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El trabajo (por Roger Belbéoch)
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Texto originalmente publicado en la revista Survivre… et Vivre n° 16, primavera-verano 1973, pag. 16–22.


El trabajo es la mayor de las preocupaciones, ya sea que le consagremos toda nuestra energía, como lo quisiera la moral,  o para poder escaparle, puesto que es una actividad cansada y aburrida. El niño, después de algunas decenas de años, se mantuvo apartado del circuito productivo, pero ello no significa que queda ajeno al trabajo. Toda la educación, después de todo, no es más que un aprendizaje para su rol de futuro productor. La preocupación dominante de los padres, es la de saber qué lugar tendrá en la producción, sin tener mucho en cuenta del estado en el cual llegará. Es entonces, en función al trabajo que es necesario, para nosotros, juzgar a una sociedad o un proyecto de transformación social.

La primera remarca que se debe hacer, es respecto a las palabras en sí. En todas las sociedades próximas a la nuestra, disponemos de múltiples palabras para designar este tipo de actividades : hacer, producir, trabajar, construir, etc. Aveces agregamos a ellas el nombre del objeto transformado, pero no siempre es necesario. De hecho, a medida que nuestras sociedades se desarrollan, es cada vez menos necesario que la sola actividad parezca tener interés o un sentido. Tenemos muy pocas palabras que designan a la vez la actividad de transformación y el objeto transformado, y esas palabras tienden cada vez más a desaparecer del lenguaje. La estructura analítica de nuestro lenguaje refleja y refuerza la separación del trabajo, nos mantiene en un modo de pensar donde esta separación es considerada (cuando no es simplemente de forma inconsciente) como un dato natural, casi biológico del genero humano. Nos es pues muy difícil escapar a este marco de pensamiento e imaginar a una sociedad donde esta separación no exista. No obstante, dicha separación no tiene nada de natural. Ciertas sociedades no lo adoptaron como fundamento de sus estructuras. Entre estas no encontramos aquellas palabras generosas que designan a la actividad productora independientemente de los objetos producidos. Su lenguaje refleja una vida donde no hay separación entre la producción y los productos. Claro, a esas sociedades se les denomina de « primitivas ». […]

El trabajo, en la forma que lo conocemos, es indispensable al « buen » funcionamiento de nuestra sociedad. La ideología, cualquiera que sean sus aspectos, tiende a convencernos de la normalidad de esta actividad. Sin embargo le es cada vez más difícil cumplir su papel, ya que a medida que nuestra sociedad « mejora » y racionaliza esta actividad, la reacción normal de los individuos es la de rechazarla. Durante mucho tiempo hemos tratado de convencer a la gente que el trabajo era el fundamento de la virtud, de la honestidad, de la respetabilidad, del equilibrio. Estuvo y está, cada vez más implacablemente separado del placer. El enorme deseo que los propios niños tienen de descubrir, de conocer, de integrarse por todos sus sentidos, a los objetos que les rodean, de vincular su actividad utilitaria a la totalidad de sus vidas cotidianas, ese deseo, es necesario romperlo rápido. La escuela se encarga de ello si lo padres no lo han hecho todavía. Pero en este momento los resultados no son tan celebrados y los desechos son cada vez más estorbosos ; la sociedad se arriesga a que le falten basureros para rellenarlos de todos sus desequilibrios. Sin embargo, la revuelta, pese a ser cada vez más violenta, incluso así no puede deshacerse facilmente del cuadro ideológico que durante siglos hemos tenido que soportar. Está dispuesta a adaptarse a la ilusión tecnocratica, mientras muestre un poco de buena voluntad.

El goce que nos procura el trabajo en todas las sociedades industriales o quien aspira a devenirlo, no puede existir más que a través del intermediario del dinero. El trabajador no se beneficia nunca directamente de su trabajo; sólo puede disfrutar de las mercancías que compra con su dinero. Entre más se perfecciona la sociedad, más el circuito entre el goce y el acto productor es complicado e incomprensible. El artesanado, con su circuito corto, tiende a desaparecer.

El goce siempre es aplazado. El presente tiene cada vez menos interés, solo el futuro cuenta. La vida está cada vez más troceada en instantes cuyo único vinculo es el dinero. En esta sociedad, disfrutar más significa trabajar más; o sea, aburrirse todavía más en el presente, para disfrutar más tarde, pero ese « más tarde » no puede existir. En esas condiciones, la reacción normal y sana es de rechazar todo trabajo, en beneficio de los goces inmediatos, que excluyen todo esfuerzo productor. Es la marginalización total o parcial con respecto al trabajo. No más esfuerzo productor. Primeramente, es necesario señalar que esta no es una actitud nueva, es, finalmente, la mentalidad de los renteros que, reduciendo sus necesidades, economizan al máximo a fin de pasar una parte de sus vidas sin trabajar.

La marginalización parcial con respecto al trabajo se acompaña generalmente de una ideología que desarrolla la creencia que, en nuestra sociedad (industrial), podríamos vivir trabajando mucho menos, reduciendo masivamente el derroche y suprimiendo las actividades no necesarias (artilugios militares o no). Algunos imaginan que las maquinas funcionarían sin intervención humana bajo el control de ordenadores, pero es una visión ultra-tecnocratica del mundo que se refleja en sus científicos que, como vendedores ambulantes sin labia, reclaman algunos centavos suplementarios prometiendo mostrar lo que saben hacer. Es el programa de todos los partidos políticos de izquierda : desarrollar sin restricción la técnica (¡tomarán algunas precauciones para no destruir el medio ambiente, son modernos y conocen los problemas ecológicos!) y reducir el tiempo de trabajo.

Estas concepciones parten del principio que todo trabajo, todo esfuerzo productor es aburrido (nuestra naturaleza esta satisfecha), que no podemos producir aquello que necesitamos si no es de forma industrial (los fundamentos de nuestra sociedad están mantenidos). El equilibrio es maravilloso. Como no podemos suprimir completamente el trabajo, lo reduciremos, trataremos incluso de volverlo un poco menos aburrido por medio de técnicas de rotación de tareas. Pero guardaremos lo esencial de la estructura industrial actual, o mejor, la desarrollaremos sin trabas (no habrá más lucha de clases). Esto supone que el mal no proviene del trabajo (industrial) en sí, sino de su organización y de su finalidad (los armamentos, esos malvados ; la industria de harina, los ordenadores, los teléfonos, quizá sean buenos). ¿Y si nuestro mal proviniera del mismo trabajo (industrial)? En ese caso, las revoluciones que nos son propuestas pondrían fin al periodo de incubación de nuestra enfermedad ; podemos estar entonces seguros, que después de esas revoluciones, nuestra enfermedad se desarrollaría de de forma fulminante. ¡Solo habrían días bellos para los sanadores de cualquier tipo!

Finalmente, lo que fastidia en nuestro trabajo, no es el esfuerzo físico o intelectual que implica, sino nuestras relaciones con este esfuerzo. Cuando extraemos un goce inmediato, sin que esté involucrado el dinero, si esta íntimamente vinculado a nuestros otros goces por todos nuestros sentidos, si sobre la marcha utilizamos lo que producimos , no decimos que trabajamos. Si lo que producimos no esta directamente absorbido por nuestra vida, sino intercambiado en el curso de relaciones directas y agradables, entonces el intercambio no tiene nada que ver con la compra o la venta de mercancías en una tienda (donde solo el dinero tiene importancia). La solución radical a nuestros males, no es pues la reducción de la duración del trabajo, sino su cambio. Este cambio no puede plantearse en una sociedad basada en la técnica industrial cualquiera que sea la forma, ya que implica siempre una división de las actividades (impulsemos o no esta división hasta lo absurdo, puede darle diversos aspectos sin cambiar fundamentalmente las consecuencias). En todos los casos, la división del trabajo y su separación de la vida, necesitan medios de medida de la actividad productora (el dinero es lo más simple) que no son los goces que el productor extrae de los productos, lo que separa inexorablemente al productor de sus productos, los hombres de los objetos.

Las técnicas simples/dulces, no es que no contaminen, sino que pueden estar a la medida de los conocimientos, de la experiencia, de las posibilidades de un individuo o de un pequeño grupo de individuos unidos por relaciones sociales simpáticas. Si una tecnología, dicha dulce, necesita de la llegada de un especialista para montar la instalación o mejorar el rendimiento de esta por medios que la comunidad no pudo concebir, si esos especialistas desaparecen una vez que la instalación funciona, entonces esta no tiene más interés que un filtro colocado sobre una chimenea de fabrica para evitar que las poblaciones aledañas se sumerjan en polvo. Podemos facilmente imaginar a una sociedad industrial que ha llegado al agotamiento de sus recursos energéticos (petroleo, carbón, uranio, etc.) que instala unas fabricas gigantes de gas de esquisto (o de energía solar), mejora el rendimiento de esas fabricas por medio de desarrollos cada vez más complejos, seguido de estudios más y más fragmentados.

Si la agro-biologia se conforma de producir alimento sin agotar el suelo y sin destruir el medioambiente (el marco turístico es una compensación necesaria para evitar un desequilibrio demasiado brutal en nuestras vidas de imbéciles) será rápidamente absorbida por nuestra sociedad. Los hombres trabajarán en cadena de montaje en fabricas de productos orgánicos, en lugar de trabajar en cadena de montaje en fabricas de productos químicos. La biología (o la comida orgánica) no tiene nada de milagroso. Concebida bajo esta forma, es el prolongamiento de la actitud científica y técnica que, habiendo agotado los encantos de la física y de la química, está lista a adaptarse para saquear otros sectores. La vida podría ser más, pero igual de aburrida [pesada ,fastidiosa].

Lo esencial, es conciliar los deseos del individuo con el esfuerzo que se debe hacer para obtener las materias necesarias a su vida. Cultivar de otra forma, sin cambiar las relaciones del individuo con la tierra, finalmente no cambia gran cosa en nuestras dificultades. En todos los tiempos y en todas las sociedades (incluso la nuestra) los hombres han tratado de tener relaciones de tipo no productivas con los productos que ellos fabrican o las cosas que utilizan. Pero ese tipo de relaciones es un freno para la productividad, motor esencial de toda sociedad técnica. Si el obrero mecánico verifica el acabado de su obra al tacto, desarrollando así relaciones sensuales inmediatas (sin intermediario) con la materia, pierde tiempo (y toma malos hábitos). Se le pegará un artefacto de medición : el acabado aparecerá bajo la forma de un número con el cual, sin importar su imaginación al respecto, él no tendrá ninguna relación concreta. Si el agricultor busca por medio del tacto, el olfato, el gusto (no debemos olvidar que nuestros sentidos también son poderosos medios de análisis) evaluar la calidad de su tierra, tendrá que esperarse una productividad menor que si confiara esta operación a un laboratorio de análisis. Pero, con el análisis químico (o biológico) permanecerá totalmente ajeno a la tierra y a los vegetales que produce. Cuando un agricultor hablaba otrora de « su » tierra, ello no significaba únicamente una relación de propiedad privada. Hoy, en lugar de ir a los campos, el agricultor va a trabajar. Se volvió extraño a su tierra, es un trabajador como los demás.

Son las relaciones sensuales que ponen a los hombres en relación armoniosa con los objetos y los seres que les rodean. Solo es por medio de estas relaciones que podemos comprender al mundo exterior, o sea, tomar conciencia de la necesidad de ciertas interacciones entre los objetos (y los seres) de este mundo. Las « explicaciones » científicas que se nos pueden dar no explican nada, porque son abstractas y no son percibidas por la totalidad de nuestro cuerpo. Las leyes científicas solo pueden ser admitidas pero nunca comprendidas, solo tienen un valor operacional entre objetos (o seres) que no entendemos, la necesidad de las interacciones que ellas quieres traducir no se expresan de una forma sensorial en nuestro cuerpo. Desde el momento en que esta comprensión de los objetos y los seres se hace por medio de los sentidos, nuestra actitud respecto a ellos cambia completamente, nos volvemos respetuosos para con ellos. No se trata obviamente de un sentimiento de sumisión a los objetos, o a los otros, sino el reconocimiento, por nuestros sentidos, de las propiedades propias de un objeto o de un ser. ¿Como podemos esperar respetar a los otros, no estar en relaciones permanentes de competencia o de productividad con ellos, si no se tienen tales relaciones de respeto y de adaptación con los objetos que nos rodean?

Lo esencial no es pues de reducir el esfuerzo, sino de introducir este esfuerzo en  nuestra vida sensual y psicológica, sin intermediario abstracto, ya sea el dinero (o todo medio de medida de la actividad productora), los números o artefactos cuyos mecanismos son demasiado complejos para ser capturados por los sentidos de una sola persona. Lo que hace el atractivo de la bicicleta, es la simplicidad extraordinaria de su concepción. Cada quien siente de forma muy simple con sus músculos, la estabilidad de este artefacto. La matemática que « explicaría » tal estabilidad y la facilidad del manejo es terriblemente complicada, pero a nadie le importa (salvo a los matemáticos) porque la bicicleta, es directamente comprensible.

La técnica tiene su dinámica propia (por intermediación de sus técnicos). Si aceptamos una tecnología muy complicada, que necesite de un largo aprendizaje especializado para adquirir solo una débil parte de ella, no es imaginable que pueda ser controlada por el conjunto de la sociedad, fuera de las relaciones jerárquicas que reaccionarán fuertemente sobre el conjunto de las relaciones sociales. Esta tecnología no podrá pues desarrollarse en correspondencia con los deseos de todos.

No se trata de prohibir totalmente la técnica, sino que se necesita que las relaciones de los hombres con la técnica cambien. Es necesario una tecnología sin tecnológos, sin un saber especializado, una técnica no debería ser desarrollada más que si puede ser sentida por la totalidad de la comunidad con la que está relacionada como una necesidad vital. Esto es posible, obvio, solo si todos los individuos de la comunidad pueden controlar todos sus aspectos. Todos los que participan al embrutecimiento cotidiano y masivo de los individuos, todos aquellos que destruyen lo que hay de vivido en los niños para reducirlos al estado de animales domésticos, aquellos que no tienen otra cosa que trasmitir que no sean reacciones condicionadas, toda esa gente quiere hacernos creer que los hombres no pueden vivir de otra forma si no es porque ciertas personas iluminadas y sabios se han encargado de la horda de cretinos y de imbéciles incapaces que somos.

Nuestras sociedades parecen haber renunciado a ciertas estructuras no jerárquicas en provecho de un desarrollo rápido y sin posibilidad de control de la tecnología que, a medida que les aportaba ciertas facilidades, los conducía cada vez más a la renuncia de las relaciones sociales y a una vida colectiva libre. Pero se necesitó que pasara mucho tiempo para extirpar la nostalgia de esas relaciones con los materiales y los seres vivos. Con frecuencia encontramos todavía (cada vez más raramente) un gesto, una actitud que recuerdan esas relaciones. Pero tales gestos fueran altamente subversivos si fueran conscientes. Es necesario vaciarlos de todo sentido, dirigiéndolos a actividades separadas de la vida cotidiana : los pasatiempos, el bricolaje, la militancia. Ello permite mantener en nosotros el mínimo de equilibrio necesario a la vida, pero no representa ningún peligro para las estructuras sociales. Si después de la fabrica o la oficina, se deciden a plantar flores, se hará con guantes, ya que la tierra, está sucia ; si fabrican un mueble, cubrirán con desprecio la madera de un horroroso plástico. Si la organización social vuelve imposible la vida, encontraran lugar en los partidos políticos, en los sindicatos, en los grupos organizados de lo más diversos, podrán adherir a ellos, pero la sola esperanza que les dejarán es la de reemplazar, algún día, a los amos que los fastidian. Que por sobre todas las cosas no nos invada el deseo de vivir una vida completa, integrada a todo lo que nos rodea, de encontrar los gestos de respeto hacia los demás. Destruiríamos todas las maquinas salvo las que podríamos respetar, o sea, comprender. No habrían más robots mecánicos, electrónicos o humanos a nuestra disposición ; el esfuerzo seria probablemente más grande pero ya no estaríamos obligados a trabajar.

Es difícil abordar la cuestión del trabajo, porque estamos tan impregnados por la mística del trabajo que corremos el riesgo de hacer reaparecer, bajo una nueva piel, en nuestra revuelta, la vieja ideología. Quizás es lo que me acaba de suceder escribiendo este papel bajo pretexto de denunciar la ilusión tecnocrática, la tentación de volver a revivir, bajo una forma más nueva, la virtud del esfuerzo. Desconfianza.

 

Roger Belbéoch


Traducción – Edición : Santiago Perales.

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