Nuevas exploraciones, nuevos mundos: El preludio medieval (por Lewis Mumford)

Este es un extracto del "Capitulo 1 : Nuevas exploraciones, nuevos mundos" del excelente libro "El pentágono del poder" , segundo y último volumen de  "El mito de la máquina" . "Mumford ofrece una explicación histórica completa de las irracionalidades y las devastaciones que han socavado las grandes conquistas de todas las civilizaciones. Y demuestra cómo los imperativos cuantitativos de la técnica moderna —velocidad, producción en masa, automoción, comunicación instantánea y control remoto— han acarreado inevitablemente la contaminación, los deshechos, las perturbaciones ecológicas y el exterminio de seres humanos en una escala inconcebible con anterioridad".

El preludio medieval

[…] Desde luego, la imagen que tenían los cosmógrafos griegos de la tierra como un globo ya era conocida, cuando no aceptada de forma general, antes del siglo xv; y es elocuente que el modelo abstracto del nuevo mundo mecánico se representara en líneas de latitud y longitud en mapas del mismo siglo, mucho antes de 1492. Los pintores del Renacimiento, una centuria antes de Descartes, habían empezado a contemplar el mundo a través de un conjunto de coordenadas precartesianas, trazando con precisión en el lienzo la relación entre objetos cercanos y lejanos; una relación que venía definida por planos que se alejan en el espacio.

Por su parte, Colón, aunque no fue ni mucho menos un líder intelectual, dominaba los medios científicos suficientes para concebir semejante viaje y asegurar su regreso mediante el astro- labio, la brújula magnética y las cartas de navegación de la época; medios que le otorgaron la confianza necesaria para iniciar una travesía ardua y mantener el rumbo ante una tripulación recelosa. Así, mucho antes de los cambios en la industria que acarrearían el carbón y el hierro, la máquina de vapor y el telar automático, estos tempranos avances técnicos — que, al igual que la extensión en el uso de los molinos de viento y de agua, tuvieron su origen en la Edad Media — ya habían causado un cambio de mayor alcance en la mente humana. La reciente costumbre de datar este cambio cultural a partir del siglo XVII denota provincianismo y una ausencia de información técnica y de perspicacia por parte de los historiadores. Nunca dejó de producirse un intercambio persistente y fructífero entre estos dos ámbitos desde el siglo XIII.

Nuestra visión actual tanto de los dos nuevos mundos, el terrestre y el mecánico, ha sufrido las fantasiosas falsificaciones de los líderes de la Ilustración del siglo XVIII, con sus obtusos prejuicios religiosos. Pensadores como Voltaire y Diderot, que juzgaron las instituciones medievales a partir de los decadentes vestigios de su tiempo, daban por hecho que la Edad Media había sido un periodo de ignorancia y superstición tenaz; y, en su afán por derrocar la influencia de la Iglesia establecida, convirtieron la Alta Edad Media, una de las grandes épocas de la cultura europea, en un relato de terror neogótico, convencidos de que hasta su propia época no se había dado ningún progreso real. Esta obsesión antigótica derivó no sólo en una devaluación de los logros medievales, sino también en la destrucción pura y simple de edificios e instituciones que, de haber sido preservados y renovados, podrían haber contribuido a humanizar el sistema de poder que comenzaba a emerger entonces.

Hoy, cuando una competente investigación de la Edad Media ha dispersado estos prejuicios, podemos apreciar que los cimientos de la Era de las Exploraciones proceden de una serie de hallazgos técnicos que comenzaron en el siglo XIII, con la introducción, desde China, de la brújula magnética y la pólvora: de hecho, la sociedad europea hizo a partir del siglo X una especie de ensayo general para el periodo venidero. El inicio fue la tala de bosques por parte de las órdenes monásticas y la fundación de los primeros asentamientos feudales y nuevas ciudades en las fronteras del sur y del este; y los primeros colonos del Nuevo Mundo, lejos de iniciar una vida nueva, llevaron consigo sus instituciones típicamente medievales, y siguieron con los mismos procesos: incluso la cabaña de troncos «norteamericana» viene de Suecia. (Véase el capítulo «The Medieval Tradition» de mi libro Sticks and Stones, 1924.)

En este sentido, las sangrientas incursiones y conquistas de invasores del norte de Europa, que fueron capaces de saquear Irlanda e Inglaterra, apoderarse de las islas Oreadas, colonizar Islandia, invadir Sicilia, conquistar Normandía y finalmente llegar hasta Persia, supusieron la primera oleada de los posteriores procesos de conquista y colonización; y establecieron un mismo y sanguinario modelo de terror y destrucción. Del mismo modo, hay que contemplar las sucesivas cruzadas en Oriente Próximo como las primeras manifestaciones del imperialismo occidental, que culminaron en la Cuarta Cruzada. Esta, sin el más mínimo pretexto piadoso o de defensa, se abrió paso para saquear y devastar el reino cristiano de Bizancio. Asimismo, la exploración portuguesa del perímetro de África, que empezó con el príncipe Enrique el Navegante (1444), creó otro precedente inmoral, ya que a su regreso trajo los primeros esclavos negros, lo cual supuso la resurrección de la esclavitud, una institución moribunda, junto con la servidumbre, en la Europa feudal y urbana; y, a partir de ese momento, españoles, portugueses e ingleses exportaron esta práctica inhumana al Nuevo Mundo.

En cuanto al material técnico que hizo posibles estas conquistas y expolios —armaduras, ballestas, mosquetes y cañones —, concedió a los europeos suficiente poder para imponerse a los aborígenes, aún siendo muy inferiores en número. Sus armas más avanzadas no sólo respaldaron sino que magnificaron su audacia desabrida y su absoluta falta de compasión. Es más, los cómodos éxitos obtenidos de este modo reforzaron el nuevo complejo de poder que estaba materializándose.

Si la exploración del Nuevo Mundo no produjo nada comparable a las felices expectativas que se habían albergado hasta ese momento —ni siquiera en Norteamérica, donde las condiciones eran más favorables— se debió a que los nuevos colonos y conquistadores habían traído, entre sus refinados utensilios y sus costumbres brutales, demasiadas cosas del Viejo Mundo. Lo sorprendente es más bien que aquel sueño esperanzado haya podido pervivir tanto tiempo, puesto que todavía queda algo de su brillo original en el destello que ciega los ojos de muchos contemporáneos nuestros, que siguen persiguiendo las mismas fantasías arcaicas y planeando viajes aún más remotos al espacio exterior. Los profetas de la «era espacial» actual, que aseguran que la exploración planetaria es una frontera inagotable y que los astronautas son los pioneros del mañana, proyectan un encanto irreal tanto sobre el pasado como, ante todo, sobre el futuro de tales esfuerzos.

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El colmo de este proceso fue que la creciente venta de indulgencias en el seno de la Iglesia Católica de Roma, que franquiciaba la concesión de estas a banqueros internacionales de acuerdo con los principios del capitalismo más puro, no hizo más que extender una práctica que ya era un escándalo en tiempos de Boccaccio. De forma más flagrante que cualquier discurso, este sistema delataba que desde ese momento ni en el cielo ni en la tierra habría nada que no pudiera comprarse con dinero. Colón enunció esta creencia en unos términos que vinculaban el beneficio económico con el espiritual: «El oro es excelente, del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que eche las ánimas del Paraíso». No hace falta subrayar este aserto.

Hubo una contradicción interna desde el principio en la actitud del hombre occidental hacia el Nuevo Mundo: no solo entre el sueño y la impura realidad, sino entre el deseo de ampliar la influencia de la cristiandad —sometida al poder real— a lejanas regiones del globo y la honda insatisfacción motivada por esas mismas instituciones religiosas y reales en su propia tierra, lo que abrigaba la esperanza de que, al fin, podría intentarse un nuevo comienzo en la otra punta del planeta.

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Por un lado, los misioneros cristianos trataban de convertir a los salvajes, a sangre y fuego si hiciera falta, al evangelio de la paz, la fraternidad y la dicha celestial; por otro lado, almas más osadas deseaban erradicar las tradiciones y costumbres más opresivas y comenzar una nueva vida, limando las diferencias de clase y eliminando los bienes superfluos y el lujo, los privilegios y las distinciones, así como las jerarquías. En resumen, volver a la Edad de Piedra, antes del momento en que cristalizaron las instituciones de la civilización de la Edad de Bronce. Y si bien el hemisferio occidental estaba habitado, y muchas regiones estaban cultivadas con destreza, otras estaban tan escasamente pobladas que el europeo no podía dejar de ver en ellas un continente virgen con el cual habría de enfrentarse virilmente. Por una parte los invasores europeos predicaban a los idólatras nativos el evangelio cristiano, los pervertían con licores y los obligaban a tapar con ropas su desnudez y a trabajar en minas hasta una muerte temprana; por otra, el propio pionero asumía la vida del indio norteamericano, adoptaba su vestimenta de cuero y volvía a la antigua economía del Paleolítico: cazar, pescar, alimentarse de bayas y marisco, disfrutar del mundo natural y su soledad, desafiar la ley y el orden de los ortodoxos e incluso, llegado el caso, improvisar sustitutos brutales para estos últimos. La belleza de esa vida libre seguía obsesionando a Audubon en su senectud. [John James Audubon (1785-1851), viajero, ornitólogo y dibujante norteamericano. (N. del t.)]

En ningún lugar fueron más grandes estas contradicciones que en Norteamérica. Los mismos colonos que habían quebrantado su juramento de subordinación a Inglaterra y justificado su acto en nombre de la libertad, la igualdad y el derecho a la felicidad, mantuvieron la institución de la esclavitud y ejercieron una presión militar constante sobre los indios, apropiándose de sus tierras mediante el uso sistemático de la estafa y la fuerza, en un proceso vergonzosamente descrito como «adquisición» y bendecido por tratados que el gobierno de los Estados Unidos ha roto —y sigue rompiendo— a su antojo.

Pero una paradoja aún más trágica iba a empañar el sueño del Nuevo Mundo y arruinar el inicio de esa vida bajo un nuevo sol, pues aquellas elevadas civilizaciones que ya estaban establecidas en México, América Central y los Andes no eran nuevas o primitivas en ningún sentido, ni menos aún representaban ideales humanos más respetables que los que proponían las culturas del Viejo Mundo. Los conquistadores de México y Perú se encontraron con una población nativa organizada con tanta rigidez, y tan absolutamente privada de iniciativa, que en México, en cuanto su rey Moctezuma fue capturado y no pudo seguir dando órdenes, ofrecieron poca o ninguna resistencia a los invasores. Es decir, aquí, en el «Nuevo» mundo, funcionaba el mismo complejo institucional que había atenazado a la civilización desde los orígenes de Egipto y Mesopotamia: esclavitud, castas, guerra, monarquía divina e incluso sacrificios religiosos de víctimas humanas en altares; a veces, como en el caso de los aztecas, a una escala pavorosa. Políticamente hablando, el imperialismo occidental llovía sobre mojado [i.e. La civilización occidental arrasó con pueblos civilizados y no civilizados (pueblos y tribus diversas nómadas), aquí se habla del encuentro entre civilizados, de la asimilación, por la guerra, de una civilización (ej: Azteca, Inca, etc.) por otra (la occidental), una más destructiva que la anterior…].

Como se vería más tarde, el territorio desconocido en cuya exploración fracasó el hombre de Occidente fue el continente oscuro de su propia alma, ese auténtico «corazón de las tinieblas» que describiera Joseph Conrad. Así, por influjo de la distancia, se liberó de las convenciones del Viejo Mundo, se deshizo de tabúes arcaicos, de la sabiduría tradicional y de las inhibiciones religiosas, y aniquiló cualquier atisbo de humildad y amor al prójimo. Allá donde fuera el hombre occidental, le acompañaban la esclavitud, el expolio de tierras, la ausencia de ley, el etnocidio y el puro exterminio tanto de bestias como de hombres pacíficos: pues la única fuerza que respetaría desde ese momento al llegar a un nuevo territorio —a saber, un enemigo con fuerza suficiente para causarle daño a él— no existía en toda la tierra. Un testigo contemporáneo calculaba que, media docena de años después de la llegada de Colón, los españoles habían matado a millón y medio de nativos.

En su Ensayo sobre la guerra, Emerson hacía la elocuente observación de que el famoso Cavendish, que en su día era considerado un buen cristiano, le escribía así a lord Hunsdon a su regreso de un viaje alrededor del mundo:

«Sept. 1588. Dios Todopoderoso me ha concedido la gracia de rodear el globo del mundo, cruzando el estrecho de Magallanes y regresando por el cabo de Buena Esperanza. En este viaje he descubierto y recogido testimonios de todas las regiones ricas del mundo descubiertas por cristianos. He navegado a lo largo de la costa de Chile, Perú y Nueva España, donde he causado gran ruina. Quemé y hundí diecinueve navios, grandes y pequeños. He incendiado y devastado todas las aldeas y ciudades en que he desembarcado. Y, si no nos hubieran avistado en la costa, me habría apoderado de grandes tesoros».

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Por cada compasivo capitán Cook, que no juzgaba sensato imponer a los nativos polinesios el salvaje código penal británico —«que en Inglaterra se cuelgue a los ladrones no me parecía una razón para ejecutarlos en Otaheite»—, había un sinfín de Vasco de Gama, que ahorcó en el palo mayor a sangre fría a los pescadores del puerto de las Indias Occidentales que estaba visitando —inocentes a los que había invitado amablemente a subir a su nave— a fin de aterrorizar a la población que esperaba en la orilla.

Estas atrocidades se convertirían en un estigma de los métodos del Nuevo Mundo, y se prolongaron a lo largo de los siglos junto con los trabajos forzados y la esclavitud pura y simple. El trato que recibían los nativos del Congo durante el reinado de Leopoldo de Bélgica o los de Sudáfrica bajo el de Verwoerd y sus sucesores son recordatorios fosilizados de esta brutalidad original.

Mediante la exploración del Nuevo Mundo ganó terreno no solo la esclavitud sino también el genocidio. Una vez más, esta práctica no era desconocida en Europa, pues ya había sido utilizada con el beneplácito de la Iglesia contra los herejes albigenses de Provenza en el siglo XIII, y ha seguido siendo recurrente, sin suscitar ninguna reacción moral qué estuviera a la altura de los hechos, hasta nuestra época, como prueban la carnicería de armenios en 1923 por parte de los turcos, la hambruna de millones de campesinos rusos entre 1931 y 1932 inducida deliberadamente por Stalin y las matanzas de judíos y otras nacionalidades despreciadas en la Alemania de los años cuarenta, por no hablar de los ataques indiscriminados contra poblaciones urbanas en la Segunda Guerra Mundial, iniciadas por los alemanes en Varsovia en 1939 y Rotterdam en 1940, pero que imitaron con diligencia los degenerados líderes de Gran Bretaña y Estados Unidos, en detrimento de las normas de la guerra aceptadas.

Estas prácticas del Nuevo Mundo (la esclavitud y el genocidio) forjaron otro vínculo secreto con la inhumana animosidad de la industria mecánica a partir del siglo XVI, cuando los obreros ya no recibían protección ni de las tradiciones feudales ni de los gremios auto-gobernados. La degradación a que se vieron sometidos niños y mujeres trabajando en las «fábricas satánicas» y las minas de la Inglaterra de principios del XIX son un mero reflejo de las que se impusieron durante la expansión territorial del hombre de Occidente. En Tasmania, por ejemplo, los colonizadores británicos organizaban «batidas» por placer para asesinar a los nativos supervivientes, que eran, según los estudiosos, un pueblo más primitivo que los aborígenes australianos y que debería haber sido preservado entre algodones en provecho de los antropólogos venideros. Estas prácticas eran tan frecuentes, y tan tópico considerar a los indígenas como víctimas predestinadas, que incluso Emerson, por lo general benigno y sensible, llegó a decir resignadamente en un poema temprano (1827): Los pieles rojas son pocos, ay, y son endebles. Son pocos, son endebles, y su sino es pasar.

Como consecuencia de ello, el nuevo conquistador no solo destruía todas las culturas que tocaba, ya fueran «primitivas» o avanzadas, sino que también arrebataba a sus propios descendientes los innumerables dones de artesanía y arte, así como un precioso conocimiento que se transmitía de palabra y desaparecía junto a las lenguas moribundas de pueblos agonizantes. Con la extirpación de las culturas anteriores se produjo una gran pérdida de conocimientos médicos y botánicos, que constituían muchos milenios de cuidadosa observación y experimentación empírica, cuyos extraordinarios hallazgos —como el antiguo uso que hacían los indios de la rauwolfia serpentina como tranquilizante para las enfermedades mentales— acaba de empezar a apreciar, demasiado tarde, la medicina moderna. Durante casi cuatro siglos las riquezas culturales de todo el planeta yacieron a los pies del hombre occidental y, para su vergüenza, y también para mayor indigencia suya, su principal preocupación fue apropiarse sólo del oro, la plata y los diamantes, de la madera y el cuero, y de algunos alimentos (maíz y patatas) que pudieran nutrir a una mayor cantidad de población.

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Tuvieron que pasar años para que llegaran a exhibirse en Europa por su valor artístico objetos como los que presentó Moctezuma a Carlos I, o por lo menos para que se mostrasen en los museos americanos de arte. Pero un Alberto Durero no albergó ninguna duda cuando examinó aquella colección española: «Nunca […] he visto nada que infundiera tanta calidez a mi corazón como la visión de estas cosas». Quienes transformaron estas obras de arte en lingotes de oro no compartían ni su visión ni su entusiasmo.

Por desgracia, el europeo llevó la hostilidad que mostraba hacia las culturas nativas que iba encontrando aún más lejos en sus relaciones con la tierra. Los inmensos espacios abiertos del continente americano, con todos sus recursos vírgenes o apenas utilizados, se consideraron un desafío para su guerra sin cuartel de destrucción y conquista. Los bosques estaban allí para ser talados; las praderas, para ser aradas; los marjales, para ser llenados; y la vida salvaje, para ser cazada por pura diversión, aunque ni siquiera se utilizara como vestidura o alimento.

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Tala de secuoya o secoya gigante [Sequoiadendron giganteum]

Con demasiada frecuencia, en su acto de «conquistar la naturaleza» nuestros ancestros trataron la tierra con el mismo desprecio y brutalidad que reservaban para sus habitantes originales, erradicando importantes especies animales como el bisonte y la paloma migratoria, horadando los suelos en lugar de restaurarlos anualmente; e incluso, todavía hoy, invadiendo las últimas zonas vírgenes, preciosas por el mero hecho de seguir siendo vírgenes, hogar de la vida salvaje y de espíritus solitarios. En lugar de ello, las rodeamos de autopistas de seis carriles, gasolineras, parques de atracciones y explotaciones madereras, como en los bosques de secuoyas, o como en Yosemite o el lago Tahoe; ahora bien, estas regiones primigenias, una vez profanadas, nunca podrán ser ni recuperadas ni sustituidas plenamente.

No pretendo enfatizar el lado negativo de esta gran exploración. Si puede parecer que lo hago, se debe a que tanto los más antiguos representantes románticos de una nueva vida vivida de acuerdo con la Naturaleza como los exponentes más tardíos de otra vida distinta en sintonía con la Máquina, desdeñaron tan abrumadores saqueos y pérdidas, seducidos o bien por la ilusión de que la abundancia original era inagotable o bien por que las pérdidas eran indiferentes, puesto que el hombre moderno, gracias a la ciencia y a la inventiva, no tardaría en producir un mundo artificial infinitamente más maravilloso que el que ofrecía la naturaleza […] es decir, una ilusión aún más burda. Ambas ideas han sido compartidas por gran parte de la población de los Estados Unidos, país en el que convergieron las dos fases del sueño del Nuevo Mundo; y donde siguen siendo predominantes.

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Con todo, las esperanzas tantas veces expresadas a lo largo del siglo XVI, y más tarde idealizadas por el Romanticismo en el siglo XVIII, no carecían de una base: de hecho, en cierto momento del siglo XIX, en los estados del nordeste, parecieron estar a punto de realizar un nuevo tipo de personalidad y de comunidad que ofreciera sus dones a todos sus miembros: «a cada uno según sus necesidades; de cada uno según sus capacidades».

El Nuevo Mundo, una vez que echaron raíces los habitantes llegados de fuera, había cautivado su imaginación. En toda su vastedad, en su variedad ecológica, su gama de climas y perfiles fisiográficos, su exuberante vida salvaje y su tesoro acumulado de plantas y árboles nutritivos, el Nuevo Mundo era una tierra de promisión; o, más bien, una tierra de muchas promesas tanto para el cuerpo como para la mente. Se daba en él una riqueza natural que prometía eliminar la antigua maldición de la esclavitud y la pobreza, aún antes de que la máquina aliviase la carga del esfuerzo puramente físico. Sus costas rebosaban de pesca; y la caza era tan abundante que en las colonias fronterizas se cotizaba más alto la carne de buey y de cerdo. Quienes se sentían como en casa en los espacios salvajes, como Audubon, nunca pasaron hambre, pese a la hipoteca y las deudas. La creencia de que una sociedad mejor era posible azuzó a muchas comunidades de inmigrantes, desde los jesuítas del Paraguay a los peregrinos de Massachusetts, y más tarde a los huteritas de Iowa. Así, casi hasta el final del siglo XIX, el nombre secreto del Nuevo Mundo fue Utopía.

John James Audubon

Durante cuatro siglos, los líderes intelectuales de la nueva exploración sondearon y saquearon todas y cada una de las regiones del globo. Con el capitán Cook o Darwin emprendieron viajes largos y difíciles, haciendo observaciones oceánicas o meteorológicas y sacando a la luz las innumerables maravillas de la zoología marina; con Schoolcraft, Catlin y Lewis Morgan en América, o con Spencer y Gillen en Australia, estudiaron las culturas indígenas y tomaron testimonios gráficos de ellas, aunque ya habían sufrido un grave trastorno por culpa de la intrusión del hombre occidental; con Layard desenterraron «Nínive», y con Stephens dieron a conocer, mediante descripciones y dibujos, las primeras ruinas mayas de importancia; y con Aurel Stein y Raphael Pumpelly volvieron a ser conocidas las remotas Turquestán y Mongolia interior, cunas en su día de culturas florecientes.

Aunque esta primera exploración fue apresurada y forzosamente superficial, destapó formas de vida que se remontaban hasta un pasado lejano, y arrojaban luz sobre ciudades olvidadas y monumentos desdeñados, revelando la amplia variedad de lenguajes y dialectos, que llegaban a cientos incluso en pequeñas regiones como Nueva Guinea, así como los mitos, leyendas, formas de arte plástico y gráfico, sistemas de notación, rituales, leyes, interpretaciones cósmicas y creencias religiosas de la humanidad. De este modo, durante aquellos siglos en que los agentes de la uniformidad mecánica manejaron con mano de hierro las palancas de mando, reduciendo o disolviendo la variedad natural en pro de la velocidad, el poder y el beneficio económico, estos otros exploradores se desplazaron en un sentido opuesto, y revelaron por vez primera la inmensa variedad cultural del hombre: el rico abono de la historia humana, casi comparable a la abundancia y variedad originales de la naturaleza.

Awá-guajá, un niño del pueblo Awá con una cría de mono aullador negro, Brasil. (Imagen de Survival)

Awá-guajá, un niño del pueblo de cazadores-recolectores “Awá” con una cría de mono aullador negro, Brasil. (Imagen de Survival)

Como consecuencia inesperada, casi por accidente, esta exploración mundial en el espacio se vio complementada por una exploración en el tiempo con un valor histórico equivalente: lo que Jacob Burckhardt, historiador dotado de genio, calificó engañosamente de «Renacimiento». La reconstrucción de la Antigüedad, tanto griega como romana, a partir de los documentos y monumentos que habían sobrevivido fue un simple incidente dentro de una indagación mucho más amplia del pasado humano. Así como la exploración geográfica deshacía las ataduras espaciales para adentrarse en un territorio y una cultura nuevos, estas nuevas exploraciones temporales hacían lo propio para acercarse al presente inmediato: por vez primera, la mente humana empezó a desplazarse con libertad por el pasado y el futuro, seleccionando y escogiendo, anticipándose y proyectando, emancipada de la presencia tediosa de un omnipresente aquí y ahora. Gracias a la historia natural y cultural, el hombre occidental descubrió muchos aspectos significativos de su naturaleza que hasta ese momento habían sido dejados de lado en el ámbito de la investigación científica cuantitativa. Si la actual generación ha perdido ya la conciencia de esta liberación, se debe a que la ciencia del siglo XVII encerró demasiado temprano a la mente en una ideología que negaba la realidad de la autoformación biológica y la creatividad histórica.

Aunque otras culturas —como los sumerios, los mayas y los indios— asociaban el destino humano con largos periodos de tiempo abstracto en sus respectivos calendarios, la contribución esencial del Renacimiento fue poner en contacto el legado acumulado de la historia con una variedad de logros culturales que influirían en las generaciones sucesivas. Durante su labor de exhumación de estatuas, monumentos, edificios y ciudades, mediante la lectura de libros e inscripciones de antaño, y en sus viajes a mundos de ideas abandonados desde tiempo atrás, los nuevos exploradores del pasado se dieron cuenta del potencial de su propia existencia.

Estos pioneros de la mente inventaron una máquina del tiempo aún más asombrosa que el artilugio de H. G. Wells.
En un momento en que la imagen del nuevo mundo mecánico no dejaba lugar al «tiempo» salvo como una función del movimiento en el espacio, el tiempo histórico —la duración, en el sentido de Henri Bergson, que incluye la persistencia mediante la copia, la imitación y la memoria— empezó a desempeñar un papel consciente en las elecciones cotidianas. Si el presente vivo podía transformarse de una forma visible, o por lo menos modificarse desde una estructura gótica a otra clásica más rígida, el futuro también podría ser remodelado. El tiempo histórico podría colonizarse y cultivarse, y la propia cultura humana se convertiría en un artefacto colectivo. Las ciencias se beneficiaron efectivamente de esta restauración de la historia, gracias al impulso que propiciaron Tales, Demócrito, Arquímedes y Herón de Alejandría.

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Parecía que, por primera vez, el futuro, por muy inescrutable que se presentase, era más atractivo que el pasado, a medida que lo experimental y lo novedoso se imponían sobre lo probado y lo tradicional. Hasta un monje como Campanella, en el corazón de la Iglesia, llegaría a expresar este nuevo sentido de perfección en una carta a Galileo: «La originalidad de las viejas verdades, de los nuevos mundos, los nuevos sistemas y las nuevas naciones constituye el comienzo de una nueva era».

La fantasía de un «Nuevo Mundo», que iba a adueñarse del hombre occidental de tan múltiples maneras a partir del siglo XV, era, pues, un intento de escapar del tiempo y de sus efectos acumulativos (la tradición y la historia) cambiándolo por el espacio no ocupado. Este ensayo adoptó muchas formas: una, religiosa, mediante la ruptura con la Iglesia establecida y sus ortodoxias; otra, utópica, fundando comunidades nuevas; otra más, aventurera, con la conquista de nuevas tierras; una cuarta, mecánica, con la sustitución de organismos por máquinas y la transformación de los cambios orgánicos, en los que el tiempo deja un rastro permanente, por los cambios físicos, en los que el tiempo existe solo como desgaste; y, por último, el «Nuevo Mundo» asumió una forma revolucionaria: un intento de alterar las tradiciones y los hábitos de una gran población, en la cual todas estas vías de escape se combinaban más o menos en un único sistema: los nuevos cielo y tierra que nacerían a la existencia una vez que se extinguieran la monarquía, el feudalismo, el aparato eclesiástico y el capitalismo.

Esta tentativa de un nuevo comienzo se asentaba en el sentimiento legítimo de que a lo largo del desarrollo humano algo se había torcido en diversas ocasiones. En lugar de aceptar este hecho como un defecto innato e inexorable cuyo nombre teológico había sido el de pecado original, y en vez de someterse a él como un designio fatal de los dioses, el hombre occidental, a medida que crecía su confianza en sí mismo, quiso hacer borrón y cuenta nueva. Y allí está el error, pues para vencer al tiempo, para poder comenzar de cero, le era imperativo no huir de su pasado sino enfrentarse a él, y revivir literalmente sus propios hitos traumáticos. Mientras todas las generaciones no pasen conscientemente por este trámite, examinando sus viejas tradiciones a la luz de la nueva experiencia, evaluando y seleccionando cada parte de su propio legado, el hombre no podrá intentar nuevos comienzos. Una mente tras otra han tratado de culminar ese esfuerzo, pero lo han abandonado demasiado temprano. Así que todavía hoy es una tarea urgente.

“A resultas de esto, los maestros del gremio científico, con sus múltiples imitadores y discípulos, poseen en la actualidad una influencia y un poder mayores que los de cualquier otra casta sacerdotal del pasado” (Mumford, 2011: 120).

“Así, todo un conjunto de abstracciones metafísicas puso los cimientos para una civilización tecnológica en la que la máquina, en el más reciente de sus múltiples avatares, acabaría convirtiéndose en el ‘poder supremo’, un objeto de adoración y pleitesía” (Mumford, 2011: 116).

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Edición; Santiago Perales.

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