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Lecciones de Economía de la Edad de Piedra (por Jerry Mander)
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Traducción del capitulo intitulado "Lessons in Stone-Age Economics" del libro de Jerry Mander "In the Absence of the Sacred: The Failure of Technology and the Survival of the Indian Nations". 

Si lo de que lleva­mos el don de la demo­cra­cia a los terri­to­rios indí­ge­nas es una false­dad desti­nada a justi­fi­car la agre­sión de la que los occi­den­tales les hace­mos objeto, otra justi­fi­ca­ción igual­mente falaz es que lleva­mos allí los medios nece­sa­rios para libe­rarse del trabajo pesado y agota­dor.

Según nues­tra mito­logía, los pueblos nati­vos sopor­tan la tremenda opre­sión de la « economía de subsis­ten­cia », término que con su simple formu­la­ción evoca senti­mien­tos de piedad e imágenes de mise­ria. Nues­tras máqui­nas, nues­tra tecno­logía y nues­tros siste­mas de orga­ni­za­ción econó­mica super­iores permi­ten libe­rarse del trabajo agota­dor, apor­tan una posi­bi­li­dad de ocio y protec­ción contra la arbi­tra­rie­dad de los ciclos natu­rales. Los pueblos pre-tecnoló­gi­cos, que viven al día buscando sin cesar alimen­tos y protec­ción frente a los elemen­tos, nece­si­tan y desean lo que aporta la socie­dad occi­den­tal. Eso es lo que se dice.

Teniendo en cuenta esta lógica, la mayoría de los occi­den­tales se sorpren­den al saber que los pueblos indí­ge­nas de la tierra no desean en su mayoría subirse a la máquina econó­mica occi­den­tal. Alegan que sus méto­dos tradi­cio­nales les han servido durante mile­nios y que los nues­tros están desti­na­dos al fracaso. Estas opiniones apare­cen en el libro del jurista cana­diense Thomas R. Berger Village Jour­ney, que describe un viaje por las comu­ni­dades de Alaska que afron­tan la arre­me­tida de las economías occi­den­tales. El libro de Berger presenta amplios testi­mo­nios de nati­vos de Alaska que se oponen al modelo econó­mico occi­den­tal.

Suzy Erlich de Kotze­bue, Alaska:

Perte­nezco a una fami­lia de subsis­ten­cia. Así crecí. Me enor­gul­lezco de ello. Quiero que-mis hijos crez­can igual. Nos da fuerza como Iñupiat. No es lo mismo que ir a la tienda. Nues­tra tienda de comes­tibles tiene una exten­sión de millones de hectá­reas y eso nos enor­gul­lece.

Bobby Wells de Kotze­bue, Alaska:

Recuerdo a nues­tros padres, cómo sobre­vivían en este mundo, con los venda­vales, las tempe­ra­tu­ras géli­das […] Apren­die­ron a compar­tir las cosas, a ayudarse unos a otros […] Ahora lucha­mos por sobre­vi­vir entre gente dife­rente, entre dife­rentes razas de esta civi­li­za­ción occi­den­tal. ¿Qué tiene que ofre­cer esta civi­li­za­ción occi­den­tal? Nego­cios.

Alice Solo­mon de Barrow, Alaska:

La gente es feliz […] han cazado una ballena. Están real­mente emocio­na­dos, y hasta lo más hondo, muy profun­da­mente. Y cuando entras en la casa de los que pesca­ron la ballena, ves esa feli­ci­dad, esa emoción, ese llorar de alegría, porque están conten­tos de haber reci­bido semejante don.

Los occi­den­tales suelen pasar por alto opiniones como éstas en las conta­das ocasiones en que las oyen (uno de los temas del libro de Berger es que a los indí­ge­nas casi nunca se les consulta). Además, esta­mos tan abso­lu­ta­mente conven­ci­dos de la vali­dez del proyecto tecnoló­gico occi­den­tal que quere­mos « mejo­rar » las condi­ciones de los indí­ge­nas a toda costa, incluso contra su volun­tad.

Y así ha sido durante siglos. Los plan­tea­mien­tos occi­den­tales no han cambiado mucho en este aspecto desde el siglo XVII. Nues­tra idea de super­io­ri­dad justi­fica la conti­nua expan­sión de nues­tro sistema econó­mico, de las explo­ta­ciones mine­ras, de la defo­res­ta­ción y de la pavi­men­ta­ción del mundo natu­ral y no senti­mos culpa­bi­li­dad alguna por los terri­to­rios de los pueblos indí­ge­nas que destrui­mos al hacerlo. Nues­tra mito­logía lo apoya, nues­tro sistema econó­mico se basa en ello, y nues­tras insti­tu­ciones finan­cie­ras (desde el banco local hasta el Banco Mundial) procu­ran por todos los medios que esos méto­dos continúen.

El sistema nunca pone en tela de juicio estos asun­tos. Sólo las recientes campañas de grupos como Rain­fo­rest Action Network y Earth First!* han empe­zado a oponerse a esas acti­tudes y a esos proce­di­mien­tos. Pero si nues­tra socie­dad cues­tio­nara real­mente alguna vez sus hipó­te­sis sobre la viabi­li­dad de las economías autóc­to­nas y pregun­tara a la gente de esas socie­dades qué opinan de ellas, sin duda tendría­mos que recon­si­de­rar nues­tras opiniones.

“Corto­me­traje animado que, en tono satí­rico, demole el mito de que impo­ner el “desar­rollo” a los pueblos indí­ge­nas los ayuda.”

OCIO PRETECNOLÓGICO

 

La publi­ca­ción de Stone Age Econo­mics [Economía de la edad de piedra], de Marshall Sahlins en 1972 tendría que haber refu­tado casi todos los para­dig­mas que emplea­mos para defi­nir las ventajas de nues­tra tecno­logía. Sahlins, profe­sor de la Univer­si­dad de Chicago, utiliza la inves­ti­ga­ción de campo de tribus de todo el planeta para demos­trar concre­ta­mente que, en contra de la opinión común, las socie­dades « primi­ti­vas » (sobre todo las comu­ni­dades de caza­dores y reco­lec­tores, como las de Alaska) disfru­ta­ban de « tiempo de ocio » abun­dante, satis­facían sus deseos mate­riales y sus nece­si­dades de super­vi­ven­cia sin dema­siado esfuerzo, no trabaja­ban exce­si­va­mente y elegían volun­ta­ria­mente la « economía de subsis­ten­cia »: no acumu­la­ban exce­dentes deli­be­ra­da­mente.

Sahlins escribe:

« Casi univer­sal­mente parti­da­rios de la tesis de que en el paleolí­tico la exis­ten­cia era dura, nues­tros libros de texto se esfuer­zan en trans­mi­tir una idea de fata­li­dad inmi­nente, que nos hace pregun­tar­nos no sólo cómo podían vivir los caza­dores, sino, en reali­dad, si aquello era vida. » Sahlins enumera algu­nas expre­siones deni­gra­to­rias común­mente emplea­das: « Mera economía de subsis­ten­cia », « ocio limi­tado », « caren­cia de exce­dentes econó­mi­cos », y la nece­si­dad de estas socie­dades de sobre­vi­vir invir­tiendo la « máxima energía del mayor número de perso­nas ». Sahlins consi­dera estas acti­tudes « el primer prejui­cio clara­mente neolí­tico » creado deli­be­ra­da­mente para defi­nir la rela­ción del caza­dor con la tierra y los recur­sos de la forma « más compa­tible con la misión histó­rica de arre­batár­se­los. »

Las perso­nas de la edad de piedra no eran prisio­ne­ras del trabajo, nos dice Sahlins. Al contra­rio /

« puede demos­trarse que caza­dores y reco­lec­tores trabajan menos que noso­tros; y en vez de una fatiga constante, la búsqueda de alimen­tos es inter­mi­tente, el ocio abun­dante y la media anual de horas de sueño durante el día por persona es super­ior a la que se da en cualquier otro tipo de socie­dad. »

“Cuando mis hijos tienen hambre, tan solo tengo que inter­narme en la selva y les encuen­tro comida” Picari Awá. [Los Awá, Caza­dores-reco­lec­tores del Amazo­nas. Foto de Survi­val Inter­na­tio­nal]

HORARIO DE BANQUERO

 

Marshall Sahlins cita en su libro un estu­dio reali­zado en 1960 por Frede­rick D. McCar­thy y Marga­ret McAr­thur sobre las comu­ni­dades aborí­genes de la Tierra de Arnhem Occi­den­tal (Austra­lia). Los inves­ti­ga­dores suma­ron todo el tiempo empleado en todas las acti­vi­dades econó­mi­cas (reco­lec­ción de plan­tas, prepa­ra­ción de los alimen­tos y repa­ra­ción de armas) durante un periodo de varios meses, descu­briendo que el varón medio trabajaba tres horas cuarenta y cuatro minu­tos diarios, mien­tras que la mujer trabajaba por término medio tres horas cincuenta minu­tos al día.

« La conclu­sión inme­diata más evidente – dice Sahlins – es que no trabajan dema­siado […] Además no trabajan conti­nua­mente. »

Según McCar­thy y McAr­thur:

« Aparte del tiempo dedi­cado a las rela­ciones sociales en gene­ral, a char­las, cotilleos, etc., algu­nas horas del día se dedi­ca­ban también a dormir y a descan­sar. Si los hombres esta­ban en el campa­mento, normal­mente dormían después de comer una hora u hora y media y a veces hasta más. También solían echar una cabe­zada cuando volvían de pescar o de cazar […] Las mujeres descan­sa­ban, al pare­cer, con más frecuen­cia que los hombres cuando salían a reco­lec­tar al bosque. Si perma­necían todo el día en el campa­mento, también dormían a horas suel­tas, a veces bastante tiempo. »

Los bosqui­ma­nos dobe de Africa meri­dio­nal consti­tuyen un ejem­plo de otro conti­nente. Sahlins cita el estu­dio reali­zado por Richard Lee, que demues­tra que la semana labo­ral media del bosqui­mano dobe es de unas quince horas: dos horas nueve minu­tos al día. Y que es más signi­fi­ca­tivo, sólo el 65 por ciento de la pobla­ción trabajaba algo.

Imagen de los 60’s de Richard Borshay Lee, antro­po­logo cana­diense, en un banquete orga­ni­zado para agra­de­cer a los bosqui­ma­nos por la hospi­ta­li­dad, se quedó mara­villado cuando los bosqui­ma­nos le dije­ron que había atra­pado a una presa escasa: “muy vieja, flaca y dema­siado dura de comer”.

Sahlins comenta sobre esto:

« El trabajo de un varón bosqui­mano sustenta a cuatro o cinco perso­nas. Teniendo en cuenta el valor nomi­nal, la reco­lec­ción de alimen­tos de los bosqui­ma­nos es más eficaz que la agri­cul­tura fran­cesa hasta la segunda guerra mundial, en la que más del 20 por ciento de la pobla­ción se ocupaba de alimen­tar al resto. Confieso que la compa­ra­ción puede resul­tar engañosa, pero es aún más sorpren­dente que engañosa. »

Esta compa­ra­ción con nues­tra socie­dad actual demos­traría que los agri­cul­tores esta­dou­ni­denses (sólo el 15 por ciento de la pobla­ción del país) alimen­tan al resto del país, gracias a la tecno­logía. Pero en las socie­dades primi­ti­vas quienes alimen­tan a los demás lo hacen mediante un acuerdo coope­ra­tivo (compar­ten turnos de trabajo y compar­ten los alimen­tos) que no libera de ningún trabajo al resto de la socie­dad. En nues­tra socie­dad, en la que no existe en reali­dad el reparto y hay una depen­den­cia real del dólar para adqui­rir alimen­tos, el 95 por ciento de no agri­cul­tores no está exento del trabajo; está atado a una maqui­na­ria econó­mica distinta de la agri­cul­tura para produ­cir el dinero nece­sa­rio para pagar los alimen­tos.

Los Hadza, tribu de caza­dores reco­lec­tores, su linaje data de más o menos 100.000 años de antigüe­dad, uno de lo más anti­guos. Su estilo de vida se ha mante­nido hasta hoy.

Según Richard Lee:

« Una mujer reúne en un día alimen­tos sufi­cientes para el sustento de su fami­lia durante tres días y dedica el tiempo restante a descan­sar en el campa­mento, haciendo borda­dos, visi­tando otros campa­men­tos o aten­diendo a las visi­tas de otros campa­men­tos. La rutina diaria, las labores de la cocina como guisar, partir frutos secos, reco­ger leña y trans­por­tar agua, les ocupa de una a tres horas. Este ritmo de trabajo conti­nuo y ocio conti­nuo se mantiene durante todo el año. Los caza­dores varones trabajan más frecuen­te­mente que las mujeres, pero su programa es irre­gu­lar. No es insó­lito que un hombre cace afano­sa­mente una semana y luego pase dos o tres sin cazar nada en abso­luto. Durante estos perio­dos, las prin­ci­pales acti­vi­dades de los hombres son las visi­tas, las rela­ciones sociales y espe­cial­mente las danzas. »

Une madre bosqui­mana y su hija reco­lec­tando bayas en el corazón del Kala­hari (Foto: Philippe Clotuche/Survi­val)

CONSUMO DIETÉTICO

 

Es un error gene­ra­li­zado pensar que las socie­dades primi­ti­vas sobre­vi­ven en los niveles de subsis­ten­cia míni­mos, pues la inves­ti­ga­ción demues­tra lo contra­rio. A los caza­dores de Tierra de Arnhem, por ejem­plo, no les gusta la dieta monó­tona; trabajan para conse­guir una amplia varie­dad de alimen­tos muy por encima de la canti­dad sufi­ciente. Según los inves­ti­ga­dores McCar­thy y McAr­thur, el consumo dieté­tico de los caza­dores era adecuado según los crite­rios actuales del Consejo Nacio­nal de Inves­ti­ga­ción de América. En varias comu­ni­dades aborí­genes el consumo diario medio super­aba las 2.130 calorías, lo que supone un nivel de nutri­ción mejor que el que disfruta el 15 por ciento de la pobla­ción esta­dou­ni­dense.

Los bosqui­ma­nos dobe, igual que los aborí­genes austra­lia­nos, disfru­ta­ban de un consumo caló­rico super­ior a las 2.100 calorías diarias. No obstante, según los cálcu­los de un inves­ti­ga­dor, teniendo en cuenta el peso físico medio de los bosqui­ma­nos, éstos sólo nece­si­ta­ban 1.900 calorías diarias. Los alimen­tos sobrantes, dice el inves­ti­ga­dor, se los daban a los perros.

« Puede llegarse a la conclu­sión -dice Richard Lee- de que los bosqui­ma­nos no llevan una exis­ten­cia mísera al borde de la inani­ción, como se ha consi­de­rado normal­mente. »

Marshall Sahlins concluye: « Los caza­dores hacen un hora­rio de banque­ros, nota­ble­mente infe­rior al de los moder­nos obre­ros indus­triales »; y, sin embargo, señala que el consumo de alimen­tos es variado y sufi­ciente. Comen por placer tanto como para subsis­tir.

En el nombre de la compe­ti­ti­vi­dad y la eficien­cia, del creci­miento y progreso econó­mi­cos : “el tiempo es oro”, “el trabajo libera”.

BAJA PRODUCCIÓN DELIBERADA

 

En las socie­dades primi­ti­vas, al contra­rio que en las socie­dades indus­triales moder­nas, la gente decide no produ­cir a los niveles máxi­mos. Por insó­lito que parezca desde el punto de vista occi­den­tal, « hay un despre­cio consciente y cohe­rente por la idea de “máximo esfuerzo del máximo número de perso­nas” », según Sahlins. y añade:

“La fuerza labo­ral no se utiliza plena­mente, los medios tecnoló­gi­cos no se emplean plena­mente, los recur­sos natu­rales no se apro­ve­chan por completo”. la produc­ción es baja con rela­ción a las posi­bi­li­dades exis­tentes. La jornada labo­ral es corta. El número de días libres es super­ior al de días de trabajo. Bailar, pescar, jugar, dormir y cele­brar cere­mo­nias pare­cen ocupar la mayor parte del tiempo de un indi­vi­duo. »

Como no se trabaja a pleno rendi­miento, se « desper­di­cian » los recur­sos del entorno, lo cual impulsa a los occi­den­tales a inten­tar deses­pe­ra­da­mente hacerse con esos « recur­sos desper­di­cia­dos ». El entorno inme­diato de muchas comu­ni­dades de caza­dores y reco­lec­tores podría susten­tar holga­da­mente a una pobla­ción tres veces mayor, pero el control deli­be­rado del creci­miento de la pobla­ción y la escasa explo­ta­ción deli­be­rada de la plena capa­ci­dad econó­mica del entorno han mante­nido la propor­ción gente-recur­sos muy baja. En vez de agotar el poten­cial produc­tivo del medio, las comu­ni­dades de la edad de piedra deci­den dejar que algu­nos frutos caigan al suelo y algu­nos animales sigan viviendo en paz. La gente, mien­tras tanto, disfruta vagando, durmiendo, bailando, galan­teando, y parti­ci­pando en las cere­mo­nias y rela­ciones que tienen sentido en estas socie­dades. « Máximo esfuerzo », sin duda.

Los Hadza, caza­dores reco­lec­tores de Tanza­nia.

ELECCIÓN DE LA SUBSISTENCIA

 

La hipó­te­sis occi­den­tal es que los caza­dores y reco­lec­tores nóma­das, sobre todo los que siguen viviendo hoy día (que ascien­den a dece­nas de millones) estarían encan­ta­dos si pudie­ran libe­rarse de su economía de « subsis­ten­cia ». Pero Sahlins demues­tra que estos pueblos han elegido clara­mente su forma de vida. Incluso cuando las tribus veci­nas dejan de ser caza­do­ras y reco­lec­to­ras para conver­tirse en comu­ni­dades agrí­co­las estables, empleando a veces « instru­men­tos tecnoló­gi­cos avan­za­dos », muchas comu­ni­dades caza­do­ras y reco­lec­to­ras se niegan a hacer otro tanto, alegando que les exigiría trabajar más. Richard Lee cita a los bosqui­ma­nos:

« ¿Por qué tene­mos que plan­tar habiendo tantos frutos de mungo en el mundo? »

Es frecuente decir que los caza­dores y reco­lec­tores son « cultu­ral­mente infe­riores » porque no produ­cen los exce­dentes que podrían prote­gerles de los capri­chos de la natu­ra­leza. Sahlins postula cuatro razones para expli­car por qué evitan los exce­dentes. Primera, son opti­mis­tas. Cuando hay alimen­tos suelen comér­se­los todos, atiborrán­dose incluso. Al pare­cer, el plan­tea­miento es que, puesto que los alimen­tos abun­dan en la natu­ra­leza, no es nece­sa­rio alma­ce­nar­los; la propia natu­ra­leza los alma­cena aquí y allá, en plan­tas y animales, si uno sabe dónde buscar­los. Así que incluso cuando las tormen­tas o los acci­dentes privan de alimen­tos a una comu­ni­dad durante días o sema­nas, las conse­cuen­cias pocas veces son desas­tro­sas, y siempre pueden tras­la­darse a otro sitio.

En segundo lugar, los caza­dores y reco­lec­tores son nóma­das por deci­sión propia. Si alma­ce­na­ran o trans­por­ta­ran alimen­tos se verían atados a un lugar concreto o tendrían que despla­zarse mucho más despa­cio. En el caso de los caza­dores y reco­lec­tores, « se dice real­mente que para ellos la riqueza es una carga », comenta Sahlins. El hecho mismo del despla­za­miento « mini­miza rápi­da­mente la satis­fac­ción de la propie­dad. »

En Lost World of Kala­hari [El mundo perdido del Kala­hari] el autor, Laurens van der Post, explica su impo­si­bi­li­dad de hacer rega­los a los bosqui­ma­nos:

« Parecía que casi todo les hiciera la vida más difí­cil aumen­tando las difi­cul­tades y la carga en su recor­rido diario. Ellos apenas tenían propie­dades perso­nales: una correa, un manto de piel y una bolsa de cuero. No había nada que no pudie­ran reco­ger en un minuto, envol­verlo en sus mantos y trans­por­tarlo a la espalda durante un viaje de más de mil kiló­me­tros. No tenían noción de la propie­dad. » (En la socie­dad moderna, por supuesto, la « pose­sión » quizá sea nues­tro máximo afán.)

En tercer lugar, una economía basada en la acumu­la­ción aumen­taría el impacto de los bosqui­ma­nos en el medio por encima de la ética actual de escaso consumo. Los exce­dentes provo­carían además un aumento de la pobla­ción, lo cual amena­zaría la movi­li­dad de la comu­ni­dad y la haría más vulne­rable a los desastres natu­rales.

En cuarto lugar, el amor propio del caza­dor se basa en la caza. Acumu­lar exce­dentes redu­ciría su impor­tan­cia psicoló­gica y cultu­ral. También redu­ciría la enseñanza de los jóvenes y produ­ciría una socie­dad más ociosa con menos cono­ci­mien­tos.

Sahlins no dice que las cultu­ras de la edad de piedra sean invul­ne­rables a la esca­sez de alimen­tos, sino que los caza­dores y reco­lec­tores no son más vulne­rables que cualquier otra socie­dad. ¿Y qué pasa en el mundo actual?, pregunta. « Se dice que de un tercio a la mitad de la huma­ni­dad se acuesta con hambre todas las noches. Unos veinte millones sólo en Esta­dos Unidos. En la anti­gua Edad de Piedra, la propor­ción era sin duda muy infe­rior. Vivi­mos una época de hambre sin prece­dentes. Hoy día, en la época de mayor poder técnico, el hambre es una insti­tu­ción. Inver­tid otra fórmula vene­rable: el hambre aumenta rela­tiva y abso­lu­ta­mente con la evolu­ción de la cultura. »

LA CREACIÓN DE « POBREZA »

 

En el caso concreto de los bosqui­ma­nos, Sahlins expone desde un punto de vista dife­rente la falta de riqueza mate­rial, que noso­tros llama­mos « pobreza »:

La pose­sión de los uten­si­lios nece­sa­rios es gene­ral, lo mismo que el cono­ci­miento de las técni­cas preci­sas […] Añádanse las costumbres gene­ro­sas de compar­tir, algo por lo que los caza­dores gozan de mere­cida fama, pues todo el mundo puede parti­ci­par normal­mente de la pros­pe­ri­dad exis­tente. Pero esta pros­pe­ri­dad depende, claro, de un nivel de vida obje­ti­va­mente bajo […] de que la cuota habi­tual de artí­cu­los de consumo se sitúe a un nivel modes­to… si no hay deseo, no hay caren­cia.

Pobreza no es una deter­mi­nada canti­dad de bienes, ni es tampoco la simple rela­ción entre medios y fines; es funda­men­tal­mente una rela­ción entre las perso­nas. La pobreza es una condi­ción social […] hasta que la cultura no alcanzó la cima de sus logros mate­riales, no se erigió un santua­rio a lo inal­can­zable: Nece­si­dades Infi­ni­tas.

Atenién­do­nos a la situa­ción actual, hemos de mencio­nar el punto de vista de los yupiks (esqui­males) de Alaska. En una publi­ca­ción de la Asocia­ción de Presi­dentes de las Juntas Comu­ni­ta­rias, editada por Art David­son, Does One Way of Life Have to Die So Another Can Live? [¿Ha de morir una forma de vida para que pueda vivir otra?] se hacía la siguiente consi­de­ra­ción sobre la influen­cia de los moder­nos siste­mas econó­mi­cos en la crea­ción de pobreza:

La pobreza se ha intro­du­cido recien­te­mente en las comu­ni­dades indí­ge­nas […] durante miles de años la gente obtuvo de la tierra y el mar lo nece­sa­rio para su subsis­ten­cia a lo largo de la costa occi­den­tal de Alaska. La vida era dura, pero no existían las frus­tra­ciones y los estig­mas de la pobreza, porque la gente no era pobre. Vivir de la tierra alentó la exis­ten­cia de la cultura yupik y la desar­rolló, una cultura en que la riqueza era la riqueza comu­nal del pueblo que propor­cio­naba la tierra. Tanto si los alimen­tos eran abun­dantes como si eran esca­sos. Esta parti­ci­pa­ción creaba un vínculo entre los indi­vi­duos que contri­buía a garan­ti­zar la super­vi­ven­cia. La vida era dura entonces, pero a la gente le resul­taba satis­fac­to­ria. Hoy la vida es más fácil, pero ya no es satis­fac­to­ria.

[…] Los prime­ros comer­ciantes rusos lleva­ron la idea de riqueza y pobreza. Estas perso­nas nuevas añadie­ron al sistema de vida el obje­tivo de la acumu­la­ción. Se traza­ban líneas de sepa­ra­ción entre las perso­nas basán­dose en lo que habían acumu­lado, ya fueran pieles, dinero, terri­to­rios o las almas de los conver­sos […] El nuevo sistema econó­mi­co… empezó a susti­tuir alimen­tos y pieles por dinero, la coope­ra­ción por la riva­li­dad, el reparto por la acumu­la­ción.

Los yupiks dan un ejem­plo reciente de lo que ocur­rió en la Bahía de Bris­tol cuando se susti­tuyó la economía de subsis­ten­cia por la nueva economía mone­ta­ria:

Al prin­ci­pio la gente vivía de la tierra y el mar; los enormes bancos de salmón propor­cio­na­ban una fuente segura de alimen­tos. [Entonces] empezó la pesca comer­cial con el obje­tivo de conse­guir todo lo posible. Los polí­ti­cos urba­nos y los inter­eses econó­mi­cos exter­nos no tarda­ron en permi­tir la explo­ta­ción de los bancos de salmón casi hasta la extin­ción. Los habi­tantes de las zonas coste­ras se empo­bre­cie­ron. El gobierno empezó a preo­cu­parse. Entonces se pidió una inves­ti­ga­ción pesquera y se impuso el « acceso limi­tado ». Dieron bonos de alimen­tos a la gente que antes pescaba. Se supuso que los indí­ge­nas adap­tarían de una u otra forma sus costumbres tradi­cio­nales a este sistema econó­mico occi­den­tal […]

Los blan­cos traje­ron enfer­me­dades como la viruela y la sífi­lis que mata­ron a miles de los nues­tros […] No se sabe hasta qué punto el impacto econó­mico de la civi­li­za­ción occi­den­tal fue abso­lu­ta­mente devas­ta­dor para el bienes­tar y el espí­ritu del pueblo […] estos nuevos méto­dos de hacer las cosas pueden ser tan pertur­ba­dores para la vida de una persona o de una cultura como la viruela lo es para la vida de un cuerpo. Afor­tu­na­da­mente se ha encon­trado una cura para la viruela. Pero no se ha encon­trado cura para nues­tra « pobreza » […] entre los reme­dios apli­ca­dos figu­ran crecientes dosis de la forma de vida occi­den­tal, con la espe­ranza de que el nuevo sistema susti­tuya de algún modo con éxito al anti­guo.

Los Awá, caza­dores reco­lec­tores del amazo­nas, es una tribu amena­zada, para saber más haz clic AQUÍ.

ADELANTE A TODA MARCHA: EL OCIO EN TECNO-UTOPÍA

 

Según estadís­ti­cas de Louis Harris y Asocia­dos, la semana labo­ral media es hoy en Esta­dos Unidos de cuarenta y siete horas. Esto supera la media de cuarenta horas de la década ante­rior. Más de un tercio de la pobla­ción labo­ral mascu­lina activa trabaja más horas del prome­dio. Según el Minis­te­rio de Trabajo esta­dou­ni­dense, casi seis millones de hombres y más de un millón de mujeres trabajan más de sesenta horas sema­nales en empleos remu­ne­ra­dos. (Estos cálcu­los no incluyen el trabajo domés­tico añadido no remu­ne­rado de la mayoría de las mujeres.)

En deter­mi­na­das cate­gorías labo­rales, como por ejem­plo los agri­cul­tores, empre­sa­rios y profe­sio­nales autó­no­mos, la semana labo­ral típica es de sesenta horas. El prome­dio de los direc­tores de grandes empre­sas supera las sesenta horas de trabajo a la semana.

Estos datos supo­nen una notable mejora respecto a la situa­ción de 1850, que es el periodo con el que suelen compa­rarse. En aquella época, la semana labo­ral media era de setenta horas, las condi­ciones labo­rales eran mucho peores y el nivel de vida muy infe­rior. Así que compa­rando la situa­ción actual con la de 1850, hoy esta­mos mucho mejor. ¿Pero es una compa­ra­ción apro­piada? Preci­sa­mente hacia 1850 se esta­ban impo­niendo a los trabaja­dores los peores abusos de la nueva indus­tria­li­za­ción y se creó una nueva clase de obre­ros urba­nos po­bres. Compa­rada con la de 1850, la situa­ción actual no puede ser sino buena. Si retro­ce­de­mos hasta la Edad Media, el soció­logo fran­cés Alain Caillé esta­blece la media labo­ral diaria en 8,5–16 horas, según la esta­ción del año. Pero los obre­ros urba­nos también tenían unos 130 días sin trabajo: fies­tas reli­gio­sas y víspe­ras, más los domin­gos y algu­nos sába­dos. « En el campo -decía Caillé- [había] sólo 180 días de trabajo real ». Y los « niveles de vida » eran sin duda tan buenos entonces para los trabaja­dores como en la lúgubre década de 1850. En cuanto a la época de los roma­nos, había unas 150–200 fies­tas públi­cas al año. ¿Y en la edad de piedra? (Véase Sahlins.)

¿Han mejo­rado las cosas, en reali­dad? Quienes disfru­ta­mos de los frutos del mons­truo tecnoló­gico tene­mos más cosas en la vida. Esta­mos más limpios [sic] [NdE: no real­mente, por esto, esto, esto o esto] y vivi­mos más tiempo. Pero si nos compa­ra­mos con las socie­dades prein­dus­triales es probable que trabaje­mos más. Y nues­tro afán de conse­guir y acumu­lar artí­cu­los de consumo ha creado una sorpren­dente para­doja moderna: esca­sez de tiempo, pérdida de tiempo de ocio y aumento del estrés en un medio de abun­dan­cia y riqueza evidentes. Hay una dismi­nu­ción de la cali­dad de vida y de la expe­rien­cia.

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Esta para­doja se trató en una serie de artí­cu­los críti­cos de Los Angeles Times titu­lada « La socie­dad despojada », del perio­dista Kent MacDou­gall. El autor demues­tra que la época moderna no ha aumen­tado el tiempo de ocio de que dispo­ne­mos sino todo lo contra­rio:

Cuando en 1609 los indios algonqui­nos descu­brie­ron a Henry Hudson remon­tando su río, vivían de los frutos de la tieua. Vivían muy bien, pero trabaja­ban tan poco que los labo­rio­sos holan­deses los consi­de­ra­ron salvajes indo­lentes y se apre­su­ra­ron a susti­tuir su buena vida por el feuda­lismo. Hoy día, a lo largo del río Hudson, en Nueva York, los ciuda­da­nos supues­ta­mente libres de la socie­dad más rica de la histo­ria del mundo trabajan más tiempo y más inten­sa­mente de lo que lo hiciera jamás ningún indio algonquino, corren como ratas en un labe­rinto, esqui­vando coches, camiones, auto­buses, bici­cle­tas, esquiván­dose unos a otros y bailando a un ritmo frené­tico desti­nado a llevar a muchos a una muerte prema­tura por el estrés y la tensión [u.] ¿Dónde está el fallo? ¿Cómo es posible que los ameri­ca­nos, mien­tras se consa­gra­ban a adqui­rir tantas rique­zas mate­riales, hayan llegado a perder tanto tiempo de ocio?

MacDou­gall cita al antropó­logo Peter Farb:

« La verdad es que la gran civi­li­za­ción trabaja a ritmo febril, mien­tras que los primi­ti­vos caza­dores y reco­lec­tores de alimen­tos silvestres se cuen­tan entre las perso­nas con más tiempo libre de la tierra.

Y Farb añade que son además las perso­nas mejor alimen­ta­das de la tierra y también las más sanas. McDou­gall continúa:

« El asala­riado medio dedica el mismo tiempo al trabajo que hace una gene­ra­ción [en reali­dad, dedica más tiempo ahora], pero tarda más en ir al trabajo y volver. Y los niveles de vida más altos han compli­cado tanto el estilo de vida de los esta­dou­ni­denses que les obli­gan a dedi­car más tiempo a la compra, el mante­ni­miento y las labores de la casa, por lo que dispo­nen de menos tiempo para disfru­tar de todos los artí­cu­los y medios de recreo que tienen a su alcance […] En una época de altos niveles de vida, vaca­ciones más largas, trans­porte más rápido y super­mer­ca­dos llenos de artí­cu­los, los esta­dou­ni­denses han acabado sintién­dose más despoja­dos que nunca. »

Imagen : San Diego 405 Free­way Sepul­veda Pass South Bound, Los Angeles. Una tarde como cualquier otra

LA PRESUNTA SUPERIORIDAD DE LA MODERNA ADMINISTRACIÓN DE RECURSOS

 

El 14 de agosto de 1987 se inició en la reserva de los indios semí­no­las Big Cypress de Florida el juicio del jefe semí­nola James Billy. Se le acusaba de haber matado a un jaguar de Florida durante una cacería nocturna. Esta­dos Unidos incluye al jaguar de Florida entre las espe­cies en peli­gro de extin­ción prote­gi­das por la ley de 1973 y su caza se castiga con un año de prisión y una multa de 10.000 dólares. La tribu semí­nola alega que puesto que es una nación sobe­rana, reco­no­cida como tal en los trata­dos con Esta­dos Unidos, puede esta­ble­cer sus propias normas sobre caza. En segundo lugar, dice la tribu, los trata­dos según los cuales los semí­no­las cedie­ron terri­to­rio a Esta­dos Unidos también garan­ti­za­ban a los indios el dere­cho a seguir reali­zando sus acti­vi­dades tradi­cio­nales de subsis­ten­cia según su propio crite­rio. (Cien­tos de trata­dos con las tribus amerin­dias garan­ti­za­ban que la caza y la pesca de los indios no estarían suje­tas a la ley esta­dou­ni­dense. Esta condi­ción fue de capi­tal impor­tan­cia para conse­guir que los indios cedie­ran terri­to­rios, pues les asegu­raba la viabi­li­dad conti­nuada de la economía tradi­cio­nal. Ahora, sin embargo, casi todas esas garantías son igno­ra­das por los inter­eses pesque­ros y agrí­co­las y por los orga­nis­mos fede­rales, que sostie­nen que los indios tienen que acatar las mismas normas que los demás esta­dou­ni­denses y que sus trata­dos son histo­ria anti­gua. Se consi­dera irre­le­vante que los trata­dos no sean tan « anti­guos » como muchos acuer­dos terri­to­riales vincu­lantes que datan de prin­ci­pios del siglo XIX. A los trata­dos indios no les otor­gan el mismo respeto.)

En el caso de los semí­no­las, Esta­dos Unidos niega ahora, como lo ha hecho en otros casos rela­cio­na­dos con los dere­chos de caza y pesca de los indios, que la ley semí­nola pueda inva­li­dar la ley esta­dou­ni­dense. Esta­dos Unidos alega que tiene que contro­lar la caza y la pesca para admi­nis­trar y prote­ger la fauna.

Pero el jefe Billy declaró en una entre­vista en la Radio Pública Nacio­nal:

« Siglos antes de que exis­tie­ran los Esta­dos Unidos de América existían nues­tras leyes tribales. Somos una nación sobe­rana; Esta­dos Unidos lo ha reco­no­cido así [en los trata­dos y en otras actua­ciones]. »

Billy dice que cuando disparó al animal dispa­raba sólo a dos ojos en la oscu­ri­dad, creyendo que era otro tipo de jaguar. Añade que de todos modos es absurdo que se aplique la ley de espe­cies prote­gi­das a los indios:

« Los indios somos los mejores protec­tores de los re­cur­sos natu­rales y lo somos desde hace miles de años […] El gobierno pretende acusar a los semí­no­las de acabar con una espe­cie, cuando la verda­dera razón de que esté en peli­gro es la explo­ta­ción abusiva del sur de Florida. La razón son todas esas urba­ni­za­ciones resi­den­ciales y la construc­ción de la auto­pista 1–95 a través del pantano y luego la autovía que atra­viesa la región de los Ever­glades. Nada tiene que ver con nues­tras costumbres de caza. Tiene que ver con las vues­tras. »

[NdE : El tema del conser­va­cio­nismo capi­ta­lista está de moda, es mas sofis­ti­cado y pulu­lan nuevos orga­nis­mos para reves­tir mejor esas inicia­ti­vas, pero este no un fenó­meno reciente.  En Le Partage hemos redac­tado un artí­culo espe­cial para anali­zarlo dete­ni­da­mente y a profun­di­dad, inti­tu­lado “Las cele­bri­dades, sus funda­ciones y ONG : masca­ras sonrientes de la maquina corpo­ra­ti­vista”. Expongo un extracto elocuente del tema:

[…] “Leonardo DiCa­prio finan­cia el Maasai Wilder­ness Conser­va­tion Trust (MWCT),una orga­ni­za­ción cuyo obje­tivo es la protec­ción de los magní­fi­cos animales que pueblan (todavía) las tier­ras de los últi­mos Maasai (o Masáis), pero no por los mismos Maasai, aunque la inversa sea procla­mada. Esta orga­ni­za­ción apunta, por otro lado, la impar­ti­ción de una educa­ción cada vez más occi­den­tal (el obje­tivo es una incor­po­ra­ción en el seno de la socie­dad indus­trial) a los jóvenes Maasai. Se puede leer en su sitio que : “El MWCT, en asocia­ción con el minis­te­rio de educa­ción , se propone mejo­rar las tasas de matri­cu­la­ción, fide­li­za­ción, desem­peño y de tran­si­ción, así como de asegu­rar la conti­nui­dad de cier­tos aspec­tos de la cultura Maasai al mimo tiempo que infun­diendo una concien­cia de la nece­si­dad de la conser­va­ción medioam­bien­tal”. Los proble­mas con los locales son frecuentes, algu­nos Maasai están de hecho en conflicto con los orga­nis­mos de conser­va­ción, ya que afir­man ser ellos los mejor situa­dos para preser­var la fauna salvaje. El pater­na­lismo de las orga­ni­za­ciones de conser­va­ción finan­cia­dos por ricos filántro­pos capi­ta­lis­tas que hicie­ron fortuna gracias a la socie­dad que está preci­pi­tando a los animales salvajes que trata de salvar hacia la extin­ción, es un estu­pe­fa­ciente. El carác­ter esqui­zo­fre­nico e insus­ten­table de las prac­ti­cas esta­ble­ci­das por esos “filántro­pos”, que por un lado finan­cian la destruc­ción del mundo y por el otro se preo­cu­pan de preser­var a los animales que estas ponen en peli­gro, es patoló­gico.” […]]

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“Sé cómo cuidar de las presas. Es por eso que nací con ellas, viví con ellas y todavía están ahí. Si vas a mi zona, encon­trarás animales, lo que demues­tra que sé cómo cuidar de ellos.” Bosqui­ma­nos [cf. Survi­val]

Parece bastante obvio, casi evidente por sí mismo, que las cultu­ras indí­ge­nas que han vivido prós­pe­ra­mente en el mismo lugar durante mile­nios han sobre­vi­vido gracias a sus buenos hábi­tos econó­mi­cos, entre los que se incluyen la conser­va­ción de la fauna, la flora y los recur­sos. Pero si hicié­ra­mos caso a nues­tros cientí­fi­cos y a los gobier­nos occi­den­tales, tendría­mos que pensar que las socie­dades indí­ge­nas apenas pueden arre­glár­se­las un día más sin orde­na­dores, cuotas, carto­grafía por saté­lite y análi­sis de « máximo rendi­miento soste­nible ». Me pregunto cómo expli­carán los cientí­fi­cos que los indí­ge­nas hayan sobre­vi­vido miles de años. ¿Por instinto?

El supuesto de que nues­tro sistema moderno de gestión de la vida silvestre y los recur­sos es más eficaz (pese al hecho de que « gestio­na­mos » sin compren­der el entorno ni cómo se orga­ni­zaba la gente antes de que llegá­ra­mos) no sólo es arro­gante sino también racista.

En el capí­tulo 4 he expli­cado cómo se están intro­du­ciendo rápi­da­mente los mode­los informá­ti­cos de gestión de recur­sos natu­rales en el Ártico. Un elevado porcen­taje de la « ayuda » de los gobier­nos esta­dou­ni­dense y cana­diense a los indios e inuits de las regiones árti­cas adopta hoy la forma de instruc­ción informá­tica. Pocas veces se tiene en cuenta que esta forma de admi­nis­trar los recur­sos y la fauna tenga un deplo­rable efecto nega­tivo en las rela­ciones tradi­cio­nales entre indí­ge­nas y animales.

[NdE: “La conser­va­ción en África y en otros lugares, como lo desta­can los autores del libro « Capi­ta­lisme and conser­va­tion », Dan Brocking­ton y Rosa­leen Duffy, se ha efec­ti­va­mente desar­rol­lado como producto directo del capi­ta­lismo y hoy, del neoli­be­ra­lismo. Un siglo de esta de clase de conser­va­ción, finan­ciada por el gran capi­tal, que finan­cia para­le­la­mente el desar­rollo indus­trial del mundo, a dies­tra y sinies­tra, ha produ­cido los resul­ta­dos que cono­ce­mos” ]

La rela­ción entre seres huma­nos y animales, que antes se basaba en el cono­ci­miento íntimo que propor­cio­na­ban la obser­va­ción directa y las enseñan­zas secu­lares, se basa hoy en regis­tros de orde­na­dor, convir­tién­dose así en un género de cono­ci­miento cuan­ti­ta­tivo, abstracto, obje­tivo y acele­rado. Esto es destruc­tivo para la cultura y las tradi­ciones indias. Es posible acabar en una gene­ra­ción con un modo de cono­ci­miento que ha sobre­vi­vido mile­nios. Pero al margen del daño causado a las cultu­ras, la eviden­cia reciente indica que los siste­mas de admi­nis­tra­ción informá­tica obje­tiva-cien­ti­fica-cuan­ti­ta­tiva rara vez resul­tan mejores que los méto­dos de control y conser­va­ción indí­ge­nas. En reali­dad, los méto­dos moder­nos resul­tan muy a menudo desas­tro­sos.

El antropó­logo Milton M.R. Free­man, de la Univer­si­dad de Alberta, figura entre un número creciente de cientí­fi­cos que han empe­zado a orga­ni­zar la lucha contra la idea de que nues­tro sistema de admi­nis­tra­ción econó­mica tenga grandes ventajas que ofre­cer a las comu­ni­dades indí­ge­nas tradi­cio­nales.

Free­man se indi­gna en parti­cu­lar con los bioló­gos. En la asam­blea de 1984 de la Asocia­ción Cientí­fica de la Región Occi­den­tal (cele­brada en Monte­rey, Cali­for­nia) Free­man dijo:

« La fe explí­cita en la preci­sión del método cientí­fico es una parte tan esen­cial de la formu­la­ción profe­sio­nal de los biólo­gos que las limi­ta­ciones de ese sistema parti­cu­lar de creen­cia sólo se apren­den, a menudo mucho más adelante en la vida, como resul­tado de la expe­rien­cia obte­nida en el mundo no profe­sio­nal. »

Free­man recoge ejem­plos de biólo­gos que hicie­ron caso omiso de las prác­ti­cas tradi­cio­nales y descu­brie­ron poste­rior­mente que eran méto­dos mucho más eficaces para mante­ner la viabi­li­dad entre las espe­cies animales.

Un ejem­plo se refería a la cacería del caribú en la isla Elles­mere del Canadá ártico. Los admi­nis­tra­dores de la fauna cana­diense dije­ron a los inuits que tenían que cazar sólo caribús grandes o machos, y sólo algu­nos animales de cada rebaño. Los inuits expli­ca­ron que aquello era contra­rio a su rela­ción tradi­cio­nal con los animales y que destruiría los rebaños de caribús, pero no se hizo caso de sus argu­men­tos. El resul­tado fue exac­ta­mente lo que habían dicho los inuits. Aunque el máximo número permi­tido era de vein­ti­séis cabe­zas por año, muy infe­rior a lo que caza­ban antes, la pobla­ción de caribús dismi­nuyó de forma drás­tica. ¿Por que?

Según Free­man:

« Los inuits sostie­nen que cada pequeño grupo de caribús Peary es un grupo social y exis­ten buenas razones para que esos animales concre­tos estén juntos. Los caza­dores inuits indi­can que debido al carác­ter margi­nal del entorno para los herbí­vo­ros, los animales más viejos y más grandes son impor­tantes para la super­vi­ven­cia del grupo. La expe­rien­cia y la forta­leza física permi­ten a estos animales más viejos exca­var en la nieve para encon­trar alimen­tos. Los animales más viejos son más pacientes, compa­ra­dos con las hembras preña­das y los animales mas jóvenes, que son más nervio­sos, y esta carac­terís­tica produce un efecto tranqui­li­za­dor en los animales más jóvenes del grupo. »

Un segundo ejem­plo es el que está rela­cio­nado con el proyecto de auto­ri­zar la caza depor­tiva del toro almiz­cleño en el Ártico. También en este caso sólo se cazarían machos; como los mejores « animales trofeo » eran los toros viejos, bioló­gi­ca­mente « super­fluos », los admi­nis­tra­dores esta­ban conven­ci­dos de que la caza no afec­taría nega­ti­va­mente a la pobla­ción de toros almiz­cleños. Los inuits opina­ban lo contra­rio. Expli­ca­ron que los toros almiz­cleños son animales muy sociables. Los machos viejos no son « exce­dentes », ni mucho menos. Desem­peñan una función social impor­tantí­sima en deter­mi­na­das épocas del año, como centro de reagru­pa­ción después de los perio­dos de disper­sión de la tempo­rada de celo. Según los inuits, actúan como « ancia­nos ». Una vez más quedó demo­strado que los inuits tenían razón: al final se modi­ficó la polí­tica del gobierno.

Free­man señala que esta « crítica indí­gena de la propuesta admi­nis­tra­tiva se basaba en el cono­ci­miento esen­cial­mente esoté­rico », mediante la obser­va­ción directa y las creen­cias tradi­cio­nales, ya que los inuits en reali­dad no utili­zan a los toros almiz­cleños ni para comer su carne ni para nada. El simple hecho de haber compar­tido el terri­to­rio con los animales durante siglos les permite cono­cer sus hábi­tos y sus estruc­tu­ras sociales:

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Caribú macho.

Para nues­tros obje­ti­vos actuales basta obser­var que, como en el ejem­plo del caribú Peary, el cono­ci­miento de la conducta de la espe­cie es el punto crítico de la postura inuit, compa­rado con la pers­pec­tiva cuan­ti­ta­tiva erró­nea propuesta por el servi­cio de gestión cine­gé­tica […] En reali­dad tanto los méto­dos indí­ge­nas como la cien­cia occi­den­tal se basan en lo mismo, en la eviden­cia empí­rica. Ambos siste­mas valo­ran la acumu­la­ción sistemá­tica de obser­va­ciones detal­la­das y la extrac­ción de pautas a partir de series de datos dife­rentes. Pero los dos siste­mas empie­zan a sepa­rarse en este punto. El sistema indí­gena valora la desvia­ción de la norma en un sentido cuali­ta­tivo: por ejem­plo, que dismi­nuya el número de animales, o que engor­den o estén más nervio­sos, que haya menos crías en el rebaño, más machos lesio­na­dos, más hembras esté­riles, etc… La suma total del cono­ci­miento de base empí­rica de la comu­ni­dad es asom­brosa en ampli­tud y detalle y suele dife­rir nota­ble­mente de los esca­sos datos apor­ta­dos por los estu­dios cientí­fi­cos de las mismas pobla­ciones.

Los méto­dos indí­ge­nas están también firme­mente engra­na­dos en la prác­tica cultu­ral trans­mi­tida de gene­ra­ción en gene­ra­ción. He citado al doctor H. A. Feit en rela­ción con el estricto control de los recur­sos cine­gé­ti­cos que prac­ti­can los indios cris de la bahía de James, al norte de Onta­rio, que incluye el nombra­miento de « admi­nis­tra­dores » y el estu­dio y divi­sión de las regiones de caza.

El doctor Feit ha estu­diado también algu­nas prác­ti­cas más sutiles, inclui­dos los rituales que se consi­de­ran apro­pia­dos para matar y guisar el animal. Casi todas las cere­mo­nias están desti­na­das a demos­trar :

« reci­pro­ci­dad entre hombre y animal… que incluye respeto a las nece­si­dades de los animales para subsis­tir como pobla­ción y que se comple­menta también con el respeto de los animales de las nece­si­dades de subsis­ten­cia y super­vi­ven­cia de los huma­nos. »

El doctor Feit describía los méto­dos de los cris para cazar castores como una demos­tra­ción más de respeto así como una prác­tica de conser­va­ción impe­cable. Uno de los méto­dos utili­za­dos para cazar castores era con tram­pas y durante el día. El segundo método se prac­ti­caba de noche y consistía en rodear la madri­guera, donde pueden vivir de 50 a 100 castores, y hacer­los salir y diri­girse hacia donde los caza­dores les espe­ran. El primer sistema no era tan eficaz en cuanto a horas-hombre por castor cazado. Pero Feit decía:

« El descu­bri­miento impor­tante era que, mien­tras que espe­rar al castor permitía la captura de mayor número en total, se prac­ti­caba sólo en circuns­tan­cias espe­ciales, muy poco en reali­dad […] claro indi­cio de que los caza­dores prefie­ren limi­tar las captu­ras más que de que les resulte impo­sible cazar mayor número de castores […] Habrían captu­rado más castores si hubie­ran utili­zado con mayor frecuen­cia el segundo método. »

Los cris limi­ta­ban deli­be­ra­da­mente el consumo de sus recur­sos, según Feit, con fines conser­va­cio­nis­tas e incul­ca­ban esta prác­tica con las enseñan­zas tradi­cio­nales acerca de cuándo había que elegir uno u otro método.

El profe­sor Free­man sostiene que el prin­ci­pal problema de la ecología occi­den­tal, lo mismo que el de casi todas las inter­ven­ciones cientí­fi­cas en los siste­mas de admi­nis­tra­ción econó­mica secu­lares, es que se parte de supues­tos opera­ti­vos bási­cos inade­cua­dos para el caso concreto. Por ejem­plo, según Freema ;

casi todos los biólo­gos occi­den­tales (con prepa­ra­ción univer­si­ta­ria, normal­mente blan­cos ‘1 en gene­ral sin cono­ci­mien­tos direc­tos del medio o el grupo cultu­ral que inves­ti­gan) tenderán a consi­de­rar la fauna como un recurso y las captu­ras de animales como una acti­vi­dad exclu­si­va­mente econó­mica. Adop­tan la termi­no­logía capi­ta­lista de « máximo rendi­miento soste­nible » (el número de captu­ras sobre­pa­sado el cual un rebaño podría empe­zar a dismi­nuir). El biólogo actúa bási­ca­mente como direc­tor de recur­sos; como funcio­na­rio de una empresa, cuyo obje­tivo es aumen­tar la produc­ción al máximo y multi­pli­car a los bene­fi­cios. No se hace el menor esfuerzo por enten­der los enfoques alter­na­ti­vos de las cultu­ras y las tradi­ciones indí­ge­nas.

Awá-guajá, un niño del pueblo Awá con una cría de mono aulla­dor negro, Brasil. (Imagen de Survi­val)

Los indí­ge­nas no consi­de­ran a los animales desde un punto de vista estric­ta­mente cuan­ti­ta­tivo ni como « recur­sos ». Creen que los animales forman parte de un entra­mado de siste­mas vivos que incluye las rela­ciones entre ellos mismos y entre ellos y los seres huma­nos. Estos méto­dos se trans­mi­ten entre los indí­ge­nas mediante las enseñan­zas de la histo­ria y las leyen­das; se expre­san con las cere­mo­nias reli­gio­sas; y forman parte de sus siste­mas de estruc­tu­ra­ción social, de esta­tus y de psico­logía. Los flujos y reflujos de la pobla­ción animal son, por tanto, inse­pa­rables de las acti­vi­dades de las perso­nas. Aunque es posible que el « máximo rendi­miento soste­nible » cientí­fico corres­ponda casi exac­ta­mente al número de animales que cazan y consu­men final­mente los indí­ge­nas, la rela­ción concep­tual con los animales y los méto­dos emplea­dos en la toma de esas deci­siones son comple­ta­mente distin­tos. Además, podría causar graves daños a la conti­nuada vita­li­dad de la cultura y la tradi­ción indí­ge­nas que estas socie­dades adop­ta­ran los méto­dos concep­tuales occi­den­tales, porque su bienes­tar econó­mico va inexo­ra­ble­mente unido a las prác­ti­cas reli­gio­sas, sociales y cultu­rales.

Cuando las socie­dades indí­ge­nas deci­den acep­tar el consejo de los biólo­gos occi­den­tales y utili­zar las técni­cas de gestión cine­gé­tica occi­den­tales, tende­mos a consi­de­rar que actúan racio­nal­mente. Las insti­tu­ciones esta­dou­ni­denses se dispo­nen a inver­tir. El Banco Mundial ofrece fondos de desar­rollo. Y, sin embargo, el modelo occi­den­tal, que no incluye las dimen­siones más holís­ti­cas del pensa­miento y las costumbres indí­ge­nas, quizá resulte ser final­mente el proce­di­miento menos racio­nal. Y es sin duda, a la larga, menos racio­nal para los indí­ge­nas.

Como hemos dicho ya, las socie­dades indí­ge­nas tien­den a no aumen­tar al máximo la produc­ción, y por muy buenas razones. Produ­cen lo impres­cin­dible deli­be­ra­da­mente. En reali­dad, según el profe­sor Free­man (que está de acuerdo en lo esen­cial con Marshall Sahlins), cuando circuns­tan­cias fortui­tas dan por resul­tado un exce­dente ines­pe­rado, la forma prefe­rida de abor­dar la situa­ción no es alma­ce­narlo o inter­cam­biarlo. Lo que hacen es consu­mirlo en un festín.

« El reparto gene­ra­li­zado y los banquetes comu­nales son rasgos carac­terís­ti­cos de todas las socie­dades caza­do­ras y pesca­do­ras -dice Free­man-. Además, en esas socie­dades exis­ten normas y sanciones esta­ble­ci­das para evitar expre­sa­mente la acumu­la­ción o el alma­ce­na­miento perso­nal de recur­sos y tienen complejos siste­mas de rela­ciones sociales y de paren­tesco que deter­mi­nan los canales que seguirán los recur­sos para que preva­lezca la ecua­ni­mi­dad, frente a la amenaza que supon­dría el acceso desi­gual a los recur­sos valio­sos. »

Apren­der a vivir en comu­ni­dad mante­niendo su nexo intimo con el bosque tropi­cal (Foto: Survi­val)

Al contra­rio de lo que sucede en las socie­dades indus­triales y tecnoló­gi­cas, en que el prin­ci­pal obje­tivo de la acti­vi­dad econó­mica es obte­ner los máxi­mos bene­fi­cios, « el obje­tivo de casi toda la acti­vi­dad econó­mica de estas socie­dades de reco­lec­tores se centra en la repro­duc­ción del grupo social ». Así que donde los siste­mas de admi­nis­tra­ción capi­ta­lis­tas hacen hinca­pié en los núme­ros y en la acumu­la­ción perso­nal, la admi­nis­tra­ción indí­gena resalta las rela­ciones entre huma­nos y animales, creyendo que el equi­li­brio es lo que sustenta a la gente y ayuda ~ medrar a los animales. No existe nada pare­cido a « máximo rendi­miento viable » en el plan­tea­miento econó­mico de los indí­ge­nas.

El doctor Milton Free­man ayudó a orga­ni­zar el Grupo de Trabajo sobre Cono­ci­mien­tos Tradi­cio­nales, Conser­va­ción y Desar­rollo Rural de la Unión Inter­na­cio­nal para la Conser­va­ción de la Natu­ra­leza y los Recur­sos Natu­rales, con el fin de apoyar los esfuer­zos de las comu­ni­dades nati­vas para mante­ner sus prác­ti­cas econó­mi­cas. Este grupo tiene su sede en Gine­bra y quizá sea la primera orga­ni­za­ción eficaz de cientí­fi­cos que se toma en serio los méto­dos tradi­cio­nales de control de la fauna y de los recur­sos.

Aunque la orga­ni­za­ción se creó hace pocos años, ha demo­strado un gran dina­mismo y ha puesto en marcha una larga lista de progra­mas; entre los proyec­tos de estu­dios figu­ran el cono­ci­miento tradi­cio­nal de los siste­mas coste­ros, la admi­nis­tra­ción tradi­cio­nal de las zonas pesque­ras entre los isleños del sur del Pací­fico, las prác­ti­cas ecoló­gi­cas y cine­gé­ti­cas de los pueblos de la región circum­po­lar del norte, las prác­ti­cas tradi­cio­nales de agro­sil­vi­cul­tura y conser­va­ción entre los pueblos tribales de Nueva Guinea, las prác­ti­cas de control micro­climá­tico entre los pueblos agrí­co­las, la conser­va­ción del saber tradi­cio­nal entre los indí­ge­nas de Alaska y el empleo del fuego en la agri­cul­tura entre los aborí­genes.

El doctor Bob Johannes, miem­bro del grupo de trabajo, explicó la urgen­cia de la tarea inme­diata:

Buena parte de lo que sabe­mos de la natu­ra­leza y la gestión de los recur­sos natu­rales puede encon­trarse en las biblio­te­cas. [En las comu­ni­dades indí­ge­nas] sin embargo, casi todo se conserva en la cabeza de los ancia­nos y ancia­nas de las aldeas. Los cientí­fi­cos han compren­dido al fin en los últi­mos años que ese cono­ci­miento del bosque, la huerta, las llanu­ras y el mar no sólo es enci­clo­pé­dico sino que tiene además un gran valor cientí­fico, sobre todo en lo refe­rente a la admi­nis­tra­ción de los recur­sos natu­rales. Pero se está perdiendo rápi­da­mente debido a la occi­den­ta­li­za­ción, la indus­tria­li­za­ción, la urba­ni­za­ción y el corres­pon­diente distan­cia­miento de los jóvenes de las tradi­ciones [u.] Es urgente reco­ger ese cono­ci­miento. Permi­tir que desa­pa­rezca equi­vale a desper­di­ciar siglos de expe­rien­cia prác­tica valiosí­sima.

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Un niño aprende a cazar. Imagen del exce­lente docu­men­tal “Nomads of the rain­fo­rest”.

 

Johannes advierte de algu­nos peli­gros, sin embargo, incluido el de que muchos inves­ti­ga­dores no mani­fies­tan el menor respeto por los pueblos que estu­dian, preci­pitán­dose a menudo para obte­ner respues­tas y provo­cando conflic­tos inter­nos en las comu­ni­dades sobre si parti­ci­par o no.

Además, según Diane Bell, de la Univer­si­dad Nacio­nal de Austra­lia, que también forma parte del mencio­nado grupo de trabajo, en deter­mi­na­das socie­dades como la de los aborí­genes de Austra­lia, gran parte de la infor­ma­ción es patri­mo­nio de las mujeres, que suelen negarse a comu­nicár­sela a los hombres.

Y por último, el prin­ci­pal problema citado por el grupo de trabajo es que los cientí­fi­cos no reco­no­cen los dere­chos de los indí­ge­nas con los que tratan. Cuando los inves­ti­ga­dores occi­den­tales descu­bren, por ejem­plo, las propie­dades cura­ti­vas de una hierba medi­ci­nal, venden muchas veces la infor­ma­ción por grandes sumas a las empre­sas occi­den­tales sin ningún bene­fi­cio corres­pon­diente para los nati­vos. En reali­dad, los cientí­fi­cos suelen dejar el lugar y no vuel­ven a ayudar a esos mismos nati­vos cuando su terri­to­rio es inva­dido por extra­ños. Pode­mos encon­trar muchos ejem­plos de esto entre los indí­ge­nas del Amazo­nas. Los cientí­fi­cos obtu­vie­ron infor­ma­ción útil de los indios de la región, pero pocos se han levan­tado para defen­der a quienes sufren ahora agre­siones direc­tas.

Los cientí­fi­cos occi­den­tales, cuando se desen­tien­den de las situa­ciones polí­ti­cas concre­tas que sopor­tan los indios, no hacen más que imitar la amora­li­dad empre­sa­rial. Los indios, sus cono­ci­mien­tos y su entorno se incluyen en la defi­ni­ción occi­den­tal de « recurso » y por tanto están some­ti­dos a la explo­ta­ción. La idea de que la inter­ven­ción occi­den­tal bene­fi­cia de alguna forma a gran número de indí­ge­nas (a su gobierno, su salud, su economía) es, en el mejor de los casos, engrei­miento. Es más frecuente que se trate de un disfraz propa­gandís­tico para impe­dir que los cientí­fi­cos, las empre­sas y todos noso­tros reco­noz­ca­mos de verdad el horror de lo que está ocur­riendo.

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“El dinero puede comprarte natu­ra­leza” Peter Kareiva, cientí­fico en jefe del “The Nature Conser­vancy”.

Edición : Santiago Perales

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