba a adueñarse del hombre occi­den­tal de tan múltiples mane­ras a partir del siglo XV, era, pues, un intento de esca­par del tiempo y de sus efec­tos acumu­la­ti­vos (la tradi­ción y la histo­ria) cambián­dolo por el espa­cio no ocupado. Este ensayo adoptó muchas formas: una, reli­giosa, mediante la ruptura con la Igle­sia esta­ble­cida y sus orto­doxias; otra, utópica, fundando comu­ni­dades nuevas; otra más, aven­tu­rera, con la conquista de nuevas tier­ras; una cuarta, mecá­nica, con la susti­tu­ción de orga­nis­mos por máqui­nas y la trans­for­ma­ción de los cambios orgá­ni­cos, en los que el tiempo deja un rastro perma­nente, por los cambios físi­cos, en los que el tiempo existe solo como desgaste; y, por último, el « Nuevo Mundo » asumió una forma revo­lu­cio­na­ria: un intento de alte­rar las tradi­ciones y los hábi­tos de una gran pobla­ción, en la cual todas estas vías de escape se combi­na­ban más o menos en un único sistema: los nuevos cielo y tierra que nacerían a la exis­ten­cia una vez que se extin­guie­ran la monarquía, el feuda­lismo, el aparato ecle­siás­tico y el capi­ta­lismo.

Esta tenta­tiva de un nuevo comienzo se asen­taba en el senti­miento legí­timo de que a lo largo del desar­rollo humano algo se había torcido en diver­sas ocasiones. En lugar de acep­tar este hecho como un defecto innato e inexo­rable cuyo nombre teoló­gico había sido el de pecado origi­nal, y en vez de some­terse a él como un desi­gnio fatal de los dioses, el hombre occi­den­tal, a medida que crecía su confianza en sí mismo, quiso hacer borrón y cuenta nueva. Y allí está el error, pues para vencer al tiempo, para poder comen­zar de cero, le era impe­ra­tivo no huir de su pasado sino enfren­tarse a él, y revi­vir lite­ral­mente sus propios hitos traumá­ti­cos. Mien­tras todas las gene­ra­ciones no pasen conscien­te­mente por este trámite, exami­nando sus viejas tradi­ciones a la luz de la nueva expe­rien­cia, evaluando y selec­cio­nando cada parte de su propio legado, el hombre no podrá inten­tar nuevos comien­zos. Una mente tras otra han tratado de culmi­nar ese esfuerzo, pero lo han aban­do­nado dema­siado temprano. Así que todavía hoy es una tarea urgente.

“A resul­tas de esto, los maes­tros del gremio cientí­fico, con sus múltiples imita­dores y discí­pu­los, poseen en la actua­li­dad una influen­cia y un poder mayores que los de cualquier otra casta sacer­do­tal del pasado” (Mumford, 2011: 120).

“Así, todo un conjunto de abstrac­ciones metafí­si­cas puso los cimien­tos para una civi­li­za­ción tecnoló­gica en la que la máquina, en el más reciente de sus múltiples avatares, acabaría convir­tién­dose en el ‘poder supre­mo’, un objeto de adora­ción y plei­tesía” (Mumford, 2011: 116).

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Edición; Santiago Perales.

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